RAIMUNDO
FERNÁNDEZ CUESTA NOS HABLA DE JOSÉ ANTONIO
En
la vida y en la obra de José Antonio hallamos el nombre de Raimundo Fernández-Cuesta
como una constante de fidelidad. Hay vínculos antiguos de amistad y asistencia
entre ellos, que más tarde se unen también en la tarea política común. En
marzo del año 34, días antes del mitin de Valladolid, Raimundo Fernández-Cuesta
queda incorporado a la Falange. La amistad que les unía adquiere así, en la
obra, categoría fuerte de misión. En la labor heroica y fecunda de los años
que precedieron al Alzamiento Nacional, en los actos públicos, en la organización
de la Falange, y por último, en las celdas de la cárcel de Madrid, Fernández-Cuesta
aparece al lado de José Antonio, el cual, en su testamento le encarga, en unión
de Ramón Serrano Suñer, la ejecución de su última voluntad, confiriéndole
en la hora suprema de la decisión definitiva, el título de la mejor amistad y
de la más segura confianza.
El
actual ministro de Agricultura y Secretario General de Falange Española
Tradicionalista y de las J.O.N.S., es fiel continuador de la obra de José
Antonio y testigo de excepción de su vida. Sus recuerdos personales, que se
remontan a la infancia, tienen el doble valor de haberle conocido íntimamente y
de haber comprendido y seguido su doctrina, de la cual es hoy Raimundo Fernández-Cuesta
exacto intérprete.
Hemos
preguntado a nuestro camarada sus recuerdos acerca de José Antonio, del gran
José Antonio amigo, hombre fuerte inteligente, inesperado, digno en todo
momento.
Conocí
a la familia Primo de Rivera -nos dice Raimundo Fernández-Cuesta- en 1903, y
pasé con ellos en su finca "El Encinar", de Robledo de Chavela, gran
parte del verano. Allí, durante las vacaciones, en aquellas tardes largas y
tranquilas jugaba al billar con don Miguel Primo de Rivera, quien me llamaba
cariñosamente "Rayo".
Las
primeras impresiones que guardo de José Antonio son de cuando éste queda huérfano
de madre. Tenía entonces siete años, y el General, con su especial sentido de
la vida, siempre ciertamente lleno de bondad, encargó a José Antonio la
dirección de la casa. Y era de ver aquel chiquillo dando órdenes para el mejor
orden del hogar. Un veraneante de Robledo de Chavela, el contralmirante don
Federico Loygorri le llamaba "el noble godo". Gracioso mote que hacía
alusión a las aficiones de José Antonio de dramaturgo de acciones históricas,
tal como La Campana de Huesca a
que hacen referencia en este mismo número de Y
otros camaradas.
Entonces
principiaba ya a dibujarse el carácter de José Antonio: inquiriéndolo todo
con el mejor afán de conocimiento; encariñándose con el ejercicio físico,
como razón para templar sus nervios: amor al deporte al que nunca renunciaría
ya. Montaba a caballo y presumía de ir tocada su cabeza con un elegante bombín
que causaba la admiración y hasta la ironía de algunos paseantes y que por
otra parte merecía de su hermano y acompañante algunas bromas. Recuerdo que
esa afición que tenía José Antonio a ir ataviado con una elegancia sobria
padecía por aquel entonces; su padre le llevaba sin discusión ni protesta a su
sastre de portal, tipo curioso, que se llamaba Sampedro y presumía de una barba
singular. Aquel sastre cortaba los trajes con arreglo a su módico precio. Y José
Antonio no disimulaba su enfado al verse poco elegantemente vestido.
Era
también por aquel entonces muy aficionado a cazar y en compañía de su tío
Fernando -el héroe de Monte Arruit- organizaba grandes festejos cinegéticos en
Robledo de Chavela. Años después, en una cacería, en la finca "Mezquelilla"
(de la familia Calvo de León) me encontré con José Antonio. Yo tenía fijado
puesto y fui a hacerle compañía y nos embebimos tanto en la conversación, que
no tiró nada, a pesar de que la caza que le entró fue mucha.
