JOSÉ ANTONIO EN LA VIDA DE LA MUJER DE FALANGE

 

Mercedes Werner

 

Ante esta realidad trágica de la muerte de José Antonio, surge con más fuerza que nunca, con la fuerza de su trascendencia, la intensa realización de su vida.

Porque José Antonio, que fue el descubridor de la auténtica vida del hombre español, ha realizado puntualmente, plenamente, ese modo de vida señalado por él a toda nuestra juventud. ¡Y que revalorización de la vida, la que nos enseñó! Fue el mentís de un hombre con alma y con sangre al tentador y suicida " vivir ya detrás de todo, al otro lado de todo "; esa fórmula de vida pública y privada y hasta sentimental, que en los días tristes de España parecía a todos los cobardes la única posibilidad de escapar a la incomodidad de una situación angustiosa.

Pero José Antonio halló la otra fórmula, la humana, la varonil, la que España exigía, que consistía en vivir en las cosas, en las gratas, en las bellas y en las dolorosas y hasta en las mezquinas, pero en éstas será preciso vivir sobre ellas deshaciéndolas, aplastándolas con el peso de todo nuestro edificio espiritual, que al subir cada vez más alto iba hundiéndolas cada vez más hondo en el polvo que era su único elemento de existencia. Y José Antonio, llevando tras de sí a los suyos hasta la muerte, los volvió, por una extraña, pero en el fondo simple paradoja, a la vida y de tal modo fue esto cierto que ellos convirtieron a la muerte -que es negación y fin de todo gesto- en un " hecho ", en un acto de servicio.

Si él no hubiese sido un genio político simplemente hubiese vivido en tiempos más tibios, su fuerte personalidad, su ingenio y la finura de sus observaciones, le hubiesen llegado seguramente a crear, en un mundo imaginario y como elemento de expansión, ese hombre que se sitúa sin  responsabilidad en las páginas de un libro y como autor, hubiera soportado con dignidad los halagos o las impertinencias de los críticos y lo que es peor aún, la admiración agobiante pero superficial de un público femenino. Pero José Antonio conoció su propio genio político y vivió en un tiempo de crisis, en un momento en el que la actitud de un hombre como él tenía que ser extrema y sobre todo, era demasiado hombre, demasiado profundo, demasiado cristiano, para convertir en una obra de dilettanti, la masa maravillosamente maleable de la juventud española, esa juventud inteligente, enfebrecida, locamente disparada a todos los puntos cardinales de la política, y por todo ello José Antonio empleó su fuerza creadora en la vida misma.

A la vida de España del 33, con sus luchas de partidos y de clases, con su juventud reseca por los odios o por la frivolidad, extrajo el jugo fortalecedor de un mandato de heroísmo, de un imperativo de gloria, de una bandera violeta que había de ser defendida poéticamente, y todo eso entró hasta lo más hondo de la vida de cada uno con toda la fuerza de su peso que era de siglos, que era de siempre.

Y por eso, cuando José Antonio se volvió por vez primera hacia las mujeres para pedirles una colaboración abnegada, se encontró con que ellas habían acudido solícitas y encontró en ellas no sólo admiración, sino naturalidad en la misma exaltación, porque el hombre ideal, el arquetipo que él había creado, no era un hombre lejano y seductor que acechaba sus horas de aburrimiento -las de ellas- desde las páginas de un libro; él había acercado a sus vidas mismas de hermanas, de hijas, de esposas, a su vida de hogar, de estudios, de paseo, el héroe cotidiano, al hombre que con su propio valor las revalorizaba en ellas, porque era imposible no hacerse mejor y más buena y más bella para él.

Es cierto que en cualquier hora de peligro, la mujer española hubiese acudido a donde se la hubiese llamado, es cierto que en el momento de la lucha, los hombres de España siempre hubieran sido héroes, pero sin José Antonio sin su revelación de nuestro auténtico destino, sin su doctrina, no hubiesen llegado los hombres a adoptar esa actitud " humana, profunda y total " que él les exigió, esa actitud que les hace ahora conquistar,  con un heroísmo guerrero, la gloria de España y que les hará luego, en la paz, soportar con gracia y con gallardía el peso de esa gloria. Y sin esta revalorización del hombre no hubiésemos logrado nosotras lo que han logrado tantas, lo que es nuestra norma y está en estas consignas, no hubiésemos sido capaces de conservar en nuestros puestos de lucha la gracia y las virtudes de nuestra feminidad. Y no hubiésemos sabido conservarla porque no nos hubiese interesado excesivamente, porque nadie se hubiese preocupado de esperarla de nosotros. Porque para Dios y para nosotros mismos hemos de procurar ser puras, valerosas y bellas, pero es destino y gloria humanos de la mujer el serlo también para el hombre, y el hombre, para poder exigirlo, ha de ser hombre en toda su vida.

Hoy que los hombres vienen de a nuevo nosotras con el laurel de la gloria, hoy que han alcanzado su medida de españoles hemos de procurar ser perfectas. Por la memoria de José Antonio que no se volvió a ellos y a nosotras nuestro auténtico destino hagamos desaparecer de nosotros el " color moreno " de la mezquindad y la pobreza de espíritu de aquel " color moreno " por el que pedía perdón con graciosa humildad la esposa mística. Y cuando logremos la blancura ideal de la rectitud y la gallardía podremos decir como allá a los que nos han hecho mejores

 " Ya bien puedes mirarme

Después que me miraste

Qué gracia y hermosura en mí dejaste. "

 

(Sur, 20 de noviembre de 1938.)

 

 

De “DOLOR Y MEMORIA  DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 162 y 163.