LECCIONES DE JOSÉ ANTONIO

  A LOS NIÑOS

 

Samuel Ros

  

Niños: hoy la lección no es la de todos los días, hoy es la más bella y conmovedora lección que podéis escuchar... Estaros quietos y recogidos porque hoy podéis alcanzar toda la ciencia en un instante si escucháis bien y aprendéis mejor la lección singular de José Antonio Primo de Rivera.

¡Escuchad!

Habéis perdido a vuestro hermano grande, pero podéis recobrarlo en el amor a España. Él está en las asignaturas que os hacen hombres para España, particularmente en la Geografía e Historia de España que él supo redimir del desmayo y la inercia para que vosotros jugaseis -con él por Capitán- al juego más ambicioso y gallardo que puede jugar un español de todos los tiempos: el juego de hacer Una, Grande y Libre a España.

Capitán de vuestros juegos y Maestro de vuestro esfuerzo, José Antonio quiso la tierra de España como un jardín ancho y hermoso, con sol de verdad para vuestras vidas y con luna de ensueño para vuestros anhelos. Quiso la tierra de España con ríos morosos que os enseñasen el camino del cielo, y con bosques espesos y rumorosos donde el viento pusiera la música de vuestras canciones... y quiso la Historia de España como un juego de españoles que al jugar hiciesen la historia rigurosa y trascendente, justa y esforzada, para que los mejores tuviesen jerarquía de Capitán.

Niños: allí donde veáis la Geografía de España está José Antonio, vuestro hermano grande. Está lo mismo en el puñado de tierra que será flor, que en la nube de cielo que fue mar. Está lo mismo en el taller que en la iglesia, lo mismo en el campamento que en vuestro hogar. Allí donde esté España, para tocarla con vuestras manos, para verla como vuestros ojos o para adivinarla con vuestra inteligencia, allí está y estará siempre vivo y presente José Antonio.

También en la historia escrita -que es el juego de los españoles de otros tiempos- encontraréis la imagen de vuestro Capitán. La encontraréis en el minuto del triunfo y en el siglo de desvelo; en el grito de conquista y la oración de victoria; en el ardor del trabajo y en la alegría del descanso; en la angustia de la lucha y la voluntad del premio y en la hermandad de la empresa. Allí donde esté la Historia de España, para admirarle en su grandeza está vuestro Capitán José Antonio, y de allí donde esté la Historia de España, para compadecerla por las traiciones ajenas o por los propios desmayos, allí está también el dolor de vuestro Hermano Grande y está con su tesón alerta de niño-hombre para cambiar, cuando haga falta, el mal juego de abandono y derrota en buen juego de fervor y victoria.

¡Niños! Todo lo podéis olvidar, en la vacación y el recreo, todo menos José Antonio, porque él es España misma con su Geografía y su Historia, porqué él es vuestro Capitán, en este juego que tenéis vosotros la fortuna de hacer, al poner hoy viva y en marcha la Historia de España.

Un día José Antonio dejó su casa, donde todo era bueno y amable, donde había para él calor y caricias... dejó su casa para salir a la calle, donde hacía frío, frío de odio y un frío peor de indiferencia. No tenía más disciplina que la recta disciplina de su conciencia dispuesta a salvar a España. Iba en llamas de rebeldía contra todo lo establecido porque lo establecido desintegraba y deshonraba a España.

Fue José Antonio en busca de las malas compañías, porque mientras ciertas gentes egoístas despreciaban a las malas compañías, él las quería, a condición de hacerlas buenas, y sabía bien que la única forma de hacerlas buenas para los hombres, para España y para Dios era la de llegar hasta ellas mismas y conquistarlas por el amor, por la razón o por la fuerza. Fue José Antonio, con sólo su nombre, quien tantos títulos pudo ostentar, y fue con sólo su camisa azul, la primera camisa azul donde la jerarquía no estaba bordada, porque tenía que ser el propio corazón de José Antonio el que la abordase, haciéndose antes el primer corazón español.

