JUEGOS
Lula
de Lara
Turbulento
y alegre, ingenioso, imaginativo, lleno de vida y de savia infantil, ¡qué bien
se jugaba con José Antonio! Aún recuerdo los últimos lugares que le vieron niño...
Calles de Piamonte, de la Magdalena, de Serrano... los cinco hermanos Primo de
Rivera, estrechamente unidos, y su inseparable compañero polín, hijo de Polo,
el fiel ordenanza y servidor de don Miguel, paseaban de casa en casa la algarabía
de una infancia feliz.
Había
siempre mezcladas en sus juegos, bajo la influencia de José Antonio, el mayor,
una gracia especial y una inquietud que brotaba en medio de las travesuras,
dando a aquella cuadrilla de diablos un tinte heroico y fantástico, trasunto ya
del que había de ser luego su destino... Y así, tan pronto se descolgaban unos
a otros, atados con cuerdas, desde la altura del tejado, en trance de terribles
aventuras, como se les veía muy callados y afanosos, sentados detrás de una
mesa, confeccionando cada uno un periódico propio en que vertían sus
personales idearios. La Campanilla se
llamaba el de Pilar, con gracioso y femenino título;
La Fuente Negra el de Fernando, aficionado a misterios y truculencias. No
puedo recordar, y es lástima, los títulos de los demás. Sus tías María e Inés
eran después las compradoras únicas, pero seguras, de los cinco periódicos,
que les vendían a buen precio.
Del
afán de heroísmo que ya alentaba en el ánimo infantil de los hermanos Primo
de Rivera fue víctima una tarde su primo, Sancho Dávila, cuyo valor habían
decretado José Antonio y Miguel que era necesario probar. Y una tarde -vivían
entonces en el caserón de la Magdalena- le bajaron a los sótanos con ellos.
Eran unos sótanos, de muy antigua construcción, terriblemente lóbregos y
enrevesados. Pasadizos, escalones, recodos, huecos... y cuando el pobre Sancho,
repentinamente sólo y no muy tranquilo, se aventuraba por una de aquellas
revueltas, buscando salida, vióse de pronto envuelto entre relámpagos de luz
fantasmagórica y en la presencia pavorosa de un espectro, que daba grandes
saltos ante él, agitando un sudario... eran, claro está, José Antonio y
Miguel, que con magnesio y una sábana habían organizado toda una puesta escénica
destinada a temblar debidamente el ánimo de Sancho.
Sin
embargo, a través del chiquillo travieso y en pasmoso equilibrio surgía la
madura gravedad de su cerebro, así como luego la gravedad viril del jefe había
de verse inesperada y deliciosamente cruzada por desplantes de chico travieso.
Los libros de estudio pasaban ante todo para José Antonio, que lloraba
desconsoladamente, ansioso ya de perfección, si alguna vez, entre sus notas
brillantísimas de estudiante, se deslizaba un sencillo aprobado.
Otro
juego favorito de los hermanos eran los "Museos de Pinturas", que
formaban clavando con chinches en la pared de una habitación dibujos hechos por
ellos, dotados todos de gran facilidad para este arte. Y era, además, tal la
fecundidad de los " artistas ", que hubieran de establecer un
reglamento por el que se prohibía presentar más de quince " cuadros
" diarios cada uno. Aún así, las galerías adquirían velozmente, como es
de suponer, dimensiones fantásticas.
Un
día, cuando vivían en un piso bajo de la calle de Serrano, y al pasar un
colegio entero, formado, por la calle como de vuelta del paseo, José Antonio se
abalanzó al balcón, lo abrió de par en par y asomándose comenzó de repente
a improvisar una arenga dirigida a los colegiales: " ¡Niños! Escuchad...
" El colegio entero se detuvo, sorprendido, ante los balcones, con
profesores y todo. Y sólo al cabo de un buen rato, cuando José Antonio, muy
divertido de su hazaña, se retiró saludando con grandes gestos, el colegio,
silencioso y atónico, se puso en marcha otra vez.
¡Infancia
de José Antonio...! De sus rasgos, sacados de las fuentes vivas familiares,
sabrán hacer un día biógrafos e historiadores luz que ilumine, ya proyectada
en sus primeros pasos, la figura gigante del Ausente.
Yo
ahora sólo así, en el tono menudo de la anécdota, evocación sencilla y sin
respeto de un alegre compañero de juegos, puedo atreverme a trazar con mi
pluma, sin que la emoción la paralice, el nombre de aquel que más tarde, con
toda la fuerza de su gran espíritu, de su gran cabeza y de su gran corazón,
había de lanzarse a este otro juego prodigioso de salvar a España.
De
“DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 176 a 178