SEMBLANZA CLÁSICA DE JOSÉ ANTONIO

 

por Eugenio Fernández Almuzara, S.J.

José Antonio Primo de Rivera, el héroe de nuestros días, fue no menos esclarecido por sus patrias virtudes que por su linaje. Tocóle vivir en una época en que España, a manera de nave sin timón ni piloto, padeció graves tormentas. De noble continente, y bien proporcionado de cuerpo, su frente era ancha, de ojos vivos y penetrantes, rodeados de una especie de dorado fulgor; su rostro agradable y lleno de decoro. Muy simpático, perspicaz y de gran ingenio, pensaba con dignidad y elevación y razonaba discretamente. Su decir era gráfico, conciso e imperioso, pero despojado de altivez. Amaba la metáfora y la poesía, y en el revivió el viejo mito de Orfeo que amasaba las fieras y arrastraba la naturaleza insensible con su canto.

 Muy joven aún, vistió la toga, y en ese traje se concilió la veneración y respeto de todos.

No le ensoberbeció la prosperidad ni la adversidad le abatió. Sufrió con ánimo inquebrantable la ruina, después de un rápido y fugaz encumbramiento, de la gloria de su casa. Pero no toleró igualmente la ruina de la nación que aconteció junto con ella.

Habiéndose hecho amar y seguir por la juventud de su tiempo, comenzó a excitar sus sentimientos y pasiones. Fue el fundador de Falange Española. Muchos le tuvieron por iluso y sedicioso; pero asentó con su doctrina y su conducta los primeros firmísimos cimientos de la restauración de la Patria. Con más eficacia que ninguno, se aplicó a desarraigar y desterrar de ella las discordias y disensiones, las muertes, prisiones, destierros y confiscaciones que, como una peste, la asolaban. Sintió la sugestión de crear un Imperio vastísimo y vistió a sus falanges con el azul de los mares.

Echó grillos al marxismo, sin preocuparse de que, con ello, fraguaba su desgracia y la de aquellos que más quería. Despreció el peligro y vivía en constante riesgo de la vida entre los puñales y pistolas. Solía decir que su puesto y el de los suyos y el de España estaba en las estrellas, sabiendo que a las estrellas sólo se asciende a través de la muerte recibida a cielo abierto, donde las heridas se transforman en rosas y los anhelos de las armas se disparan en haces de flechas, a clavarse definitivamente en el blanco. Hablaba de las guardias eternas y resplandecientes, retornos de banderas victoriosas, de paces fértiles, de rosas inmarcesibles, de amaneceres sin ocaso.

Punzábale el cuidado y solicitud de reincorporar a la Patria las masas proletarias que, buscando únicamente, con ánimo egoísta, sus intereses particulares, se habían separado de ella. Lanzó la consigna: " ¡Por la patria, el Pan y la Justicia! "

Trató, además, de afirmar los lazos de unidad entre todos los españoles y de abolir toda injerencia e influjo extraño en el gobierno.

Dio a la vida española sentido, perfil y aroma de milicia, despertó en el ánimo dormido del pueblo la conciencia de sus altos e inmortales destinos e hizo un culto del amor a la Patria, en la cual presintió con alegría el cercano amanecer de un segundo Imperio, émulo del de los Reyes católicos. Viólo despuntar desde la enemiga ribera, con el melancólico presagio de que no había de verlo culminar en el cenit.

Proclamado el Alzamiento Nacional por el Caudillo Franco, Primo de Rivera, que ya estaba preso en la cárcel de Alicante, fue vilmente asesinado por los rojos el 20 de noviembre de 1936, impidiéndolo gozar de la gloria a que por sus méritos era acreedor. Murió en la flor de los años, con entereza y dignidad, ofreciendo a Dios su vida por la Patria.

Su pérdida causó profundo y universal sentimiento; pero sirvió de estímulo para acelerar el término de la contienda y la reducción de los rebeldes que, apoyados con el fervor de algunas potencias extranjeras, trataban, ya que no de evitar, de retardar el triunfo definitivo de lo castizo y nacional, a fin de debilitar y desangrar a España. Porque siempre fue el odio compañero de la grandeza y de los grandes imperios. Su pensamiento, sintetizado en los 26 puntos de Falange Española Tradicionalista, es guía y norma del nuevo Estado.

Y para dechado de los presentes y ejemplo y recuerdo de los venideros, se ordenó que su nombre fuera grabado con letras romanas en los muros de todas las parroquias de la nación, presidiendo los nombres de cuantos, en la segunda guerra de reconquista, dieron heroicamente la vida por Dios y por España.

Merced a la semilla que él, junto con otros ínclitos varones, sembró, y merced al esfuerzo del Caudillo, se renovó el nombre ilustre de los españoles, renació el valor militar, la fama del tiempo pasado y la esperanza del venidero. Y el Imperio que hacía más de doscientos años estaba abatido, resurgió pujante, lleno de vigor y lozanía, prometiendo a la Patria nuevos días de gloria.

(Diario Regional, Valladolid, 20 de noviembre de 1938.)

  

De “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 129 y 130.