AL ESTILO DE JOSÉ ANTONIO
España se puso en juego al estilo
fuerte. Un estilo vigoroso, pleno de vitalidad, apasionado. Sacaba a la gente de
sus casillas, encendía los ánimos, arremetían, ¡qué bien!, contra aquellos
que aún vivían en la ilusa recordación de su pasado. Este juego del estilo
fue necesario para demostración de que un espíritu nuevo invadía España. De
que la juventud, mirada despectivamente, entraba en juego en la política
nacional. ¡Mirada despectivamente! ¿Por quiénes y cuando? Precisamente por
aquellos que se asustaban de la vitalidad, del dinamismo, del nuevo estilo; por
aquellos que eran sacados de sus casillas, de sus tertulias, de sus casinos, de
sus parlamentos; por aquellos que aún hablaban de la inexperta juventud y, a lo
más, tenían un gesto paternal y comprensiva conmiseración. A lo más, porque
estos hombres, que se veían desplazados irremisiblemente, jamás comprendieron
la ansiedad de la juventud; padecían una arterioesclerosis espiritual. Por ello
y contra ellos se impuso el estilo ardiente. Y para ellos, para traerlos a la
buena nueva, no a censurar ni a que utilizaran su habitual cotilleo senil, sino
para que acelerasen su prestación personal, su colaboración enérgica, a la
juventud. Se les ofrecía la oportunidad de que se rehiciera en la juventud, de
que costumbres y vicios antiguos fuesen arrumbados definitivamente de su
ambiente y medio de influencia. Había que colaborar con España, y España era,
nada más y nada menos, que esto: una juventud en pie conducida por un hombre
joven, Franco. Una genial concepción creadora de España con el hombre joven
como arquetipo inaplazable. Aquel estilo vigoroso, apasionado, encendido con el
fuego de España; aquella arrebatadora pasión de amor, sacó a todos los
hombres de sus casillas, iluminó las calles de camisas azules, de camisas kaki,
de boinas rojas; y creó Milicias y Ejército, y el milagro de cerrar las
tertulias fósiles, porque todos hombres eran reclamados para la tarea de España,
de la grandeza y libertad de España, que hoy es por la colaboración de todos y
porque el Caudillo, genio militar y sabio estadista, supo conducirnos. Su
juventud y estilo, su vigor, se impuso espontáneamente a todos los hombres de
España.
Hoy, que el recuerdo José Antonio se
nos entra en el alma, suave y amorosamente, comprendemos lo que España, en su
estilo nuevo, le debe a él. Nos enseñó a que hablásemos severamente, pero
con un alto espíritu de nobleza y comprensión. Su estilo -el de la España
nueva- se hizo sangre propia, fuego para encender el cielo de España; y pero no
fue, la manera de otros estilos, juego de simples y bobos literatos, de políticos
amanerados, sino el exponente natural de un análisis o crítica seria de los
problemas fundamentales de España. Estudiar, primero, a España; y después,
expresarla bellamente, sin que la belleza de expresión elimine la virtualidad y
vigor de la sensación finísima de España. Ardientes. Así somos. España
entera, unida, encendida, iluminada por José Antonio. Grande y libre por el
Caudillo. Al fin, triunfo del estilo y de la juventud. Triunfo al estilo de José
Antonio.
(Alerta,
Santander, 18 de noviembre de 1938).