JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA, ABOGADO

 

Antonio Goicoechea

 I

 Lo fue y de cuerpo entero. No se atribuía tal afirmación a la intención de aventurar un póstumo elogio, sino más bien al deseo de reconocer la evidencia de un hecho, expresivo para muchos de defecto grave. Los abogados, como tales, no han solido tener un conjunto de plumas devotas o simplemente propicias, dispuesto, a convertir los fracasos en éxitos, a cantar las hazañas, apenas realizadas, o presumirlas antes de que se realicen.

Los literatos no han solido, en efecto, mirar con simpatía a los que ejercen el magisterio del foro, al que Cormenín no quería llamar ni siquiera profesión. No es caso aislado el de la sátira despiadada contenidas en Les Plaideurs de Racine: se trata de un viejo rencor, gracias al cual, los abogados aparecen en la vida novelesca situados siempre en las vecindades del patio de Monipodio y después de la muerte en aquel octavo círculo del infierno que Dante reservaba para los embaucadores, los falsarios, los charlatanes y cuantos de la justicia hicieron ilícito comercio.

En España, después de 1898, fue moda compartir el laborismo. El escritor quizá más original de aquella época, Ángel Ganivet, habla de las demás profesiones con respecto; de la de abogado, con ira. Cuando los enumera, hace siempre preceder la cita, de un " hasta ", despreciativo... " Hasta los abogados "...

Henri Robert, una gran figura del foro francés, hace un año desaparecida, al tratar de penetrar las causas de tal malevolencia, las hallaba, en la igualdad de asuntos y la desigualdad de móviles que obligan a literatos y hombres de ley a ocuparse de las mismas cosas y a tratarlas de manera diversa. En un conflicto pasional o en un problema psicológico íntimo de los que suelen salir a la luz en las novelas o ser objeto de confidencia en voz baja en los despachos de los legistas, el literato y el abogado no pueden estimar y considerar de igual manera idénticos asuntos. Sería para ello necesario que la finalidad perseguida no fuera opuesta: en el uno, crear belleza; y en el otro, servir el interés de un cliente. La literatura es una gran fuerza de impulsión; una gran fuerza conservadora, espíritu jurídico. Como una novela, en una oración forense, ofrécense a los lectores o a los oyentes, trozos o episodios palpitantes de la compleja y heterogénea vida humana: así la enemistad y el recelo han nacido de una inevitable competencia. El prevalimiento de la toga, necesario y saludable, no depende, en definitiva, más que de la toga  misma. Los hombres de ley que se sienten valerosos y dignos, se envuelven en su vestidura profesional como en un manto real; los acometidos de malas pasiones o de invencible cobardía, la llevan, en cambio, sobre los hombros como una librea de lacayo.

 II

José Antonio, muerto alevosamente en plena y espléndida juventud, cuando aún no había podido corresponder a las esperanzas en él depositadas, y rendir a la Patria el fruto revelador de la potencialidad suprema de su esclarecida inteligencia, se esforzó y se complació en hacer de su profesión, más que un modo de vida, un ideal, una especial complexión espiritual; una compañera eterna para los buenos como para los malos días; un vehículo elegido para exteriorizar y mostrar al mundo lo mejor de su espíritu.

Su testamento es, a tal respecto, de una ejemplar y confortadora enseñanzas. No hace en las vísperas de su muerte, referencia a su profesión para renegar de ella ni siquiera lamentarse de haberla abrazado. Sino para reverenciarla con delicado y casi filial homenaje. " Me defendí -dicen aludiendo a su proceso- con los mejores recursos de mi oficio de abogado, tan profundamente querido y cultivado con tanta asiduidad. "

Sólo una mirada superficial podrá descubrir contradicción entre la postura gentil, romántica, acometedora y gallarda de un jefe revolucionario y la ecuanimidad y el reposo característicos y tradicionales en el hacer jurídico.

