EN
LA VIDA FAMILIAR
Nieves
Sáenz de Heredia
Mi
casa estuvo en constante relación con la de José Antonio y ambas familias
hemos vivido en frecuente vecindad. La madre de él, hermana de mi padre, y la mía,
habían vivido en la misma casa desde pequeñas y se querían como hermanas.
El
nacimiento de José Antonio constituyó un acontecimiento familiar. Creo
recordar que fue su ama "Celes" quien nos inclinó a que durante una
temporada le llamáramos Josechu o Josecho. Pero nuestra abuela quiso que se le
llamara José Antonio, como el bisabuelo, pues Josechu no lo recordaba el nombre
del padre de ella. Por cierto que años más tarde, uno de los últimos días
que fuimos a visitar a José Antonio a la Cárcel Modelo, nos acompañó, a María
Primo de Rivera y a mí, el ama "Celes".
Por
su carrera militar, tío Miguel cambiaba frecuentemente de destino; y tan pronto
estaba en Madrid como en Barcelona o África. Más tarde, estos traslados obedecían
a otras causas. José Antonio lo comentaba con gracia. “Cada vez que nuestro
padre pronuncia un discurso, tenemos que trasladarlos de sitio.” Cuando tía
Casilda y tío Miguel vinieron a Madrid desde Barcelona, animó éste a mis
padres a que nos fuésemos a vivir a un piso que se alquilaba encima de un bajo
que ellos habían tomado en la calle Montesquinza, 11, y allí nos fuimos.
Hicimos una vida de relación muy íntima: nuestras amas y niñeras nos llevaban
a los mismos paseos y realizábamos nuestros juegos en comunidad. En aquella
casa nació Miguel, en una noche de verano, en la que por tener los balcones
abiertos y ser el piso bajo, penetraron unos rateros y se llevaron algunos
objetos de plata y cuadros del comedor y de la sala.
Hubo una nueva separación al ser destinado tío Miguel Algeciras. De vez en
cuando venían a casa de los abuelos y siempre que tía Casilda
iba a tener un hijo. Pilar y su
gemela, que murió muy pequeña, nacieron en casa. Cuando murió la abuela, vino
a visitarnos tía Casilda con los tres hijos que entonces tenía. José Antonio,
al ver llorar a su madre, no sabiendo cómo consolarla, le decía que no
llorase, porque se le iba a poner la cabeza grande.
Una de las aficiones de José Antonio era el dibujo, para el que tenía una
feliz disposición. Mi padre se admiraba de la seguridad con que manejaba el lápiz
y de su facilidad para enfocar los objetos, cualidades poco comunes en niños a
esas edades.
Cuando
murió su madre, a los 28 años, al nacer Fernando, se vinieron a vivir a Madrid
la madre de tío Miguel con sus tres hermanas, para cuidar a los niños. Se
instalaron en la calle de Orfila.
José Antonio, desde su infancia, daba muestras de gran serenidad y aplomo. Un día
su abuela y su tía nos contaron unas travesuras de los pequeños en su
ausencia. Cuando entró José Antonio hicimos una alusión irónica a lo
sucedido. El, sin inmutarse, contestó rápidamente: " Ah, ¿se ha
comentado? "
Sus dotes de mando y organización se manifestaron desde los primeros años. El
ama de una de mis hermanas se indignaba creyendo que los padres de José Antonio
establecían diferencias entre él y sus hermanos. La buena mujer solía
exclamar: "A ése siempre le llevan en butaca de orquesta", manera gráfica
de mostrar las injustas predilecciones que en realidad no existían, sino que
era una simple imposición del niño, cuyo talento y espíritu superior se sentían
complacidos en ver realizados sus deseos.
A los diez años escribió, dirigió y ensayó un drama histórico, en verso,
titulado la Campaña de Huesca, cuyos primeros versos eran, aproximadamente,
como sigue:
"
Ya la noche... Cuánto tarda
en
volver el mensajero
que
envié con una carta
para
el Abad del convento!
