De cartas y destrucción de libros
Pío Moa
Durante la guerra civil esa furia
contra la cultura (“burguesa” o “reaccionaria”) alcanzó un verdadero paroxismo
con la devastación de cientos de bibliotecas, a veces valiosísimas, guardadas en
domicilios privados, monasterios, edificios públicos, etc En los últimos años he
tenido que trabajar tan intensamente (a veces me he sentido realmente agotado),
que he reducido al mínimo mi vida social y me ha sido imposible contestar al
gran número de cartas enviadas por lectores. Había en ellas de todo, desde
maldiciones explícitas (pocas) hasta palabras de ánimo (la mayoría), libros y
numerosas aportaciones de datos o conocimientos que me han venido muy bien. No
obstante, ya digo, la falta de tiempo me ha impedido corresponder en la gran
mayoría de los casos, y ello, unido a veces a mi mala memoria para nombres y
caras, me ha hecho quedar bastante mal con muchas personas. Pido disculpas y
espero que, si me leen aquí, sepan comprender el problema.
En los últimos días he revisado estas cartas, que suponen ya un montón
considerable, y entre ellas encuentro una comunicación enviada por Gonzalo
Fernández de la Mora poco antes de su muerte, con membrete de la Real Academia
de Ciencias Morales y Políticas, que merece la pena reproducir:
“Como ampliación de nuestra reciente charla sobre la destrucción por el Gobierno
socialista de los fondos de publicaciones de Editora Nacional, Instituto de
Estudios Políticos, Instituto de Cultura Hispánica, Secretaría General del
Movimiento, Sindicatos, etc., le adjunto fotocopia del artículo del ex director
general de Archivos, José Antonio García Noblejas, donde se refiere a
destrucciones de documentos durante la guerra civil.
“Natalio Rivas, en su biografía del ministro López Ballesteros, narra la
destrucción de más de un millón de legajos del Ministerio de Hacienda entre 1936
y 1939.
“Personalmente he sido testigo del envío a papel de los fondos del Instituto de
Estudios Políticos donde pude adquirir, la víspera de la destrucción una
remanente decena de ejemplares de mi libro La partitocracia.
“La experiencia con mi libro El Estado de obras fue aún peor, pues mis cartas no
fueron contestadas, mis gestiones tropezaron con un muro de silencio y no pude
adquirir el resto de la edición que, como toda la serie Doncel, fue reducida a
pasta de papel.
“Al lado de este masivo holocausto intelectual, las tachaduras a que condenaba
nuestra Inquisición resultan nimias”
Creo que el documento merece la pena ser conocido. Como se recordará, en 1931,
apenas estrenada la república, fueron quemadas importantes bibliotecas, y en la
revuelta de 1934 sufrieron el mismo destino otras como la de la universidad de
Oviedo o la de un palacio, por entonces muy conocido, de Portugalete, importante
museo artístico además. Y durante la guerra civil esa furia contra la cultura
(“burguesa” o “reaccionaria”) alcanzó un verdadero paroxismo con la devastación
de cientos de bibliotecas, a veces valiosísimas, guardadas en domicilios
privados, monasterios, edificios públicos, etc. Alberti dedicó algún poema a
aquel “deporte” tan definitorio.
Seguramente las autoridades socialistas actuales estarán en condiciones de
desmentir esta información de Fernández de la Mora, o de corroborarla. En este
último caso debe reconocerse que la afición de nuestra izquierda a destruir
libros no ha cesado en la democracia actual.