Hay
multitud de anécdotas graciosas de aquellos años infantiles de José Antonio:
recuerdo que el día en que en su casa de la calle Serrano tía "Ma"
evitó milagrosamente una magnífica caída a Sancho Dávila, nuestro camarada,
primo de José Antonio, en quien iban a experimentar un paracaídas que en
realidad era tan sólo un paraguas abierto. La futura víctima estaba allá
empinado en la ventana desde donde se verificaba la arriesgada prueba.
Otro
día en el popular Café suizo, de Madrid, adonde acudía a merendar con sus
hermanos y primos, les ofreció tan gran cantidad de estupendas patatas
soufflées, que uno de sus invitados le preguntó: "José Antonio, ¿las
has "ajustao" antes?
"
De
aquel tiempo son también nuestras jugadas de billar en el Palace, de Madrid.
Con don Miguel, y Fernando y Miguelito. Y nuestras idas a los frontones. El
marqués de Estella siempre confiaba en mí " la buena conducta " de
sus hijos cuando nos dejaba solos, al final de la tarde. Me encomendaba aquella
vigilancia nocturna, por "mi edad", pues yo era mayor que José
Antonio.
Nuestro
inolvidable camarada era por entonces un muchacho tímido. Y su timidez se
duplicaba cuando se encontraba solo, hasta el punto de que organizando un
crucero que no llegamos a realizar, me pidió reiteradamente que le acompañara,
pues temía que en la soledad se le escaparían ocasiones de divertirse.
Bien
pronto se delinea en José Antonio el muchacho decidido, emprendedor y lleno de
deseos de trabajar. Su padre, respondiendo a estos deseos de su hijo, y con el
nobilísimo propósito de proporcionar la oportunidad para que inicie su
experiencia de la vida, le emplea en una representación de automóviles que
llevaba su tío Antón, los coches norteamericanos "Mc Farland ", y
allí José Antonio traduce y lleva la correspondencia inglesa.
Estudia
con verdadera pasión su carrera de abogado. Conservaba una carta, para mí
suprema reliquia, en la que José Antonio, con ocasión de consultarme un asunto
que se le había presentado en su bufete, me decía que su carrera la había
estudiado incitado por mi ejemplo, también estudiante de Derecho, pues lo fui
seis años antes que él.
Al
bufete se consagró con verdadero entusiasmo.
Antes
de la creación de la Falange, José Antonio ganaba unos 30.000 duros anuales y
después no pasarían de 10.000 pesetas las que lograría en los muy pocos
asuntos a los que podía dedicarse.
Tuvo
últimamente un largo pleito, en el que defendía a una señora, título de la
nobleza, que había entrado en una Comunidad religiosa. Después de mil
incidencias judiciales y por fuera de toda razón, fue fallado contra la
defendida por José Antonio. Tal decisión le produjo un verdadero malestar y
quebrantado ante la injusticia, me decía -recuerdo que en Casablanca, adonde
habíamos ido a beber unas copas después de la conocida sentencia- que de vez
en cuando sentía deseos de marcharse lejos, a Norteamérica... Ráfagas que
pasaban rápidas en aquella alma nobilísima a la que herían atrozmente las
desilusiones.
Haré
constar -nos sigue diciendo Raimundo- que aunque el amor que José Antonio tuvo
por su profesión fue grandísimo, esto no le hizo nunca acoger asuntos que
estuviesen en pugna con su criterio de estricta
moralidad. E indicaré también que no quiso ocuparse nunca del trámite
de divorcios.
Tenía
un carácter abierto. Decía las verdades clarísimamente. Y mantenía grandes
discusiones con quienes estaban alrededor de él, aun cuando debo decir que
nunca me hizo objeto de sus especiales y ejemplares "broncas".
Por
su hermano Fernando tenía la más formidable admiración y un verdadero
respeto.
Tenía
una ironía dura, cuando el caso requería, y una broma graciosa intrascendente
cuando también lo pedían las circunstancias. Recuerdo cuando la boda de
Miguel, en Algeciras, fundó la orden de los maridos exentos. Aquel día estaba
con nosotros Julián Pemartín.