Fue vuestro Capitán y Maestro por pueblos y campos de España para aprender y enseñar su lección. Clavó los pies de la tierra de España con tal firmeza y coraje que se sintió como unido por raíces a la tierra de España y levantó tanto su frente a los cielos de España que se sintió coronado con fulgores de elegido, como Héroe de los altos cielos de España.

¡Gran lección ésta que fue a aprender y a enseñar vuestro Hermano Grande!... ¡Gran lección ésta que vosotros debéis aprender hoy para enseñarla mañana!... y la debéis enseñar con la misma disciplina en la conciencia y en las jerarquías establecidas por él y por Franco, con la misma intransigencia que él tuvo, ante los demonios que pretendan seguir desintegrando y deshonrando a España.

José Antonio, después de hundir sus pies en la tierra y después de hundir su cabeza en el cielo, dijo las primeras palabras de la revelación... Fueron palabras de amor y palabras de destino común a todos los españoles de la clase que fuesen y a todas las tierras de España de las provincias que fuesen... porque en aquellos tiempos ¡niños! ni los hombres podían ser hombres, ni los españoles podían ser españoles... tampoco los soldados podían ser soldados ni los ingenieros ingenieros, ni los médicos médicos, ni los abogados abogados... ni siquiera, niños, fijaros bien, ni siquiera los niños podían ser niños.

Un grupo de camaradas surgió y se levantó ante las palabras mágicas de vuestro Capitán y Maestro. Fueron  los primeros y mejores. Fueron las voces vivas que habían aprendido la lección y la iban a multiplicar por los caminos de España y por los caminos del universo.

Muchos de aquellos camaradas de José Antonio y vuestros, cayeron abriendo camino a su jefe hacia la gloria. En el momento de morir eran santos y sabios. Santos porque la generosidad de su sangre habría a sus almas la puerta más ancha y luminosa del Cielo, y sabios porque con ser tan sencillo habían aprendido las palabras más difíciles, más justas y precisas, aquellas palabras que necesitaba saber un joven español de aquellos tiempos que ambicionase la sabiduría. Eran estas dos palabras, que encerraban y encierran en sí toda la ciencia: Arriba España.

El odio sigue los pasos de José Antonio, los siguió como un lobo feroz y hambriento porque él era el amor y en su presencia todo renacía y se recobraba, todo se ordenaba... y el lobo, que estaba acostumbrado al festín de la muerte, del abandono y el desorden, afiló sus uñas y perfiló su saña para ir y matar al que había nacido nuestro Salvador, al que era luz y verdad, al que abría todos los caminos para que nuestra Geografía fuese bella y para que nuestra Historia fuese grande.

Fue el odio quien encarceló a José Antonio, a vuestro Capitán y Maestro, a vuestro Hermano Grande, fue el odio quien encarceló al que había aprendido y enseñado la lección mejor, al que hoy es lección misma para vosotros.

Quien pudo tener los más hermosos palacios prefirió la cárcel, quien había sembrado las mejores miradas de comprensión fue mirado con las peores miradas de incomprensión.

El corazón de José Antonio se ensancha en la cárcel, se ensancha tanto como España mismo y aún rebasó los límites de España con afán de Imperio. Era José Antonio en la cárcel como España misma, cargado de dolores y de destino... y cuando ya estaba aquí recogido su corazón por nuestro Caudillo Franco, estallando su corazón en los gritos redentores y elevándose cada mañana con el sol de nuestro glorioso e inmortal amanecer, allá, en la otra España que hoy es sombra y mañana será luz allá, no lo olvidéis, todas las fuerzas de la anti-España, todas juntas, inconscientes y malditas y cobardes mataron a vuestro Jefe, a vuestro Capitán, a vuestro Maestro, a vuestro Hermano Grande.

Tenía José Antonio treinta años, un cuerpo noble y gallardo donde la sangre era feliz y se redimía de las miserias de los hombres y tenía un alma generosa, que subió a los luceros con sus ojos para continuar mirando desde allí a España con el mismo desvelo y la misma exigencia con que siempre la había mirado.

