ACERCA DE JOSÉ ANTONIO

 APORTACIÓN DECISIVA DEL CREADOR DE LA FALANGE

 

José Félix de Lequerica

 

Alguna vez he recordado como vi transfigurarse a José Antonio Primo de Rivera y pasar a mis ojos del joven grato, brillante prometedor político, a sujeto iluminado y capaz de obras excepcionales. Era almorzando en un Club de la calle de Cedaceros y al tercer comensal -éramos tres- hombre maduro y enemigo del Dictador, no procede ahora recordarlo. Debía ser hacia el año 33, antes de la fundación de Falange. José Antonio, apacible y de buen humor, habló de política durante toda la comida. Entonces, ante el horror de la República, sostenía José Antonio la tesis de que sólo procedía almorzar o comer, para frotar ideas e ir poco a poco preparando las fórmulas definitivas de oposición nacional. Pero al final del almuerzo se encendió, se puso en trance y con la terrible voz nasal de sus grandes cóleras nos dijo, poco más o menos: "Es preciso reunir tres o cuatro mil  jóvenes decididos a morir, y atacar Madrid. Vosotros vendréis conmigo, y si retrocedéis os mataré a tiros. Nos  apoderaremos de la capital. No hay otro recurso."

 Era ya otro hombre el que hablaba. El viejo compañero de su padre y yo nos miramos con sorpresa, pero muy impresionados. No bromeaba nuestro joven amigo brillantísimo, mundano, grato. Aquella voz extraña que yo hasta entonces no la había oído y ninguna otra gran ira volví a escuchar, anunciaba propósitos formales. Era, además, difícil resistir a José Antonio, dotado de un decisivo poder de captación personal. Hombre más condescendiente, considerado y atento a las opiniones ajenas que él, no he conocido nunca, pero una vez metido seriamente en propósito de ejecución era inflexible y la amistad de la confianza cedían al imperio inevitable de superioridad, cuando se le veía dedicado "a ello".  Así, pues, nos fuimos del Club, pensativos y con la impresión de haber encontrado -en la hora del más ridículo y condescendiente "inmediatismo"- un político español capaz de ver lejos y con el temple de alma adecuado a lo descomunal de sus propósitos.

Y ahí estuvo su fuerza. José Antonio, para emplear un galicismo, "vio grande ". Vio todo lo contrario de la inmensa mayoría de sus contemporáneos políticos, metidos en reformas, adaptaciones, aprovechamiento de lo existente, la necesidad de una nueva espiritualidad. El patriotismo estaba gastado, las fórmulas necias de disociación, en su apogeo. La resistencia noble de las clases sociales superiores, todavía fieles a los eternos valores, muy debilitada, no por falta de heroísmo personal, sino carente de fórmulas de comunicación verbal adecuadas al momento. Se empezaba el remedio por arriba en medios puramente de cultura, y era espléndido encontrarlo y triunfadora a la larga su acción sobre España. Pero quedaba por ganar la parte activa de las clases medias y cultivadas españolas, que tanto aportó al 14 de abril. Gentes de El Sol, de la Revista de Occidente, de la F.U.E., del desengaño republicano puro, del desengaño populista al final. El elemento más difícil de atraer a una fórmula de reconstrucción española por su enfado casi personal con la monarquía, y con la Dictadura, abundante en sujetos hábiles y perspicaces, realidad, más que contable electoralmente, de una decisiva presión sobre el pensamiento medio español.

Y ahí sí que supo hacer prodigios José Antonio, centrado su esfuerzo en esa zona y alguna vez quizá sacrificándole mucho. Lo genial de su obra, la aportación capital del creador de la Falange, es haber conseguido, con la magia indiscutible de sus fórmulas y la grandeza atractiva de su figura, dominar ese mundo durísimo, arrancárselo a la República y la negación antiespañola. Hacer que los hijos de los fantasmas satisfechos del 14 de abril anduvieran a tiros en los pasillos de la Universidad contra los jóvenes republicanos o en las calles de Madrid contra los "chiviris" socialistas. Crear una elegancia hecha de cultura y heroísmo, capaz de arrastrar a quienes ya sólo veían la figura de España a través de inutilidades y apariencias políticas, económicas, guerreras, religiosas, caducas al parecer definitivamente el 31, y cedían sonrojadas ante la superioridad en distinción y gusto -parecía- de las posturas de izquierda o de sección catalanista. Frente al  patriotismo de "Mari Focela" y la "banderita" modernizó sencillamente el culto a España.

