LA
IMAGEN QUE SE AGIGANTA
José
María Salaverría
Si
sus enemigos, al matarle, pretendieron hacerlo desaparecer y liberarse de un
rival poderoso, la equivocación fue ruinosa, porque José Antonio Primo de
Rivera está hoy más vivo que nunca, y precisamente en el mundo de las almas.
Su presencia ilumina y llena la región de los espíritus; se le siente moverse
entre los españoles, presidir su afán, enardecer sus pechos, y aumentando cada
día en su torno la muchedumbre numerosa de sus fieles, en realidad está
ganando las mayores batallas, y las más eficaces.
Pocas
veces una figura de hombre se ha agigantado de semejante forma a través del
recuerdo y del ideal. Nunca un muerto ha adquirido tal relieve de palpitante
realidad, hasta el punto de que su presencia actúa en España mucho más
positivamente, diríamos que corporalmente, que se su persona física alentase.
Es fácil contemplarlo por ahí, con su camisa azul, con su rostro juvenil y
simpático, de una expresión grave, inteligente y noble. Es su retrato nada más.
Un retrato que se prodiga por todas partes, en los escaparates de las tiendas,
en las librerías, en los carteles de propaganda, y de este modo su efigie, como
una derogación de su persona, puede asegurarse que preside continuamente los
trabajos, las decisiones y los sentimientos de sus compatriotas. En cuanto a su
espíritu, éste no se ha ausentado ni por un instante; ése está bien presente
y vive con verdadera realidad en las almas y en los corazones de sus adeptos.
Yo
le conocí personalmente en una circunstancia bien curiosa. Eran los tiempos
malos de la República, cuando José Antonio, en los tormentosos preliminares de
la organización de la Falange, tenía que andar poco menos que a tiros por esas
calles de Dios. Empezaba a ser una personalidad famosas y yo le pedí en una
carta que me concediera el favor de una interviú para una revista de Buenos
Aires. Pero con gran asombro mío y rompiendo con las costumbres usuales, en
lugar de llamarme a su casa, se presentó él mismo en la mía, prestándose a
facilitarme el artículo en una conversación libre, animada, sencillamente
amistosa. Aquel movimiento suyo de modestia y gentil deferencia me conmovió
profundamente.
Entonces
comprendí hasta qué punto el joven luchador se hallaba armado con las mejores
excelencias: cultura, facilidad de palabra, maneras distinguidas, cordialidad y
discreción. Pero es que además trascendía de su persona un don de simpatía,
una virtud de atracción que era acaso la fuerza principal con que contaba para
atraerse las muchedumbres. La primera vez que se presentó en el Parlamento,
cuando las intemperancias y brutalidades de la República hacían peligroso el
ambiente en las Cortes, todos le vieron aparecer con respeto y curiosidad, y los
más impetuosos izquierdistas, los más desvergonzados y canallescos
“jabalíes” escucharon en silencio su discurso. Había conquistado la
beligerancia de sus enemigos sin emplear ninguna deliberada astucia; nada más
que con su talento y su franca juventud y con su cautivadora simpatía.
Este
es el don que los políticos estiman particularmente, y que hacen grandes sus
esfuerzos por poseerlo. Pero lo poseen de precario y con los recursos de la
simulación. Sobre todo en la última época del régimen parlamentario,
nuestros políticos fingían una virtud simpática que al fin no engañaba a
nadie; era un modo de simpatía que se limitaba a repartir distinciones, empleos
y sobres cerrados de los cómplices y compinches.
De
esta farsa estaba ausente, desde luego, José Antonio. El político que finge
simpatía suele ser un escéptico, y por eso se le descubre enseguida la
frialdad de la falsedad; y lo contrario ocurría en José Antonio; le saltaba
tan espontáneamente al rostro la nobleza y el calor del alma, que la simulación
del fingimiento hubieran parecido en él absurdos. Aquel rostro que, por
demasiado juvenil, casi semejaba aniñado; y al mismo tiempo, sin embargo, lo
cubría con una expresión varonil nacida de una grave responsabilidad. El
recuerdo de su padre imponía gravedad a su vida, y acaso también la adivinación
como religiosa de sacrificio trágico que su destino le marcaba.
Era
de un linaje de señores. Su padre tenía gran señorío y, por consecuencia, el
temperamento y el don natural del hombre de marido. Esta cualidad se decantaba o
refinaba en José Antonio por su mayor cultura literaria, y también por un
punto de mayor humanidad, fruto de su precoz entrada en los contrastes y
experiencias de la vida. Armado así tan excelentemente, se presentaba en el
turbulento escenario español con una esperanza feliz y como una promesa cierta
de un gran conductor y disciplinador de muchedumbres. Prometía sobre todo
convertirse en el estadista y el hombre de gobierno y a un mismo tiempo
idealista y realista, cuando las pruebas y las responsabilidades del poder le
hubieran facilitado la especial sabiduría del político y el gobernante en
función de práctica actividad. Pero unas estúpidas balas cortaron en flor
aquella promesa de una gloriosa madurez... Las balas aquéllas, sin embargo, no
consiguieron herir su espíritu, ni borrar su memoria, ni impedir que su
personalidad y su vida se agranden cada día ante nosotros con la aleccionadora
dimensión de un magnífico ejemplo.
(A
B C, 20 de noviembre de 1938.)
De
“DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 127 a 129.