José Antonio no ha  muerto, niños; no ha muerto si queréis vosotros que crezca en vosotros y que se multiplique cada día en cada español que nace... José Antonio es una lección viva que nunca debéis olvidar. Cuidad bien, niños, de sacar hoy el mejor o mayor provecho de esta elección, porque, ya lo oísteis, todo lo podéis olvidar en la vacación y el recreo, todo menos esta lección de José Antonio, que aunque hoy empieza pasa a ser infinita.

Cuidad bien de que en el último examen, en el examen definitivo de vuestras vidas, podáis superar la lección que escucháis, esta lección de José Antonio que no es letra sino acción, la acción viva y caliente que deben ser nuestras propias vidas con la guía y norma de fidelidad a quien fue vuestro Capitán y Maestro, a quien fue el más bello héroe que vieron los hombres y que acompañaron los ángeles.

¡Niños!, no lloréis hacia fuera, porque él no lloró nunca sino hacia dentro de sí mismo, como buscando en su pena, como buscando en la aridez de su escondido llanto, la sonrisa clara y feliz que nos ofreció a todos los españoles para enamorarnos de nuestro destino.

¡Niños!, no lloréis, porque él no quería, pero meditad en él. Tened sed de José Antonio y ser como la fuente, que se bebe a sí misma para devolver el agua.

Meditad en José Antonio para que vuestra meditación devuelva en vosotros mismos y para España al Hermano Grande que habéis perdido.

¡Niños!, un día os encontraréis hombres, hombres de España al servicio de España y entonces gozaréis de una alegría que vuestros mayores no pudieron gozar, la bendita alegría de miraros como hermanos todos los españoles que crecisteis juntos.

Cuando la vida abra en abanico el grupo que hoy formáis, os encontraréis distantes unos de otros, os encontraréis situados en múltiples direcciones pero tened la seguridad de que todas serán direcciones al servicio de España y desde cualquiera de ellas podéis mirar a los que están en la dirección de enfrente como aquellos que os completan...

Podéis mirar a los otros españoles, estén donde estén y sean quienes sean como camaradas, para acompañar vuestra soledad de hombres y para compartir la carga de vuestro dolor o de vuestra alegría, cuando la carga, triste o gozosa, se haga excesiva para vuestros hombros.

¡No lo olvidéis!, porque existió José Antonio, existe y existirá una España donde podréis miraros sin rencor los unos a nosotros; donde la Universidad será como un taller y la ciudad como el campo; donde todo y todos sean envueltos por la misma música que convierta en coro acorde el acento peculiar de vuestra misión y de vuestro trabajo.

¡Niños!, hoy no es día de llorar, sino de pensar profundamente, adelantando vuestra cabeza a la edad, para que templéis vuestra alma y fundéis vuestro cuerpo en el mismo temple y moldes que hizo José Antonio vuestro Capitán en el juego español, vuestro Maestro en el esfuerzo español y vuestro Hermano en la sangre española.

¡Sed valientes porque fue valiente José Antonio!

¡Sed alegres porque fue alegre José Antonio!

¡Sed generosos porque fue generoso José Antonio!

Y ¡Sed constantes en el valor, en la alegría y en la generosidad, porque fue constante en el valor, en la alegría y en la generosidad José Antonio!

Vivid como vivió José Antonio y para lo que vivió José Antonio, y morir como murió José Antonio y para lo que murió José Antonio.

Vuestro Caudillo, Franco, os promete una eterna presencia en eterna primavera de vuestro Hermano Grande, de vuestro Capitán y de vuestro Maestro, pero vosotros tenéis que demostrar que la merecéis... debéis demostrar que sois capaces de haceros hombres de un golpe para defender a José Antonio.

Unid vuestros gritos y haced graves vuestros gritos en esta fecha que nace para no perecer, en esta lección que empieza para no terminar.

¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!

¡Arriba España!

José Antonio Primo de Rivera: ¡Presente!

  De “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1.939. Págs. 16 a 19.