EN MEMORIA DE JOSÉ ANTONIO

 CLARIVIDENCIA, GENIO...

 

Melchor Fernández Almagro

 

Es notorio que en ningún hombre de las antiguas izquierdas se dio nunca, ni siquiera en grado mínimo, la asombrosa clarividencia que fue prenda característica de muchos de las derechas. Y es natural que así ocurriese, porque cabe suponer, en hipótesis benévola, que quienes hubiesen podido percibir las consecuencias terribles de sus ideas o de su conducta, habían rectificado a tiempo, salvo casos de monstruosa contumacia, que han abundado ciertamente.

Los hombres de izquierda, con tanto padecer la obsesión -puramente verbalista- de lo que ellos llamaban "progreso", no supieron jamás ver, ni entrever, el mañana próximo. Mucho menos, el pasado mañana, algo más misterioso. Los hombres de la derecha, por el contrario, movidos por el espíritu tradicional de la nación, podían inferir del pasado el futuro, sin grandes probabilidades de error. Paralelamente, por ejemplo, a un Nicolás María Rivero que pronosticaba el triunfo para siempre de la "ciudadanía democrática", o de Salmerón, que auguró a plazo corto la "República Ibérica", Donoso-Cortés o Vázquez de Mella -y Aparisi Guijarro, cronológicamente entre ellos- veían venir sobre el mundo, en vencido e impotente oleaje, los fracasos sucesivos de la democracia inorgánica, del sistema parlamentario, de la República burguesa, de la demagogia marxista...

Ver claro a distancia, secreto del espíritu que sirve de arranque al don de la profecía, caracteriza a los políticos que lo son de verdad, porque justamente las disciplinas en que ejercitan su talento y su voluntad, se proyectan en el tiempo, anticipando las horas, los meses, los años... Toda la obra del estadista  -si lo es de auténtica manera- se cifra en conquistas del porvenir; esto es: en acelerar el proceso histórico de un pueblo. Las cosas, abandonadas a sí mismas, sólo vienen por sus pasos contados. Cuando las impulsa un político clarividente, un estadista de genio, nos llegan en vuelo aquilino. Y esto, no sólo porque las traiga el afán reflexivo y fuerza dinámica de un hombre extraordinario, sino porque éste empieza por tener misión certera del futuro, descubriendo la clave de la historia en la entraña palpitante de su patria...

No basta talento. Hace falta también sentido poético y, a la vez, desinterés, para que un político se adueñe del porvenir, mediante su clarividencia. Tales prendas muy raramente se juntan en una misma persona. De ahí lo peregrino del caso... tanto, que no es posible encontrar otro, ni parecido siquiera, al de José Antonio. En él pensamos cuando establecemos la íntima relación que es propia del poeta y político. Estos dos tipos de actividad -y en cierto modo, de contemplación- se enlazan por lo que ambos tienen de vates, de adivinos. Fue así como José Antonio, en contraste con los que hacían política bajísima -o se agazapaban, resueltamente, en el fétido subsuelo de la vía pública- acertó a abrir horizontes de luminosidad sorprendente.

Prescindió José Antonio de la actualidad y de todos los pretextos que pudieran convertirse en motivos de adaptaciones indecorosas o ineficaces, para fijarse en la posibilidad que nunca falta: la que alienta en el fondo, no de los intereses, ni aun de las ideas, sino del espíritu mismo. El espíritu nacional estaba en sazón de dar de sí todo lo que apenas nadie se figuraba siquiera; José Antonio lo supo ver con claridad, agudeza y decisión. España no merecía la República que flagelaba sus espaldas con el látigo de los más terribles escarmientos. Y si algunos jefes de la opinión nacional se limitaban a desear que el azote moderara sus golpes, José Antonio descubrió en la víctima una admirable capacidad de réplica y desquite. El español acabó por revolverse contra sus victimarios, poniendo en tensión unas energías que había estado a punto de perder. José Antonio fue zahorí. Conoció la existencia de esas fuerzas, y las alumbró en una juventud gallardamente sustraída a la conformidad mezquina del mal menor.

No era eso lo práctico, ciertamente. Pero la hora de los hombres prácticos no suele sonar casi nunca, dígase lo que se quiera. A lo más que pueden aspirar esos hombres prácticos, en el orden político, es a servir de técnicos. Pero los técnicos harto hacen con colonizar las tierras que los políticos conquistan y los poetas descubren. "Cuando el mundo se desquicia -dijo José Antonio el 3 de marzo de 1.935- no se puede remediar con parches técnicos; necesita todo un nuevo orden. De este orden ha de arrancar otra vez el individuo. Oiganlo todo los que nos acusan de profesar el panteísmo estatal: nosotros consideramos al individuo como unidad fundamental, porque éste es el sentido de España, que siempre ha considerado al hombre como portador de valores eternos." Este humanismo, de raíz genuinamente clásica, conduce a plantear la lucha contra el marxismo es su verdadero terreno. Porque no se trata de oponer una técnica a otra, ni una ley a otra, ni se resuelve la feroz discordia con una emulación puramente mecánica, en lo económico o en lo social. La trascendencia de la gran pelea de nuestro tiempo emana de los conceptos fundamentales que se ponen en tela de juicio. Nunca tan fundamental como el del hombre, considerado en su función terrena y en su destino sobrenatural. Lo demás es Sociología, y de la más barata.

Por ser clarividente José Antonio se dio perfecta cuenta de lo que se iba, de lo que tenía que irse, de lo que venía, de lo que debía venir. Su desinterés -el tercer don al que antes aludimos- depura su visión, porque muchos renuncian a ver aquello que les perjudica o disgusta. José Antonio venció, evidentemente, cuantas solicitaciones pudieran distraerle del cumplimiento de su misión; incluso renunció a esa parte de patriotismo que parece convencionalismo o artificio. "Nosotros amamos a España -declaró en otra ocasión- porque no nos gusta... Nosotros la amamos con una voluntad de perfección." El patriotismo, a esta luz, se engrandece, iluminando el quebrado ámbito de los problemas nacionales. Y porque José Antonio reconocía en el hombre y en España su eterno e inconmovible significado, pudo darse cuenta exacta de que la próxima lucha no se dividía en torno a unas urnas electorales. “No se planteará alrededor -afirmó otra vez- de los valores caducados que se llamaron de derecha o de izquierda; se planteará entre el frente asiático, torvo, amenazador, de la revolución rusa en su traducción española y el Frente Nacional de la generación nuestra, en línea de combate.”

La predicción se ha cumplido. Pero el poeta y político, precisamente por serlo, arbitró en el alma de las juventudes españolas la reservas morales que, llegado el momento, había que movilizar. Movilizados están. Franco las conduce a la victoria. Y por un camino duro, pero ascendente, llegamos a la cumbre que soñó para su Patria el hombre a quien todos hemos visto transfigurarse en símbolo fecundo y puro.

(F. E., 20 de noviembre de 1.938.)

 

De "DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA " Ediciones Jerarquía, 1.939. Págs. 103 a 105.