ESPAÑA Y JOSÉ ANTONIO
por A. García
A José Antonio le dolía España y le
dolía porque acertó a conocerla y la supo amar. Las cosas que no se aman
duelen a medias, y las que no se conocen, o mal se conocen, no pueden ser amadas
bien.
Pudo José Antonio haber dejado dormir
sus amores en la confortable amnesia de una vida opulenta; pudo haberlos apagado
y reducido concretándolos en unas expresiones literarias que llevasen el
sosiego a sus inquietudes románticas.
Pero a todo eso -que era lo fácil-
prefirió la lucha, el amargor de lo incómodo, por la acción y por la idea,
como hicieron los caballeros de todas las edades, como practicaron, más que
nadie, los caballeros de España.
Él era español y caballero y sentía
como pocos el dolor de España; un dolor inmenso como eran inmensas y graves las
dolencias nacionales. Porque no era sólo el atenazamiento marxista, que
amenazaba con borrar una civilización para suplantarla por las trágicas y
eternas experiencias moscovitas; era el solar descuartizado y los páramos
grises de Castilla y el lento moverse del país y la ausencia de alegría entre
los humildes, que, por ser los más, daban la tónica nacional de tristeza y
desesperanza.
A éstos, los enfrentados con la búsqueda
de la vida, nunca se quiso que llegase la voz de José Antonio. Se llevó a su
ánimo la mentira de un artificio entramado en todo orgullo que podía provocar
la exaltación odiosa de los oprimidos: la dictadura cruel al servicio de un
capitalismo vampiro, la injusticia social, el desamor. La Falange por él
fundada iba a ser el instrumento represivo y que sostuviese todo eso, como
nacida por el único y malsano placer de mortificar y esclavizar al país.
Pero José Antonio, al morir hace dos años,
con aquel sereno decoro que cristianamente ansiaba, rubricó la auténtica y
humana verdad de su doctrina con un gesto bello y elegante, patrimonio de las
almas grandes: con el perdón a sus verdugos.
Así era José Antonio, y por ser el así,
su obra, su Falange, tiene que ser ofrenda permanente de amores, generosa y
justa. El odio y rencor no son materiales constructivos, José Antonio quería
construir nada menos que toda una España en que el dorado de sus mejores
tradiciones diese estilo a un futuro brillante y decidido; la España alegre y
luminosa, una y fecunda con Amor, con Justicia y con Pan.
Esa doctrina y esas ansias son el anhelo
de España. Que nadie los mueva; que nadie olvide que para cimentarlos se
vertiera sangre de un millón de españoles, que vigilan presididos por la
serena mirada de José Antonio; que nadie olvide que hay un Caudillo que
condensa aquellos anhelos con su inteligencia preclara, con su voluntad firme y
con su corazón, nido también de generosidades, que al aplastar por las armas
al enemigo sabe decirle con los más limpios modos caballerescos: " Si eres
español y sientes a España y la mancillaste, ven con nosotros a hacerla Una,
Grande y Libre. "
¡Arriba España!
(El Adelanto, 20 de noviembre de 1938).
De “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Pág. 150.