JOSÉ
ANTONIO O EL REALISMO ESPAÑOL
José
María de Areilza
No
es seguramente el mejor sistema para obtener de las figuras señeras de la
historia enseñanzas de ejemplaridad, convertirlas en ídolos, mitos o dioses.
Gana con ello acaso la belleza legendaria de los grandes hombres que fueron en
los siglos del paganismo y se enriqueció la mitología con un nuevo miembro.
Pero las lecciones de singular trascendencia que puedan derivarse de la vida
excepcional de los españoles insignes que fueron se hallarán en riesgo de ser
ineficaces o por la distancia a que su exaltación colocaba la normalidad media
de la vida cotidiana o porque de su interpretación, hecha acaso de un modo
caprichoso, puedan deducirse consecuencias adulteradas. Ocurre con esto como con
las páginas del santoral cristiano. Un relato demasiado sublime de la figura
del Santo es, a veces, por suprahumano, ineficaz del todo y arroja sobre el
lector el volumen de la desproporción inalcanzable y con ello desanima a la
virtuosa imitación.
Decimos
esto en la propia fecha en que toda España, la nacional y, a través de los
resquicios que el terror rojo deje libres, la otra se viste de luto para
conmemorar el aniversario del fusilamiento de José Antonio en la cárcel de
Alicante. Cuando las más altas jerarquías del Estado Nacional, del Movimiento
y del Ejército le rinden el público y justísimo homenaje debido a su memoria.
Cuando en el cuartel y en la fábrica, en el taller y en la escuela la silueta
del fundador de la Falange Española sirve de tema central a la meditación de
todos los españoles. Y lo decimos porque si acaso se quisiera atinar con la más
característica de las virtudes del que fue guía y capitán de la juventud española,
habíamos de señalar como fundamental la de su profundo sentido humano, la de
su íntima conciencia de español civilizado, como recientemente dijo de él un
gran periodista. Porque José Antonio fue, ante todo y sobre todo, eso:
"nada menos que todo un hombre", para utilizar la frase de don Miguel
de Unamuno. Y un hombre español normal, clásico y moderno al mismo tiempo. La
mejor exaltación que de su memoria pueda hacerse será esta: la de alabar su
innato sentido de la medida. José Antonio tenía sobre todas las cosas el amor
a la norma, al equilibrio. Su cerebro y su palabra era la justa fórmula de la
ponderación. Lo cual no quiere decir, ni mucho menos, que no hirviera su alma
en pasiones altas y nobles, a las que se daba en servicio generoso. Tenía, además,
la irresistible fuerza de la exaltación fría y racional. Era, en suma,
"un hombre que dentro de sí mismo había superado, en un soberano
sometimiento espiritual, la inclinación al arrebato intransigente o al
desequilibrio pasional, que tan frecuentemente son con la envidiosa
maledicencia, los vicios característicos del español.
A
una figura así, enemiga de todo romanticismo, sereno, decorosa, elegante en la
más noble acepción de la palabra, no se la puede servir después de muerta
sino en actitud imitativa ante la propia historia, ante el pasado, ante el
porvenir de España. Convertir en lo futuro el culto a su memoria en una Orden
semireligiosa, consagrada exclusivamente a evocar episodios de su vida política,
es caer precisamente en el pecado romántico, en la morbosa delectación, que
agosta las mejores energías, y que él tanto combatía. "No interesa
tanto, mirando al pasado, lo que hicieron nuestros reyes o nuestras grandes
figuras históricas en esta o aquella coyuntura, lo que importa es adivinar lo
que hubieran hecho de ésta o la otra circunstancia contemporánea"- dijo
él mismo a los que se quedaban vueltos de espaldas, como la estatua de Lot,
mirando con nostalgia al pasado. Adivinar también cómo habría él de razonar
si viese, ante cada problema que la guerra actual y la revolución nacional
futura nos presenta, ha de ser la primera obligación y consigna de este
homenaje perenne a su memoria.
Porque
José Antonio era también y sobre todo, hombre moderno, hombre de su tiempo.
