¡Callad! Se podrían ofender

 

 


Javier Ruiz Portella


 

Acabo de recibir el comunicado de la Asociación de Víctimas del Terrorismo convocando una manifestación en Madrid este sábado 22 de enero. Su último párrafo dice: “Dado el momento actual en el que estamos viviendo, donde muchísimas personas conviven con el miedo y se encuentran amenazadas por mantener los valores democráticos en este país, creemos que es de justicia movilizarse por la paz. Por todo lo expuesto dicha manifestación será silenciosa y respetuosa; no se coreará consigna de ningún tipo”.

Me he tenido que refregar los ojos. Acabamos de leer lo siguiente: la situación es muy grave…, razón por la cual no se coreará ninguna consigna y la manifestación será respetuosa —sobreentendido: hacia quienes nos amenazan gravemente. Tanta angélica placidez le deja a uno sobrecogido. Sobre todo porque uno siente una inmensa estima, una simpatía sin fisuras hacia las víctimas y su asociación.

Lo grave no es la inconsecuencia del razonamiento. Lo grave no es siquiera el error táctico, la “bajada de pantalones”, cuando lo amenazado —dejémonos de paños calientes— es la existencia de España. Lo grave son los paños calientes: ésos que llevamos aplicando desde hace 25 años.

Los paños calientes no consisten en absoluto en haber reconocido la pluralidad de tradiciones, lenguas, formas de ser, de vivir colectivamente que configuran a España. En sí mismo, ello es admirable, justo, necesario. Nadie lo cuestiona. Sólo lo hacen quienes, para afirmar su identidad específica, reniegan de la general. Rechazan, vilipendian lo que, junto con su especificidad, configura el ser mismo de vascos y catalanes. De tal modo nos niegan a todos…, pero a ellos mismos también.

Ante semejante repudio de nuestro ser colectivo, ¿cómo hemos reaccionado los españoles? ¿Cómo seguimos haciéndolo cuando acaba de sonar la campana que anuncia el asalto final? De una sola manera: aplicando constantes paños calientes, efectuando concesiones y claudicaciones. Tratando, en suma, de apaciguar a quienes nos ofenden y desprecian —evitando “corear consignas”, tratando de no faltarles al “respeto”.

¿Qué consignas —cuando se autorizan— resuenan en nuestras calles y plazas? ¿Qué lemas vertebran los discursos de nuestros políticos, periodistas, intelectuales…? ¿Qué le oponemos al separatismo que nos amenaza? Una sola cosa: paz, libertad, democracia… Gran cosa, sin duda. Pero cosa huera, simple cantinela, cuando nada más la sustenta. Cosa incapaz de encender el fervor de un pueblo —salvo cuando estallan las bombas y la vida individual está amenazada.

Lo está: lo atestiguan mil muertos y miles de lisiados en estos 25 años. Pero ninguno de ellos ha caído por ser “individuo”. Ni siquiera, en el fondo, por ser “demócrata”. Todos han caído por pertenecer y defender a España —la ausente, la gran oculta de nuestras manifestaciones, consignas, gritos.

Su nombre tampoco estará presente en la manifestación de este sábado. Su bandera —es de temer— aún menos. Cosa lógica, se dirá, puesto que la manifestación la convoca una benemérita asociación cívica, no política. Tal vez. Pero éste es, precisamente, el problema. Cuando se va a emprender el asalto final, resulta que aquel mismo pueblo antaño glorioso y aguerrido no encuentra mejor cosa que convocar una manifestación apolítica, envuelta en tintes humanitaristas. Aunque éstos sean falsos, aunque quienes vayan a la misma —y es de esperar que sean una multitud— sepan, en el fondo de su corazón, las auténticas razones por la que acuden. La pena es que se las tengan que callar.