Operación prodigiosa y que le justifica todos los homenajes perennes de su pueblo. Los ultras jóvenes que sólo han alcanzado el periodo de convulsión no pueden medir el esfuerzo de José Antonio. El sí, porque había vivido, a la época revuelta en que, al fin y al cabo, todo andaba en litigio, sino la consolidación y distribución definitiva -e inocua- a uno y otro lado del Padre de los justos y los precitos. A un lado lo académico, lo seco y acartonado, los uniformes de ceremonia que arrancan comentarios socarrones a los taxistas del libro de Foxá, lo caduco: entre el bric à brac España y su historia. Al otro, fórmulas ágiles y refinadas de comprensión para las sesiones y los socialismos y los anarquismos. Y perfectamente instalada entre la elegante quincalla, la revolución auténtica envuelta en flores de gusto depurado.

Que además este milagro pudiera hacerlo el hijo del "Dictador", enemigo de Unamuno, víctima de sus letrillas mordaces y todas las hojas clandestinas, bestia negra de los medios intelectuales, el mismo grande de España, título del Reino, gentilhombre con ejercicio, supera lo imaginable. Y da la medida de la enorme figura política de José Antonio.

Y es que tenía la grandeza clásica. Al aficionado a bucear en el mundo griego romano, al lector de Plutarco sencillamente, al gustador de las tremendas reconstrucciones antiguas de Shakespeare, se puede invitar a la busca de la vida paralela a la de José Antonio en la mejor antigüedad. Me parece, sobre todo, localizable en Roma. El mismo caso de Patricio joven, lanzado a la política sobre base popular, creando un tipo de demofília que no es demagogia, pero dista ásperamente de las posturas senatoriales conservadoras y resistentes sin perjuicio de pactar con ellas sometiéndolas y sirviéndose de su poder, luego llegado a las cimas del mando y dando fórmulas renovadoras para ganar siglos para su Imperio, se da entre las siete colinas. Sila -el auténtico, no el de la leyenda-, Julio, Antonio, Octavio... no sé. Hay otros varios, además, donde elegir. Pero el perfil y aun la estatura toda de José Antonio son Roma pura. (Me gustaría una estatua suya vestido al modo militar imperial, como se hacían a los príncipes en el Renacimiento). Era un clásico. Innatamente, sin proponérselo. No por tener más formación humanística que la desdichada de sus contemporáneos. Eso no sería un clásico, sino un erudito o un imitador.

Él era clásico por dentro. El testamento parece una de las grandes páginas de la antigüedad. Su contención de lenguaje, su administración sabia de las pasiones, su modo político de sofocar lo real y lo ideal, y ampliar la esfera de lo posible sacándolo del estanco de la vulgaridad son romanos sobre todo. Por eso a veces en la historia española, más que un continuador de las líneas de mando históricas nuestras, toma aire de precónsul que por un milagro hubiera evitado a España a las invasiones del Norte para salvarla como otro pedazo de Imperio, pendant en Occidente del de Constantinopla, sólo que más puro, más sin ornamentación.

"Historia es lo que ha pasado en Roma ", gustaba mucho de repetir Bainville, quien atribuía la frase al poeta catalán Morera, un señor mayor, fino y grato, que conocimos en el Congreso, hermano del pintor algorteño adoptivo. José Antonio, su gesta realizada, la previsible sobre todo sin la gran noche prematura, parecen haber pasado en Roma.

Por eso son historia.

 

(El Correo Español. El Pueblo Vasco, 19 de noviembre de 1938.)

 

 

De ”DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 131 a 133.