EN LA INTIMIDAD DISTANTE

 

José María Salaverría

 

Sí: ahí estamos él y yo, conversando como dos personas que se han conocido hace diez minutos y ya se franquean como dos amigos. Al ver esa fotografía olvidada, se me figura que acabo de despertar de un sueño, y que José Antonio no es un aparecido que acude de la región de las sombras, sino un ser real que nunca ha dejado de existir. Y que lo irreal y fantástico es todo eso que ha sucedido en los últimos años de aparente historia y positiva pesadilla.

En otra ocasión he referido ya la manera inusitada que tuve de conocer a José Antonio. Le pedí en una carta que me concediera el favor de una interviú para una revista de Buenos Aires, y que me señalara el día y la hora más convenientes para visitarle en su casa. Por aquel tiempo había alcanzado ya Primo de Rivera la celebridad y era lo que se dice un personaje importante en la política española; sin embargo, conmigo se condujo con una sencillez y con una respetuosa cortesía que me conmovió profundamente. No consintió que yo fuera a verle; vino él en persona a mi casa y nos encerramos en mi despacho a hablar de lo divino y lo humano en una franca camaradería.

¡Y era tan agradable y tan fácil el conversar con él! No había tema posible en el mundo de la inteligencia que a él no le interesase, pues pertenecía a esa clase de seres que viven como sumergidos o arrebatados en la modernidad cósmica. Su gran cultura, exenta en absoluto de todo matiz de pedantería, permitíale producir en los que intelectualmente le trataban una impresión de hondo atractivo. Esta virtud de simpatía era sin duda una de sus más fuertes cualidades de político y de conductor de multitudes. Quienes le asesinaron sabían seguramente lo que hacían, porque José Antonio estaba señalado por el destino para arrastrar lo mejor y lo más grande de la humanidad española.

  Por aquel tiempo me entregaba yo a la inofensiva afición de construir barcos de vela, a filo de navaja y auxiliado por cierta habilidad manual que me asiste. Era un modo de evadirse de la irritación y la inconformidad que me atormentaban desde la venida de la República; y mejor dicho, desde que el general Primo de Rivera tuvo que dimitir y marcharse al extranjero, pues inmediatamente de su partida comenzaron a encresparse, a agitarse y a prevalecer pavorosamente todas las fuerzas de la anarquía.

Para huir, pues, aunque sólo fuera circunstancialmente, de la pestilencia de entorno, me entregaba al placer de construir barcos de vela, que con un poco de imaginación convertía yo en barcos piratas. Recuerdo que al visitarnos José Antonio había sobre mi mesa de trabajo una magnífica corbeta recién aparejada y concluida.

Esto no sea motivo para embarcarnos en un viaje imaginario hacia los continentes que España había marcado con sus sello. Motivo incitante de conversación, el de América, para dos espíritus que coinciden en una idéntica ansiedad nacionalista; grandioso panorama, lleno de no menos grandiosas posibilidades, abierto a la avidez y la ambición de una fantasía patriótica; espejismo y nostalgia de las Indias que se separaron y se fueron, pero que la mente retiene con los nudos del recuerdo y de la esperanza. Me gusta insistir en mi convicción de que de cuantas obras ha consumado España en la Historia, la de América es la más grande y la más lograda. Las otras provincias y los reinos que adquirió por conquista o por herencia, todos se perdieron, y de ellos no queda nada sino la memoria; pero aunque los virreinatos y las capitanías generales de América y Oceanía recabaron su independencia política, todas aquellas naciones siguen marcadas con el sello de España; y no sólo idealmente, sino la realidad del idioma, la fe y el sentimiento son ahora mismo, y serán siempre, una continuidad y prolongación de España.

De este viaje intelectual a través de los remotos continentes, terminamos por sacar la consecuencia de que no era verdad que estuviesen remotos, porque lo mismo él que yo los teníamos presentes en nuestro afán. Mis muchas expediciones a América y los conocimientos que me ha procurado mi permanencia en gran parte de aquellas naciones, brindáronme la oportunidad de ofrecer a José Antonio diversos matices de la psicología americana, o para mejor decir, las psicologías americanas, porque existen allí variedades a veces profundas que el español debe tener muy en cuenta, si no quiere herir suspicacias respetables e incurrir en errores peligrosísimos.

Lo que fue calculado como una simple interviú, se convirtió pronto en una conversación animada, cordial y libre, y terminó al cabo de quién sabe qué largo tiempo en un fuerte apretón de manos y en una sonrisa que con su amistosa sinceridad nos dejaba unidos para siempre. Al marcharse José Antonio, quedé afirmándole mentalmente: he ahí un hombre. Un hombre que ya es una hermosa realidad, pero que aún vale más como promesa cierta de un porvenir de victoriosa madurez. Entonces no contaba yo con que la cruel fatalidad pudiera llegar a interponerse en forma de la pistola de un asesino.

 

 De “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 182 y 183.