JOSÉ ANTONIO, NOVIO DE ESPAÑA

 

Por Jorge Claramunt

José Antonio no es -no puede ser- el fundador de un partido. Si así fuera, faltaría, desde luego, en este homenaje de hoy, la adhesión de cuantos fuimos antiliberales desde el instante mismo en que nos asomamos a la vida política. Y faltaría el tono nacional de la jornada. José Antonio es algo más -mucho más-: es el creador de un clima revolucionario, sin el que no hubiera sido posible el tono juvenil, desenfadado a veces y siempre magnífico, que hemos dado a la guerra y a la paz.

Si a mí me pidieran que concretase de algún modo lo que yo creo aportación fundamental de José Antonio a la cruzada de los españoles con historia y sin miedo, diría, probablemente, que nos trajo " la gracia ". Y ya se supone que no hablo del chiste y de gracejo siquiera, sino de esa otra cosa mucho más fina y reveladora de espiritualidad, que el vulgo llama " ángel " con intuición perfecta. José Antonio tuvo " ángel ". Y por eso encontró la frase exacta, el giro preciso para desarrugar el ceño de los rebeldes. Y se ganó la antipatía de los señores graves, enfermos del hígado, a quienes molesta de un modo casi patológico que haya otros hombres a quienes aquél les funciona sin desmayo.

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La multitud es femenina. Y conste que no hacemos juego de palabras. Por eso requiere en quien pretende subyugarla, guapeza física igual y guapeza moral. Lo feo es impopular como quizá ninguna otra cosa. De aquí el éxito demoledor de las caricaturas. Y si a lo físicamente agradable se une una belleza de espíritu a tono con el ideal femenino de la multitud, el éxito está descontado. José Antonio -guapo mozo como un alférez de los Tercios viejos- tuvo una alma clara y bellísima. Aquí está la clave de una gran parte de sus éxitos en vida y, sobre todo, de los logrados después en su ausencia y su muerte.

Como buen galán, supo también José Antonio luchar con rivales de talla, sin importarle un ardite las ventajas que éstos se permitieran en el juego. He dicho -y bien sabe Dios que no me arrepiento- este dominio sobre la multitud tiene mucho de conquista amorosa. Pero en este orden de escarceos se puede seguir la táctica honrada y varonil de pedir amor a cambio de otro tanto de cariño, o pedir favores a trueque de regalos. En el primer caso se busca la esposa como a la fiel compañera: en el segundo, se trata a la mujer como presunta concubina.

Y en España, por un fenómeno de degeneración religiosa y política de la masa, la táctica de los obsequios -casi siempre falsos para escarnio mayor- iba dando resultados magníficos. Hacía falta mucha hombría para salir al palenque diciendo la verdad y predicando lo incómodo, lo austero, lo difícil. José Antonio quiso celebrar sus bodas con la conciencia ciudadana, en un marco pobre y a la hora barata de la amanecer, para educar con esfuerzo al hijo amoroso de las entrañas del pueblo. Quiso ser -él- económico, para que su hijo se sentase después entre los potentados. Gran romántico y gran español, volvió a la fórmula vieja de " contigo, pan y cebolla ". Lo que importa es el retoño que de los padres nazca. Y él quería que se llamase -y fuese- Imperio.

Pero la victoria no era fácil. El fondo romántico -limpiamente amoroso- de la hispanidad, iba estando cubierto de egoísmo y caprichos fáciles, más fácilmente pagados por quien prometía lo propio y daba siempre de lo ajeno. Se hizo precisa una asiduidad insuperable, un predicar continuo, un susurrar incesante al oído de la amada, contando a todas horas la canción del propio amor. Fue necesario que José Antonio celase al enemigo y aún exponiéndose al peligro constante de unos celos de rico despechado, fueron mostrando la falsía de los obsequios impuros.

Con él iba el carlismo rondando la novia. Y no sentían celos, porque uno y otro se sabían dignos rivales y porque, en el fondo, ambos buscaban para España la misma felicidad. Milagro grande éste de haber fundido, en un solo galán, los dos cortejadores de otros días, y gloria para España, ésta de saber ya a ciencia cierta dónde están su ventura y su norma.

José Antonio ha muerto sin consumar sus nupcias, a causa, justamente, de su mucho amor. Cuando se quiere así, ni se conocen egoísmos ni se plantean pequeñeces. Y aquí estamos ya todos -los de ayer, los de hoy y los de mañana- celebrando las fiestas de unas bodas de sangre, en las que España llora y ríe, novia al fin y esposa para siempre en gracias al recuerdo y en testimonio de fidelidad.

 (El Correo Español. El Pueblo Vasco, 19 de noviembre de 1938.)

 

  De “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 133 a 135.