Como
he dicho en otra ocasión, José Antonio amaba los deportes, complemento para
aquel hombre tan equilibrado. Y a este respecto recuerdo nuestras excursiones
veraniegas al Jarama, en donde aprendíamos a nadar bajo las órdenes de un
experto y queridísimo camarada.
Ejemplo
de cómo en aquella alma se daban al mismo tiempo la buena razón y el justo
vigor para imponerla, es el siguiente hecho que recuerdo: A raíz de la dominación
de la intentona de octubre, y cuando los periódicos hablaban de las posibles
severísimas sanciones que alcanzarían a los responsables, así como las
detenciones de los miembros de la Generalidad, vimos en el Savoy, de Madrid, muy
cerca de nosotros, cenando con un matrimonio, al político catalanista Sbert.
José Antonio, pensando lo repugnante que era el ver a aquel hombre en tal
lugar, mientras no sólo había sido partícipe de una intentona revolucionaria
sofocada hacía horas, sino también, y hasta desde el punto de vista de su
posición política, compañero de quienes se decía padecían los mayores
riesgos en aquel momento, nos comunicó su proyecto: había que decir a aquel
hombre que abandonase inmediatamente el local. Y así lo hizo. Y Sbert cumplió
cabizbajo y temeroso. Como también se pusiese en pie la señora que lo acompañaba,
José Antonio le hizo saber que por ella no iba la indicación, pero con voz
estridente la acompañante dijo que se marchaba. Por cierto que un matrimonio
inglés que cenaba en una mesa próxima llamó también al
maître y le preguntaron si ellos tenían también que marcharse...
Día
14 de marzo de 1936 el gobierno socialista ordenó detener, en Madrid, a toda la
Junta política de Falange, que, a partir de aquel día, tiene su domicilio
social en la Cárcel de Madrid.
Durante
el encierro, yo veía todos los días y a cada hora a José Antonio, a quien
aquellos muros le parecían un retiro providencial. "No me importan dos años
de cárcel -decía-. Repasaré el bachillerato."
Cuando
la comunicación se hizo difícil, José Antonio escribía largas cartas
cifradas en las que comentaba la política que se hacía "fuera". Así
hasta el 6 de junio.
Estábamos
reunidos, como siempre. A las siete de la tarde, el director de la Cárcel mandó
llamar a José Antonio. A todos nos alarmó este aviso. Luego le oímos dar
grandes voces en el despacho del director: "Ustedes me sacan de aquí
porque me van a matar", decía. Era la orden de traslado de algunos
camaradas a otras cárceles. José Antonio y Miguel Primo de Rivera irían a
Alicante. Agustín Aznar y Sancho Dávila saldrían aquella misma noche camino
de Vitoria. José Antonio volvió a reunirse luego con nosotros; éramos un
grupo de veinte hombres, que protestaban. Para hacernos callar fue necesario que
una escuadra de guardianes echase mano de las pistolas. José Antonio llamó
"caimán" al director de la cárcel, que gritaba pidiéndonos
silencio. No queríamos separarnos; en esta dispersión adivinábamos todos un
peligro inminente.
José
Antonio fue sacado de la cárcel de Madrid a las once de la noche. Cuando se lo
llevaron, sus camaradas cantaban desde las celdas el himno de la Falange. Al
pasar ante cada reja les mira como si revistase sus tropas para el combate
definitivo. Todos saludaban brazo en alto. José Antonio, ya desde la puerta,
grita: "¡Arriba España!"; y luego se le oye repetir el grito por los
patios y galerías que cruza.
Era
la noche del 16 de junio de 1936.
Desde
entonces no he vuelto a ver a José Antonio. Recibí luego varias cartas suyas
escritas en la cárcel de Alicante. Eran consignas, órdenes de combate para
nuestras milicias. La última está en cifra y es de la madrugada del 16 de
julio, víspera del Alzamiento Nacional. José Antonio decía en ella que le
aguardásemos allí, que llegaría en avioneta a la Ciudad Universitaria para
unirse a nosotros...
De
“DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 178 a 182.