LAS
CENAS DE CARLOMAGNO
J.
Miquelarena
Yo
no puedo decir por qué, exactamente, pero el caso es que una vez al mes cenábamos
en honor de Carlomagno. Nos reuníamos de diez a once personas en el pequeño
comedor del Hotel de París que da o daba a la Carrera de San Jerónimo. Como
decorado, era el 1900 esplendoroso: la anguila en todos los calibres, en todas
las longitudes y siempre sinuosa y reptante. "El siglo del progreso y de la
electricidad", en su adolescencia, había pasteleado el adorno madrileño
con escasas muestras de su mal gusto pretencioso; pero una de ellas era aquel
comedor y hasta aquel hotel en el que se hospedaron los viajeros distinguidos de
la capital, antes de que cayeran en ella los grandes comerciantes
internacionales del hambre y del sueño y construyesen sus hoteles aerodinámicos.
Allí habían vivido Mazzantini y el Rajá de Kapurtala cuando se enamoró de
Anita Delgado. No se podía utilizar el ascensor del Hotel de París sin
recordar las fiestas de la Coronación de Alfonso XIII...
Un
sillón sobre el que se colocaba una piel de corzo, como homenaje al convidado
que no vendría, presidía las famosas cenas de Carlomagno. La piel pertenecía
a José Antonio, que la había enviado desde su casa. Se mandaba hacer
fuego de leña en la chimenea; y sobre el mantel, impecable y muelle por
el grosor del muletón, tres candelabros con sus velas correspondientes
iluminaban el convite.
Madrid
habló mucho de las reuniones del Hotel de París. La República creía
sinceramente que allí se conspiraba todos los meses. Y la verdad es que se
conspiraba... imagínese el lector que vestíamos de smocking,
que el menú era objeto de grandes discusiones desde quince días antes de cada
comida, que los comensales no terminábamos nunca disparándonos panecillos y
que si los temas de historia y de arte eran frecuentes, no se soslayan tampoco
los temas de amor, sobre los que se especulaba con una finura indiscutible.
Estaba claro que aquello equivalía, en cierto modo, a una protesta contra la
Puerta del Sol, foco de las peores pasiones políticas y de las más viles,
lanzada desde el mismo borde de aquel asfalto para limpiabotas, para flamencos,
para cafés con consumidores de "solitario" y uña larga, para
"Desesperaciones" de Espronceda y para periodistas del
Heraldo.
Era
un honor social asistir a dichas cenas. José Antonio seleccionaba los
comensales, de los cuales seis o siete éramos "de plantilla" y
concurrimos a todas las reuniones que se celebraron; el resto, hasta doce, lo
designaba José Antonio, con carácter episódico, entre aquellos amigos
-enemigos políticos muchas veces- que pudieran llevar algún ingenio a la
sobremesa.
Como
en "La Ballena Alegre" -para la que pido de nuevo el título de
conservatorio de Estilo de la Falange-, José Antonio se sentía feliz, a la
derecha del sillón reservado para Carlomagno. José Antonio traía en ocasiones
un número fresco de F.E., que había aprendido aquella tarde en Cuatro Caminos
con un grupo de camaradas. Entonces, se pasaba la mano por la frente y
escuchaba, de labios de un gran escritor vasco, la teoría de que la cocina
vasca no existe: las angulas, la kokocha, la quijada de bonito, es cocina china.
En suma, descubrimiento de médulas, exploración de procesos gelatinosos del
mar y de las espinas. El escritor vasco acababa por confesar que, en cualquier
caso, y decidido a saborear las más escondidas fragancias oceánicas, él
prefería la aleta de tiburón adolescente...
En
las cenas de Carlomagno se conspiraba contra la República sin que nadie
conspirase. Era una atmósfera, sencillamente. Cuando salíamos del Hotel de París,
a la una de la madrugada, nos encontrábamos de cara al Madrid que habíamos
pretendido olvidar durante unas horas; el Madrid ya torvo y cruel, que empezaba
a helarse no sé si de frío o del espanto que le acechaba.
Acompañábamos
a José Antonio hasta su casa de la calle Serrano, frente al A B C. Todavía
delante de su puerta, seguíamos hablando con él los que le habíamos
escoltado. La fachada del periódico de Luca de Tena aparecía iluminada como un
gran cinematógrafo de los viejos tiempos. Sentíamos que aquel paseante que
silbaba y fingía no habernos visto, nos cercaba con su vigilancia. Algunas
sombras se movían detrás del primer farol de la calle de la Ese....
"España
es dura y áspera -solía decir por último José Antonio- y por eso tenemos que
quererla más. Y para siempre."
De
“DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 186 y 187.