JOSÉ
ANTONIO Y SU VISIÓN DE ESPAÑA
Por
M. Santaella Pérez
Todos
los pueblos de la Patria libre se disponen a conmemorar, con honda y sentida
emoción, el segundo aniversario de uno de los más viles y equivocados crímenes
que cometió el marxismo.
Hoy,
20 de noviembre, hace dos años que José Antonio Primo de Rivera -alma de poeta
y espíritu de héroe-rubricó con su sangre privilegiada, sobre las frías
losas del patio de la cárcel de Alicante, la cruzada de salvación emprendida
por España, para sacudirse el yugo de los malandrines, para recobrar el sentido
misionero, universal y fecundo que Dios le deparó y para borrar de su historia
tres siglos de decadencia, de vergüenza liberal que, como ha dicho bien Eugenio
Montes, con frase gráfica, "venían echando tierra sobre nuestros ojos y
desierto sobre nuestros paisajes".
Si
Calvo Sotelo fue el Protomártir del Movimiento y su muerte sirvió para que
nuestros fusiles se aprestaran a salvar una historia, por la senda dura y
doliente del heroísmo, José Antonio fue, indudablemente, el precursor y aún
el autor indirecto de esa misma cruzada. José Antonio dio a nuestra guerra, por
anticipado, himno y consigna. Y al Estado Nuevo las bases programáticas que la
espada victoriosa del Caudillo hace ahora realidad fecunda sobre la economía y
la geografía del país liberado. José Antonio fue, acaso, el único político
de España que se negó a pactar con el enemigo. Él sabía bien que los pactos
eran inútiles y que España no podía salvarse ya con soluciones tibias de tipo
más o menos conservador y utilitario. Él sabía bien qué España no podía
redimirse con mayorías parlamentarias ni con votaciones nominales, porque el
dilema de España era mas hondo y más grave, porque se trataba no ya de su
felicidad o de su infortunio, de su prosperidad o de su ruina económica, sino
de su misma existencia, como entidad nacional y civilizada. Esto era lo que no
veían quienes, con torpe mirada miope, decían que nuestro problema era un
problema de orden público y que todo consistía en aumentar el número de
guardias en unos centenares más.
Tan
lejos de las izquierdas como de las derechas, sabiendo bien lo que en unas había
de rencor y en otras de egoísmo, José Antonio tuvo, desde el primer momento
una visión entera y exacta de España. El quería que la vida pública española
no se actuara en nombre de los partidos ni de las sectas, que no se hablara en
nombre de la política o de la prudencia; que se hablara y se hiciera en nombre
exclusivo de España. " No queremos más voces de miedo. Queremos la voz de
mando que nos vuelva a lanzar, resueltamente, por el camino de nuestros destinos
universales. "
José
Antonio fue el primer político y el primer psicólogo de España. Él era el único
que se atrevía a sostener esa gran verdad de que a los pueblos les han movido
siempre los poetas. Porque decir que a los pueblos les mueve la poesía es decir
que sólo se crea un clima propicio a todos los sacrificios de todas las
heroicidades y exhumando del acervo histórico nacional lo que tiene un sentido
espiritual, lo que no lleva en sí bagaje material alguno, lo que es ideal puro:
la Patria, la Fe, al Honor, la Caballerosidad. Valores todos ellos del espíritu
que rigen unas leyes morales, rígidas e inapelables, sin las que los pueblos
mejor organizados no puede subsistir.
Pero
José Antonio fue también uno de los mejores capitanes de España. Porque no se
limitó a propagar una idea con el brillo de su palabra y el caudal de su
elocuencia, sino que la empezó a realizar, tomando sobre si el caudillaje de
una juventud que se oponía, en aras de la fe, a la conversación banal del
Parlamento y a las palabras envenenadas de los dirigentes obreros, el diálogo
original y heroico de las pistolas. El primero en el combate, el primero en la
lucha callejera, el primero en el sacrificio. Cuando se ponían en duda los
principios de la Hispanidad cuando en nuestro suelo se extranjerizante a todo
-o, hablando más concretamente, todo se afrancesaba- José Antonio lanzó al
aire trágico de la Patria el grito vertical de ¡Arriba España! que había de
ser luego la oración última de tantos héroes. Cuando nos invadía el
pesimismo, y nos consumía el tedio, y pensábamos, con pavor, en el porvenir
incierto, él presentía ya el amanecer en la alegría de sus entrañas.
José
Antonio pudo ser –Foxá lo ha dicho- el
Príncipe heredero de la dictadura. Pudo dejarse arrastrar por la pendiente fácil
y grata del halago. Pudo hacer un matrimonio y una gran carrera política, que
era, según los conservadores españoles, la mejor meta para un hombre "
con aptitudes ". Aquello hubiera sido lo fácil, lo cómodo, lo agradable.
José Antonio prefirió lo difícil. Prefirió la lucha, la persecución, la cárcel.
Prefirió, en fin, la muerte por España. Porque él sabía que al cerrarse sus
ojos sobre la tierra, se abrían los ojos España en luz de Imperio.
Faltaba
a los españoles, para juzgar de la grandeza de alma de José Antonio, conocer
este testamento excepcional que ya se ha hecho público. El testamento de José
Antonio es, material y espiritualmente, una obra perfecta. Materialmente, por su
técnica irreprochable, por su firme basamento jurídico que abarca todos los
requisitos exigidos en Derecho -nombramiento de Contador-Partidor, regulación
de la facultad de acrecer de sus hermanos, caso de premorirle alguno- y
demuestra hasta qué punto conocía su carrera de abogado, oficio por el que
declara su veneración. Espiritualmente, porque José Antonio, poseído de la
idea redentora, atiende, antes que a formular una censura contra los jueces que
prevaricaron, condenándole injustamente, a explicar, por vez postrera, el
sentido de la Falange, su afán de justicia, el móvil que le impulsó a crearla
y la seguridad de que era la misma clase, en cuyo nombre se le condenaba a
morir; la que más habría de beneficiarse con la obra nacionalsindicalista.
José
Antonio, como todas las almas grandes, no temía la muerte. Le quedaba, además,
el consuelo de que su doctrina tenía ya apóstoles y la certeza de que el
Caudillo sabría realizarla para llevar a España hasta la cumbre de la
grandeza, de libertad y de unidad que él soñaba.
Las
generaciones futuras se asombrarán cuando conozcan, a través de la historia,
que José Antonio se levantó, en nombre de una legalidad que pugna con las
esencias básicas de España, por defender honestamente, con su verbo y con su
acción, la suprema personalidad española.
Pero
había de ser así. Los profetas no han pisado jamás la tierra de promisión.
José Antonio, profeta y mártir de España, no había de ver cómo ondeaban al
viento de la victoria nuestras banderas.
Pero
España alzada íntegramente hasta la cumbre de sus destinos, porque él creó
la minoría indispensable para hacer el milagro, porque sembró la semilla
fecunda de la rebeldía. Y porque él nos dio confianza en las armas y fe en
Dios -cuando el enemigo quería hacer ateos y antimilitaristas, con artera
intención-, diciéndonos que la salvación estaba en Milicia y en la Iglesia,
porque lo religioso y lo militar son los únicos dos modos, enteros y serios, de
entender la vida...
(Ideal,,
Granada. 20 de noviembre de 1938.)
De
“DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 122 a 124.