PRIMO DE RIVERA EN EL ESCAÑO PARLAMENTARIO

 

Francisco Casares

No creía José Antonio Primo de Rivera en la institución parlamentaria. En la concepción de la falange no cabían ni la idea de sufragio ni la de la inútil polémica. Era, en su interpretación y en su anhelo, el parlamento, la quinta esencia del régimen liberal que los nuevos conceptos, por Él estimulados, negaban. Y sin embargo, fue Parlamentario. Y actuó con tenaz asiduidad en el Congreso. ¿Por qué? La explicación, sencilla y clara, la dio el mismo Primo de Rivera muchas veces. Para el creador de innovaciones políticas, para el que formula una doctrina y toma sobre sí el quehacer de llevarla a la práctica, los instrumentos de la que ha de desaparecer, son aprovechables. Para el jefe de la Falange el Parlamento no podía nunca ser un fin. Pero era, sin duda, un eficaz medio.

Había que dar la batalla a las viejas ideas. Era preciso enfrentarse, para demolerlas, con las antiguas doctrinas. Y, para ello, el mejor procedimiento era el de tipo directo: el de acudir al terreno en que el adversario se emplazaba y plantear allí la batalla que, por el momento, sólo podía liberarse con las armas de la dialéctica. No había contradicción entre el pensamiento y la actitud. Para batir al enemigo, cuando éste se hace fuerte en sus propios baluartes, no hay otro arbitrio que el de exaltarlos. Y fue en el Parlamento mismo, en el teatro de la farsa democrática, donde se lanzó, fina y sutil en la forma, vigorosa y certera en el contenido la palabra impresionante de aquel hombre singular que se señaló la misión de enderezar los mejores ataques polémicos contra todo un sistema tristemente enquistado en el espíritu y en la vida de España.

Fue, además, Primo de Rivera un buen parlamentario. Ello no es, ciertamente, nada extraordinario. Su claro talento, su perspicacia, la rapidez de comprensión el prestigio de una expresión elegante y rica en el concepto, la autoridad moral desprendida de una ambición plenamente nacional, el refrendo de sangre de sus amigos y de sus camaradas en la lucha simultánea de la calle, el acelerado ascenso a las zonas de la popularidad, la identificación con los mejores anhelos de una juventud, le daban una excepcional dotación de facultades y elementos para imponerse sobre el conjunto gregario y de escaso nivel de aquella Cámara, que simbolizaba los más acusados descensos morales del país. Hasta sus enemigos tenían que inclinarse frente al fenómeno infrecuente de una voz sazonada de razón española, y empleada como vehículo de la más noble pasión. Cuando José Antonio pedía la palabra, recorría el hemiciclo ese rumor sordo como casi incoercible, pero perfectamente típico, que precede a los momentos emocionales. Cuando se ponía en pie, ante su escaño, para decir sus definiciones y construir sus réplicas, se producía el característico y silencio con que las asambleas evidencian un interés y una curiosidad. Los escaños se poblaban. A las puertas y a los espacios cercanos a la mesa presidencial, acudían en tropel los diputados de las más diversas tendencias. En las tribunas se acallaban las charlas distraídas que acusaron indiferencia o desgana. En los pupitres de los redactores de prensa se advertía la atención y la vigilancia de lo que podía elevar en dignificación -aunque el hecho inspirara notorias mortificaciones- del debate vulgar, o la discusión emplebeyecida.

José Antonio hablaba en nombre de un sentimiento español. Llevaba allí el pensamiento de esas mismas multitudes que luego han sido cimiento y base de la más fecunda reacción popular. Sin minorías compactas que le respaldaran; sin votos copiosos que sirvieran, en el trámite práctico, su idea o a su actitud; aislado en la incomodidad de un ambiente matizado por sensibles hostilidades; con la gallardía de su razón impecable, no silenció una estimación, ni ahorró un peligro. Y la misma heterogénea agrupación de sectarios, de advenedizos, de egoístas, tuvo muchas veces que dejar paso a la impresión invencible que producía la voz joven y certera de quien, fuera de los arbitrios clandestinos y de las subterráneas preparaciones, no llevaba al recinto parlamentario otro designio que el de clavar en la conciencia de España,  por medio del altavoz inexcusable, las convicciones de la compostura próxima, la sensación aliviadora del remedio cercano, y la respuesta precisa al desenfado de los detentadores.

Fue un orador parlamentario de singulares condiciones. No se dejó ganar por el ambiente. Ni se entregó a las normas habituales. Ni quiso compartir los modos de una escuela en vejez esterilizadora. Habló con su propio estilo, que fue acaso uno de los factores decisivos de la sorpresa, primero; del respeto, después, y de la admiración inevitable, por último, en vencimiento de propósitos y prevenciones. Su palabra fue, como en el discurso ante los auditorios cuantiosos, elegante, recortada, persuasiva. Nunca el recurso oratorio vulgar, ni la frase procaz, ni la teatral exaltación. El recogimiento, más espontáneo que amable, de la Cámara, facilitaba un tono quedo, sin descomposturas. La vivacidad constructiva daba acceso, en el momento oportuno, a la réplica aguda, frente a la interrupción de intenciones malévolas. En cada discurso -generalmente breves estas intervenciones parlamentarias del fundador de la Falange- un pensamiento capital, una fijación certera de criterio y una pieza de perfecta continuidad en el engranaje progresivo de una línea política. Los enemigos de José Antonio -y no lo eran, en el área del Parlamento y de la política, sólo los de la avanzada extremista- tenían que rendirse. Y la confidencia, que no tenía la gallardía de la pública exposición, se  esmaltaba frecuentemente con el elogio para quien, fuera del ambiente de sus predilecciones y adentrado en las parcelas de su mayor hostilidad, buscaba al enemigo en su propio campo y aprovechaba el vehículo posible para comunicarse en frecuencia, que de otro modo se le presentaba en interdicción gubernativa con España y con sus juventudes.

No creía en el Parlamento. Lo utilizó como recurso. Pero en él, en todos los acotamientos de la vida nacional que pudieran ser útiles a su afán -quebrado en sangre hoy hace dos años- supo alcanzar las cotas de mayor elevación. Aquéllas cuya altura miden mejor que ninguna otra unidad de dimensión, el odio implacable, el natural recelo, y la explicable aversión que despertara en los medios mefíticos quien representaba nada menos que el impulso que supo iluminar los horizontes históricos de España.

 (Diario Vasco, 22 de noviembre de 1938)

 

De “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 120 a 122.