De
fijo que Fray Clotardo,
que
fue mi sabio maestro... "
Ramón
López Montenegro, al hacer la reseña de la fiesta en A B C, después de
encomiar al autor actor y su compañía, observó que debía de ser muy
agradable el ser decapitado, ya que cada vez que uno de los pajes traía la
cabeza de un noble en una bandeja, ésta tenía una expresión jocosa. La
explicación era que como ninguno de nosotros estaba dispuesto a dejarse cortar
la cabeza para aparecer como noble decapitado, tuvimos que echar mano de cabezas
de cartón rellenas de trapos. La persona encargada de su compra, no se paró en
las contradictorias expresiones que el observador cronista apuntó.
También solía formar parte del programa otra obra titulada
Los Buñuelos de la Reina, del mismo estilo histórico. Se representaron así
mismo obras de otra clase, dirigidas por mi madre, tales como
Azucena, Tocino de Cielo, etc. Yo ya no me dignaba trabajar por considerarme
mayor y hacerlo peor que todos ellos, sobre todo que José Antonio, Chapalo,
Pepa, Angelita y Lula. Pilar y Carmen también actuaban, así como todos los demás
primos y algunos amigos.
Para los más insignificantes detalles José Antonio tenía salidas gráficas y
originales. Después de haber estado trabajando toda una mañana intensamente,
llegó a casa con apetito, y como se demorase la hora de comer, exclamó a
grandes voces: " ¿Es que en esta casa se ha perdido la honesta costumbre
de almorzar? "
Muchos días, al sentarnos a comer, yo no recordaba que era día de ayuno o
vigilia. El se indignaba conmigo, sorprendiéndose del imperdonable olvido. Me
disculpaba diciéndole que como yo no era la encargada de organizar las comidas,
no me preocupaba de tan importantes fechas, pero que estaba dispuesta a ayunar
con mucho gusto. Entonces empezaba a darme puñetazos y llamarme monja
exclaustrada y otras cosas por el estilo.
Cómo salía a cenar muchas noches fuera de casa, por si no ayunaban donde debía
ir, hacía la colación al mediodía.
No faltaba un domingo o día de precepto a misa y no trabajaba los días
festivos.
Un padre con quien él hizo ejercicios, ha escrito a María, y entre otras
frases de admiración, dice que está seguro de que José Antonio era un alma
predilecta de Dios.
La carrera de Derecho la había estudiado con mucho entusiasmo y se dedicó a su
ejercicio con verdadera vocación. Una vez le oí decir que estaba molesto con
un pariente, porque siendo él abogado no le había llevado un asunto de poca
importancia. Consideraba un descrédito para él que la familia no le confiara
sus pleitos. Yo le dije que si no lo hacían era por no molestarle y no
interrumpir sus múltiples ocupaciones. En tiempo de la Dictadura, trabajaba con
éxito, a pesar de que tuvo que esperar a tener la edad legal para doctorarse.
No defendía un pleito en el que no tuviera la seguridad de que su cliente
estaba asistido de razón.
Ganaba con su bufete más dinero que su padre siendo presidente del Consejo de
Ministros, a pesar de ser muy modesto en sus honorarios. Se daba el caso de que
muchas veces le hacían regalos espléndidos o le aumentaban la cantidad pedida
en concepto de honorarios. En una ocasión me propuso: "Te voy a dar 500
pesetas para tus escuelas y dime de Órdenes religiosas que estén necesitadas,
para darles alguna cantidad." Aunque quería hacer creer que los donativos
no procedían de él, acabó por confesarme, ante la insistencia mía, que aquel
dinero no lo conceptuada como suyo, puesto que le habían pagado de más y que
él lo administraba de esa manera.
Por
último, quiero dejar aquí constancia de una anécdota significativa.
En
cierta ocasión, el padre de José Antonio envió a mi padre unos retratos que
habían hecho los chicos. Tío Miguel ponía un comentario al pie de cada uno.
En el de José Antonio decía: "Este será un hombre del que hablará mucho
la historia."
De
“DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 174 a 176.