No descubriría tal contradicción un conocedor despierto del corazón humano y de la especial contextura mental que engendra la práctica diaria del derecho. El abogado que, como José Antonio, anhela y sabe de verdad serlo, no suele convertirse, en lo íntimo de su alma, en esclavo de la ley escrita, sino, por el contrario, en rebeldía contra el excesivo localismo, reputado por él como cinturón opresor que le ahoga y le priva de libertad de acción y de desembarazo en los movimientos. En el ánimo del varadero jurisconsulto, lo que se forma y a diario se robustece, no es un criterio de sumisión ciega a lo escrito, sino un ideal de justicia absoluta que sobreviva a las variaciones de las leyes y a la natural inestabilidad de las reglas más sólidas y seguras. Nadie mejor que los perfectos conocedores de lo que es, experimentan la necesidad de su reemplazo y sabe enseñar, con lo que debe ser, cuyo sabor de mieles paladean a diario.

Abogado por vocación, por temperamento, por necesidades de su complexión mental José Antonio, no fue en sus escritos y discursos, " abogadista ", si por abogadismo se entiende la incontinencia superficial e inflada de la palabra, convertida en torrente de espuma.

Tampoco podría en justicia reputársele, juzgando de él por sus informes y por sus discursos parlamentarios, como un orador romántico, dentro de la clasificación literaria, un tanto convencional que define el romanticismo como una rebelión de la inspiración contra las reglas; de lo espontáneo contra lo artificial; del colorido natural contra los afeites; el espíritu contra las formas.

José Antonio procuraba y logró ser, como orador, no un romántico, sino un clásico. Sus fórmulas políticas, las definiciones sintéticas, generalmente afortunadas, en que consiguió encerrar "el substrátum" de sus pensamientos, responden fielmente al deseo de obtener, con una depuración constante de la forma, la sobria y concisa gravedad del estilo forense.

Enamorado de la elegancia en el decir, fue en sus escritos y discursos un consumado horaciano. Don Juan Valera, en el notable prólogo con que enriqueció el admirable estudio de Menéndez y Pelayo sobre los imitadores españoles de Horacio, dirigía al lírico latino una censura no exenta de justicia y de verdad. Sin regatear sus elogios al arte, primor y severa concisión de la manera horaciana, hallaba, sin embargo, que, sobre todo, debían resplandecer en la obra literaria (y aún más en la oratoria, singularmente en la política) la pasión y el entusiasmo, y que en Horacio faltaban los más limpios y fecundos manantiales de ese fuego. Horaciano, sin duda, José Antonio, en su manera de expresar y de concebir lo expresado, no debe alcanzarle en estricta justicia el reparo que a los escritores y oradores de su escuela dirigía Juan Valera.

Exquisito en la dicción José Antonio fue, como orador forense y como orador parlamentario, consumado y selecto artista. Gracias a serlo consiguió verter sus ideas en estilo claro, definido y seguro, sin decisiones y sin brumas, y eludir la general característica del pensamiento contemporáneo, a menudo enamorado del ensayismo en las formas, por estarlo también del pragmatismo en los conceptos.

Jamás prostituyó su forma de expresión con una concesión siquiera a la novedad del estilo, a la extravagancia de pensar o la grosería del ambiente. Jamás fue su lenguaje balbuceo revelador de la indecisión o del embarazo para escoger entre ideas opuestas. Supo revestir su palabra de la elegancia natural que consiste en la propiedad del verbo, en la precisión y justeza del adjetivo y en el empleo de un léxico de alcurnia, adaptado en sus matices y tonos a la especialidad de cada asunto.

Y su sistemática manera de vestir con austeridad castellana su pensamiento; su deliberada renuncia, en la arquitectura oratoria, y a todo atrevimiento incompatible con la rectitud de las líneas y la sencilla curvada de medio punto en los arcos, no estaban para advertir en su espíritu un lado romántico y una fuente de pasión a menudo torrencial y desbordada. La fuente no es otra que el patriotismo, un patriotismo pretérito y tradicionalista, un culto pleno de admirativa devoción a los " Caballeros de la Cruz " que en España nacieron y lucharon: un rescoldo de sincera sentimentalidad, medido con estrecha y escrupulosa conciencia, sin desenfreno fanático ni ciegas y desbordadas hipérboles.

El horaciano llegaba entonces a ser, frente al magno asunto de la Patria, altísimo poeta, con sentimiento hondo, no entregado a sí mismo y a los vaivenes desordenados de la expiración, sino depurado y sometido a la selección, a medida y a regla...

(Diario Vasco, 22 de noviembre de 1938.)

 

De  “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 117 a 119.