TEORÍA
Y PERFIL DE JOSÉ ANTONIO
En torno a la luminosa figura José Antonio se despliegan en ardientes guerrillas amor y leyenda. Mujeres, niños, guerreros, monjes y poetas alzan los brazos unánimes al oír en los aires ese nombre glorioso y querido que con prieta ligadura de hermandad enlaza las almas de toda una generación en línea de combate.
Difícil
es establecer teoría y perfil de José Antonio en coyuntura de emoción tan
suprema más propicia para largos silencios que para los discursos. Pero quisiéramos
decir, al menos en recuerdo suyo, dos, tres palabras, que adivinen y sorprendan
algún matiz de su alma tan ricamente matizada.
*
* *
En
un artículo reciente, habíamos calificado a José Antonio de "político
poético" y pretendemos explicar lo que tal denominación significaba. Hoy
añadimos que José Antonio ha sido, también, un "político profético".
La profecía es una historia al revés como dijo alguien. Es, en realidad,
producto de profundo estudio del presente y de las posibilidades de futuro sobre
cuyo tronco se injerta el delicado esqueje de los sueños. Adivina siempre el
que ama más. Porque, hasta cuando se equivoca, es el amor quien reconstruye la
realidad, la persigue, la rodea y la fuerza a ceñirse al rigor de los sueños.
José Antonio soñó mucho y amó más y, por eso, pudo profetizar, con voz
hermosa y contenida, todo cuanto después fue cumpliéndose con precisión matemática.
Las gentes obtusas que merodeaban por España convinieron en no hacerle caso y
bloquearlo de sorda hostilidad. Pero aquella voz gigantesca que se debatía
arrebatada de amor clamando en desierto, fecundó la gran matriz del futuro que
sólo a los sueños y al amor es propicia.
*
* *
A
José Antonio debemos nuestra rotunda voluntad de imperio. Nos arrancó de cuajo
todo conato de veleidad "nacionalista" y nos donó lección de orden
eternos con su concepto definidor de la Patria como "unidad de destino lo
universal". José Antonio, cuya alma atesoraba tan ricos yacimientos de
pura catolicidad, no concebía la Patria como egoísmo y ambición, sino como
generosidad y afán amoroso. El amor es, en último extremo, un deseo de unidad,
de fundir alma y cuerpo con el alma y cuerpo de la persona amada. España, según
el concepto de José Antonio, debe derramarse por el mundo para saciar su hambre
y su sed de amor. Moli foras ire in interiori, Hispania habitat veritas, dijo
Ganivet parodiando a San Agustín. Pero José Antonio rectificó de plano tal
sentencia. Si verdaderamente España habita la verdad es cuando debemos salir
fuera a llevar la Verdad en misión inagotable por esos mundos de Dios.
*
* *
En medio de la natural reacción
antiliberal que comunismos y fascismos por caminos diferentes han entronizado,
la voz de José Antonio -voz de España- da su nota original transida de
humanismos. La libertad es el núcleo esencial del hombre. Esa libertad no puede
ser quebrada ni disminuida por la ciega acción de las máquinas estatales. No
se ha hecho el hombre para el estado, sino al estado para el hombre. Queremos
menos palabrería liberal y más respeto a la verdadera libertad humana.
José Antonio con exquisito tacto cogió
entre sus dedos la débil mariposilla y la libró de las iras desencadenadas.
Mas, por José Antonio sabemos, también, que sólo quien pertenece a un estado
fuerte tiene de verdad garantizada y protegida su libertad. Y que sólo quien
voluntariamente obedece es verdaderamente libre.
*
* *
La Falange no puede conocer el desaliento.
Ni siquiera en este trance supremo en que ha perdido lo que más amaba. Debemos
cerrar briosamente contra los que pretendan rodear la memoria de José Antonio
de trenos y gemidos. A José Antonio tenemos que rodearle de amor, serenidad, júbilo
trascendental. Porque José Antonio no es un malogrado, muerto en flor sin haber
podido colmar su destino. Los nacionalsindicalistas sabemos que la historia
lleva las huellas digitales de la mano de Dios y que todo cuanto ocurre tiene un
sentido y no es caprichoso azar. Si José Antonio ha muerto, es porque su alto
destino era morir muy joven. No le había creado Dios para que fuese el
conductor de su pueblo. Le tenía reservada más alta tarea: ser como el lucero
guiador de la Patria, la estrella purísima adonde en toda vicisitud se alzaran
los ojos españoles para tomar el rumbo y navegar
después mar adentro, tajante la proa y henchido el trapo. José Antonio
había nacido para ser en pleno siglo XX una figura legendaria que el pueblo ha
de rememorar en crónicas y romances que leerán los niños españoles con el
alma absorta, transida de simpatía y amor.
Todavía hay gentes somnolientas que no han
comprendido el genio de José Antonio. Todavía hay quien le tacha de no haber
dejado Doctrina y programa políticos perfectamente estructurados y sólo media
docena de maravillosos discursos. ¡Pobres gentes incomprensivas! Aunque todas
las comparaciones son odiosas, será conveniente recordar a tales escrupulosos,
que también Cristo murió joven sin dejar Doctrina ni Dogma perfectamente
sistematizados, sino un manojo de bellísimas parábolas. Pues bien, así como
todo el cristianismo tuvo que construirse sobre aquel puñado de apólogos y metáforas,
todo cuanto se edifique en la Nueva España tendrá forzosa -y dichosamente-que
basarse en la media docena de discursos por José Antonio pronunciados.
José Antonio se incorpora a la Historia
como uno de las figuras culminantes del genio de España. Demos gracias a Dios
porque nos ha permitido ser de sus camaradas, oírle y amarle y hoy nos
proporciona el profundo consuelo de verle proclamado enseñanza y ejemplo del
mundo.
(El Pueblo Gallego, 20 de noviembre de
1938.)