PERFILES DE JOSÉ ANTONIO

 

Rafael Garcerán

 

Cuando se logre una biografía perfecta de José Antonio, podrán apreciar los que no lo conocían a fondo, que su cualidad más acusada era el rigor. Tiñó éste los actos más interesantes de su existencia y fue el origen de la mayor parte de ellos. Su trabajo profesional, su verbo, el valor desplegado en todas sus actuaciones, la doctrina de la Falange, que él mismo concibió y redactó, su vida difícil, en suma, estuvo siempre presidida por el rigor.

Los hechos que voy a relatar demuestran bien claro que su propia muerte -prevista por él con mucha antelación- fue consecuencia en definitiva de un implacable rigor que no le permitió jamás conseguir sus fines ni plegarse a las formas y a los medios más severos, por muy ásperos que ellos fueran.

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Un día de enero de 1936, mientras despachaba con Andrés de la Cuerda y conmigo, recibió en su despacho a un chofer afiliado de Falange que iba a pedirle un arma con la que defenderse de sus compañeros de oficio, afectos todos a la Unión general de trabajadores. Sabían que era falangista, le amenazaban con frecuencia, y si no se habían cumplido sus amenazas era por el miedo a una pistola que el muchacho aseguraba llevar siempre encima.

José Antonio no disponía de la pistola. Tenía, además, el temor de que con ella se produjeran hechos graves para el que la reclamada. Le aconsejó por esto que se defendiera llegado el caso con alguna herramienta del automóvil y le animó con bromas para desvanecer la obsesión de peligro de que se hallaba poseído.

Al concluir la entrevista, afirmó el muchacho que la falta de la pistola significaría para él una herida grave, por lo menos. José Antonio le despidió diciéndole: "No es demasiada cosa una herida grave. Podíamos considerarnos todos muy felices si se lograra hacer nuestra revolución a costa de perder sólo un brazo o una pierna. Estoy convencido de que muy pocos sobreviviremos a esa tarea. Entre ellos no estará seguramente tu Jefe Nacional."

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Los amigos de José Antonio creímos en la posibilidad de sacarle de la cárcel aprovechando las elecciones parciales de Cuenca. Él estaba seguro de que el Gobierno apelaría a todos los medios para derrotarle o para frustrar su triunfo si obtenía votos bastantes.

La maniobra gubernamental no se hizo esperar. Se produjo con motivo de la proclamación de candidatos y fue ejecutada por Álvarez Mendizábal a cambio del apoyo oficial para su candidatura. La Junta provincial del Censo, debidamente presionada por el Gobierno, se prestó a la felonía y no pudo ser proclamado a pesar de las protestas y trabajos de quienes ostentaban su representación.

El gobernador de Cuenca, veterinario de Villarrobledo, que se emborrachaba todos los días, prometió a Miguel Primo de Rivera y a mí que se conduciría en la contienda con la mayor objetividad. En cumplimiento de su solemne palabra mandó detenerme el propio Domingo de la proclamación. Lo evité gracias al apoyo de don Antonio Goicoechea, con el que logré llegar a Madrid el mismo día al anochecer y conseguí comunicación especial con José Antonio. Bajó al locutorio con mono azul y botas de futbolista y me dijo antes de empezar el relato: "Estoy completamente seguro de que Casares no ha dejado pasar mi nombre. Ya cuenta de antemano con que esta prisión será la última mi." Y con la serenidad y la gracia de siempre me relató los detalles e incidentes de un partido de fútbol que había jugado aquella tarde contra los presos de la cuarta galería.

Tras una semana de lucha contra la chusma del Frente Popular fuimos detenidos y se nos trasladó a la Cárcel Modelo. En ella viví un tiempo inolvidable en celda inmediata a la que ocupaba José Antonio. Hizo este un plan de vida que se cumplía inexorablemente por todos los presos de la Falange.

Desde las siete de la mañana hasta la cena se practicaba deporte y el trabajo o lecturas de cada uno. Después de cenar, José Antonio competía al ajedrez con Julio Ruiz de Alda y su hermano Miguel, Raimundo, Roberto Basas; Cuerda y yo jugábamos un largo rato a las cartas. A las doce acababa la reunión y cada uno se recluía en su celda, menos José Antonio, que solía recibir hasta las dos de la mañana, y yo me quedaba con él ocupado con mis papeles profesionales.

Una noche, me habló de la manera de ir a la muerte ciertos personajes históricos conocidos y criticó el poco espíritu de alguno que llegó al patíbulo en brazos de sus ejecutores. Sostenía que la muerte, ingrata siempre, debía afrontarse con absoluta dignidad, y me refirió una pesadilla que tuvo sobre este hecho que siempre fue objeto de especial preocupación para él. Había vivido en sueños su fusilamiento con una fuerte sensación de detalle y de realidad y estaba satisfecho de sí mismo.

Se frotaba las manos con alegría casi infantil y me aseguró que estaba contento de la prueba porque ella le deparó la certeza de que cuando llegara el caso la llevaría de veras con toda dignidad.

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En otra ocasión escribiré los detalles que conozco sobre el fusilamiento de José Antonio. Es bien sabida la maravillosa serenidad de que dio muestras en su defensa y la suprema y sencilla calma de que se revistió durante los dos días que estuvo en capilla. Su testamento y sus cartas quedarán en la Historia Universal como documentos ejemplares por su fondo, por sus matices y por la forma impecable. Al relatar escuetamente los anteriores hechos sólo he querido demostrar una cosa: que José Antonio quizá pudo evitar su muerte no dejándose detener en marzo de 1936, pues esto era perfectamente posible. Triunfantes las izquierdas, sabía muy bien que sería víctima segura, pero en aquel trance como en otros muchos aceptó su responsabilidad de jefe. El momento era decisivo para la vida de la Patria y él quiso mostrar a sus hombres y a todos los españoles como había de afrontarse el peligro. Cumple así con trágico rigor su mejor acto de servicio e hizo posible con su ejemplo que la rebeldía de los hombres de España alcanzara insospechada altura en esta empresa encaminada a rescatar el honor y las cosas que él supo amar y servir como nadie.

 

De “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 184 a 186.