"Amamos a España porque no nos gusta", repetía constantemente en
oposición al patriotismo lírico y chabacano, que se olvidaba de los problemas
reales de nuestra Patria. "Porque no nos gusta." El mismo grito de
Larra, hace un siglo, y de Jovellanos, unos años antes, y de Cadalso, y de
Saavedra Fajardo, y aún de Quevedo. José Antonio sentía la conciencia de España
proyectada ante el universo, pero conocía tan bien, con su aguda clarividencia,
la magnitud de nuestras propias limitaciones. Singularmente, la realidad
dolorosa de nuestra independencia como pueblo, de nuestra despoblación como país,
para defender nuestra libertad en el mundo. Por eso su patriotismo era un
concepto total por encima de banderillas, partidos o grupos, superior a
intereses de clase, comarca o región. Por eso también, como hombre moderno que
era, se percataba de los problemas vivos, auténticos, del país, y su
contemplación a la fría luz de los hechos nacía su gesto disconforme, como ya
en la historia se había asomado a la pluma de otros españoles insignes. José
Antonio comprendía perfectamente que para que España realizara su unidad de
destino en lo universal había que capacitarla con la técnica moderna, había
que elevar el nivel de la población, singularmente de la campesina, había, en
una palabra, que modernizar el país, ya que no en su espíritu, que era
heredero de la mejor posición espiritualista ante los problemas del mundo, si
en los medios instrumentales para defender y afirmar su personalidad en el
concierto de las naciones. Profunda enseñanza de realismo político. En esto se
situaba en la gran trayectoria del pensamiento, de la cultura y de la tradición
española. Que realista fue nuestro arte desde los bisontes de la Cueva de
Altamira hasta los retratos sarcásticos de Goya pasando por las momias que
pintaba Valdés Leal. Realista nuestra literatura desde las estrofas de Mío
Cid, que huelen a campo y a paisaje, hasta los bocetos en relieve del Quijote.
Realista nuestra filosofía, desde Vives y Vitoria hasta las angustias de la
resurrección de la carne, de Miguel de Unamuno. Y realista, en fin, nuestra mística,
desde Santa Teresa, con su minuciosidad casera, hasta Iñigo de Loyola, psicólogo
implacable y conocedor profundo del corazón humano. También de Fernando el Católico
hasta José Antonio hay esta continuidad de pensamiento político, la de
invertir los términos vulgares y en vez de soñar la España imposible, pensar,
apasionadamente, en la realidad de la España posible.
José
Antonio fue asimismo creador de lo que se ha llamado, acaso con excesiva
insistencia, un estilo. Pero, ¿qué es un estilo? Nosotros creemos que es,
sobre todo, manera de ser, idiosincrasia propia. José Antonio, poseedor de un
excelente gusto literario, fue el indiscutible creador de una porción de fórmulas
nuevas, que eran como las futuras máximas del nuevo patriotismo. Éste fue,
acaso, el más considerable de sus aciertos: el estilo nuevo. Goethe, en uno de
sus diálogos con Eckermann, se preguntó: "¿Qué es lo nuevo?" Y se
contestaba, acto seguido, diciendo: "Lo nuevo no es sino mirar desde un
punto de vista distinto las cosas eternas." Así, José Antonio, con su
estilo propio, al afirmar su propia fe en los destinos de España y en el
quehacer común de los españoles al hablar de cosas eternas de nuestra vieja y
gloriosa Patria, exhumadas de nuevo en un lenguaje en que la justeza y el dolor
de muchas nobles ambiciones nacionales malogradas ponían sus matices.
Aprendamos, pues, hoy, de su modo de ser, la lección de sobriedad literarias
que nos ofrece. Seamos parcos y no tratemos de envolver en retórica o en mala
literatura la falta de resolución o el desconocimiento al acometer los
problemas de España.
La
providencia nos reserva a veces singulares destinos en nuestra historia. A José
Antonio Primo de Rivera lo eligió para fundador y guía, pero también para
morir en los umbrales de la Patria renaciente que él profetizara. Nada parecía
augurar en él la terrible condición de predestinado al sacrificio. Recuerdo
haber oído de sus labios, cierto día, la declaración espontánea e íntima de
que veía con absoluta nitidez y perfecta seguridad las grandes líneas del
futuro Estado español y el desarrollo de los principios que formaban su
programa de revolución nacional. "No veo, en cambio, con tanta claridad el
camino para la conquista del Estado", afirmada. Su pensamiento, ya en sazón,
se concentraba en la articulación de unos quehaceres urgentes y llenos de
plenitud nacional para España. El camino para llegar a la meta no le seducía
tanto como tema de meditación, como todo hombre que está seguro de poseer la
fuerte convicción de su propio triunfo.
Una
guerra de magnitud colosal, vinculada al panorama internacional europeo, nos ha
sido necesaria para la redención definitiva de España. En cambio, le exigió
el destino el sacrificio máximo de su existencia, dejando a la juventud española
la estela de su heroísmo para añadir a las virtudes ejemplares de su vida.
Pero
él, realista en política, nos hubiera dicho, señalando a Franco, Generalísimo
y Caudillo: "Ahí tenéis a vuestro capitán que alcanzará con la victoria
por las armas días de bienestar y de justicia para nuestra España."
(El
Correo Español. El pueblo vasco, 19 de noviembre de 1938)
De
“DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 112 a 115.