JOSÉ ANTONIO, POETA DEL IMPERIO
Por Tomás H. Redondo
Cada vez que se profundice más en el
estudio de la vida de José Antonio se encontrarán nuevas facetas que descubrirán
las excelencias de su alma, siempre compleja y polimorfa como la de los grandes
genios de la historia. Todos sus críticos y comentaristas están conformes en
que junto a su dinamismo político se encontraban unidas, como la yedra al
tronco, cualidades de altísimo poeta que, si apenas escribió versos, no por
eso dejaban de aletear en su espíritu los altos ideales de la poesía
encaminados a hacer triunfar en España los sentimientos de Belleza, Bondad y
Justicia como nuevo Quijote que para conseguirlo utilizara, si preciso fuera, el
poder de su valeroso brazo, la " dialéctica de los puños " aplicada
a aquellos malandrines que desgobernaban el país y no querían oírle ni
entender las razones de su verbo, cálido y maravilloso.
En todos sus escritos, discursos y
conferencias, siempre encontraréis esos matices del gran artista de la palabra
que la utiliza para conmover, deleitar y convencer al mismo tiempo. Era, pues,
poeta en prosa, no a la manera altisonante y gárrula de un Castellar, sino
precisa y sobria como un teorema, cual corresponde al hombre dinámico, todo
acción. Alguien le ha comparado por su valentía, caballerosidad y misticismo
amoroso hacia España con un personaje literario, altamente idealista como él,
el " esforzado y valeroso caballero Amadís de Gaula ", eterno y fiel
amador de la sin par Oriana, como José Antonio lo fue siempre de la Patria
bendita que Dios le deparó. Yo, sin embargo, le encuentro más parecido con un
personaje de carne y hueso, inspiradísimo poeta que murió trágicamente, como
nuestro héroe, a la edad de 33 años. Ese poeta español, también
imperialista, " contino " del César Carlos V, fue Garcilaso de la
Vega, nacido en la imperial Toledo y muerto en la Provenza al pelear contra los
franceses, que, si entonces no pertenecían al " frente popular ",
eran ya enemigos de las glorias de España.
Hasta en el retrato físico de entre
ambos personajes había bastante semejanza, si nos hacemos eco de la pintura que
de Garcilaso hace Tamayo de Vargas cuando dice: " La trabazón de los
miembros igual, el rostro apacible con gravedad, la frente dilatada con
majestad, los ojos vivísimos con sosiego y todo el talle tal, que aún los que
no le conocían, viéndole, le juzgarán fácilmente por hombre principal y
esforzado, porque resultaba de él una hermosura verdaderamente viril. "
José Antonio, como Garcilaso, murió también por España, y seguramente
atravesado por balas francesas. No lo recogió al caer ningún Marqués de
Lombay, el que fue más tarde San Francisco de Borja, pero seguramente le acogió
en sus Santo Seno y guardó su espíritu en el Trono de la Inmortalidad el
Divino Maestro cuyas enseñanzas aprendió, expuso y defendió José Antonio
como buen español, obediente siempre a la Iglesia Católica. Basta leer la
primera " cláusula " de su póstuma obra literaria, el testamento
escrito poco antes de morir con esa serenidad que sólo sienten las almas
grandes a la hora de la Verdad, que es la de la Muerte, cuando tienen que
presentarse ante el Augusto Tribunal para dar cuenta a Dios de sus acciones y
omisiones durante el efímero paso por la tierra.
Dice así: " Deseo ser enterrado
conforme al rito de la Religión Católica, Apostólica y Romana que profeso, en
tierra bendita y bajo el amparo de la Santa Cruz. " Y refiriéndose
igualmente al supremo trance que le aguarda, escribe en el hermoso preámbulo
palabras dignas de las mejores plumas de nuestros místicos: " En cuanto a
mi próxima muerte, la espero si jactancia, porque nunca es alegre morir a mi
edad; pero sin protesta. Acéptela Dios nuestro Señor, en lo que tenga de
sacrificio para compensar en parte lo que ha habido de egoísta y vano en mucho
de mi vida. Perdono con toda mi alma a cuantos me hayan podido dañar u ofender,
sin alguna excepción, y ruego que me perdonen todos aquellos a quienes deba la
reparación de algún agravio grande o chico. " Palabras sublimes,
inspiradas en las no menos sublimes enseñanzas de aquel que expiró en la Cruz,
perdonando a sus verdugos y enemigos.
Treinta y tres años tenía, como Cristo
y Garcilaso, y en verdad que no pudo aprovecharse mejor una existencia, pues
gracias a su esfuerzo y tenacidad ha logrado echar las bases y desbrozar las raíces
de un nuevo, próximo y fecundo Imperio, que unirá sus grandezas a aquel otro
de la época vivida por el poeta toledano para, si es posible, mejorarlas y
continuar de esta manera la historia de España, que queda interrumpida en el
siglo XVIII, cuando la influencia extranjera, principalmente francesa, fue poco
a poco deshaciendo la idea de Patria y haciendo olvidar lo español para
transformarnos en una especie de " colonia " o país protegido que
pensara y obrase siempre a compás de lo que querían las vecinas naciones de
Europa -Inglaterra y Francia- que nos habían arrebatado, quizá por nuestras
culpas, la hegemonía que de antiguo ostentábamos.
Del mismo modo que el gran genovés
Cristóbal Colón alumbró un Mundo nuevo, José Antonio adivinó y descubrió
una " nueva España ", porque tenía, como el navegante italiano, alma
de soñador y de poeta, fe en Dios y condición entusiasta en su propia obra. Y
los dos realizaron su empresa bajo el mismo simbólico emblema del " yugo y
las fechas " que presidió el glorioso reinado de los Reyes católicos,
forjadores de nuestro primer Imperio. Muchas veces en sus discursos repetía el
fundador de la Falange que " a los pueblos sólo les mueven los poetas
", y esa aseveración se ha cumplido ahora totalmente, pues el protagonista
ideológico de este " movimiento " nacional ha sido él con su
doctrina y con su ejemplo, al ir sembrando -cara al cielo- por los caminos de
España, años atrás, las nuevas ideas que pronto germinaron en muchos
corazones y cuya primera cosecha de entusiasmos y realidades estamos ahora
recogiendo.
Quiera Dios que se cumpla muy pronto y
totalmente el ideal que acariciara en su mente fogosa y pura, de excelso
patriota, nuestro llorado José Antonio. Para conseguirlo bastará que todos
inflamemos nuestras almas del mismo anhelo que él sentía, que rectifiquemos,
cada cual, nuestras conductas, revolucionando y purificando nuestro espíritu, y
de este modo, cumpliendo todos estricta y llanamente nuestros deberes,
conseguiremos esa España imperial " Una, Grande y Libre " que como
lema de su escudo deseaba el ilustre muerto, caído por Dios y por la Patria
hace dos años a orillas del Mediterráneo, ese mar latina y azul como la camisa
del héroe y como el cielo donde alumbra su estrella, siempre vigilante y
guardia permanente hasta conseguir la total liberación de España.
(Ideal,
Granada, 20 de noviembre de 1938).