Ante el "Plan Ibarreche"

 

Pío Moa
 


El PNV, aliado con el TNV (Terrorismo Nacionalista Vasco) y con los totalitarios comunistas, ha emprendido definitivamente la senda del golpe de Estado a partir del Parlamento de Josu Ternera, pues así puede definirse ese Parlamento por su constante desafío a la ley, bien concretado en el hecho de que este asesino presidió o formó parte de su Comisión de Derechos Humanos, injuria sangrante a los derechos humanos, a los más elementales sentimientos de humanidad, a la democracia y a los vascos y demás españoles.
Esa injuria vuelve ahora, centuplicada, con el proyecto de referéndum que, por sí mismo, implica la secesión de las Vascongadas antes incluso de llevarse a efecto. Constituye un ataque frontal a la soberanía nacional y a la democracia que ha permitido una convivencia razonable entre los españoles este último cuarto de siglo y que ha impedido a los nacionalistas imponer su pleno dominio en las Vascongadas, aun si la flojera de los gobernantes de Madrid no ha evitado que la democracia esté allí en estado semicomatoso. Este renovado y masivo ataque a la convivencia llega cuando el nacionalismo catalán de Maragall-Carod sigue parecidos derroteros y el terrorismo islámico se ha mostrado capaz de cambiar con un solo golpe la política interior del país.
La resolución del Parlamento de Ternera, articulado sobre el rastro de sangre y de muerte dejado por la ETA, quiere refrendar el triunfo del terrorismo, su legitimación como instrumento político de primer orden gracias a las complicidades y audacias de unos y las claudicaciones de otros. Ésta ha sido la mayor debilidad arrastrada por la democracia española desde sus comienzos, que ha inducido un proceso de putrefacción hasta abocar a una situación crucial como la que ahora se presenta. Probablemente no ha habido otro país en Europa donde el terrorismo haya desempeñado un papel histórico tan de primer orden como en la España del siglo XX: rodeado de mil complicidades y complacencias, determinó el hundimiento del régimen liberal de la Restauración, y amenaza ahora con destruir la convivencia democrática alcanzada trabajosamente hace un cuarto de siglo. Ni más ni menos.
En una democracia sana, el Gobierno habría estudiado y previsto en todos sus detalles la aplicación de la ley constitucional ante un desafío así, suspendiendo lisa y llanamente la autonomía. Así ha procedido la democracia británica en Irlanda. Pero es muy probable que aquí no haya habido tal previsión, ni estudio de las posibles reacciones de los antidemócratas, ni se haya advertido con claridad suficiente al eje PNV-TNV de las consecuencias de tensar demasiado la cuerda, ni se haya denunciado ante la opinión pública la responsabilidad de quienes seguían el camino de la agresión. Al contrario, el mensaje recibido por el eje PNV-TNV ha sido que el Gobierno carecía de redaños para aplicar la ley, y en consecuencia se ha visto alentado a continuar provocación tras provocación, vulneración tras vulneración de la ley. Lo grotesco del caso es que los provocadores carecen absolutamente de fuerza en comparación con la que puede oponerles el Estado, la soberanía nacional y la opinión absolutamente mayoritaria de los españoles. Unos enanos sangrientos y trapaceros, pero en definitiva irrisorios, están hiriendo seriamente a un gigante que opta en apariencia por no defenderse.
En un viejo artículo recordaba yo un relato de Heródoto: «Cuando Jerjes iba a invadir Grecia, preguntó a un griego exiliado, llamado Demarato, si creía que sus compatriotas resistirían ante un ejército tan grande como el persa. El exiliado le contestó que los griegos eran un pueblo pobre, pero valeroso, y le harían frente, sin importarles la desproporción de fuerza. Jerjes, escéptico y riéndose, arguyó que eso podría ocurrir si detrás de ellos tuvieran un tirano con poder absoluto que, a latigazos, les empujase a la lucha, pero que siendo libres, cada cual miraría por su interés y, ante la derrota segura, rehusaría el combate. Demarato le hizo ver que aun siendo los griegos libres, no lo eran del todo, pues se sometían a un señor a quien temían y respetaban más que a Jerjes sus súbditos. Ese señor era la ley. Sin duda Heródoto idealiza a sus compatriotas, pero la anécdota encierra una verdad confirmada por los hechos. Claro que hubo entre los griegos un partido favorable a la sumisión, pero no logró imponerse y, contra toda expectativa ‘lógica’, Jerjes salió derrotado». Lo grotesco del caso actual en España es que aquí la superioridad abrumadora está del lado de los griegos, de los demócratas. Que éstos claudicaran ante los insignificantes Jerjes-Ibarreche-Carod-Maragall, según oímos exigir estentóreamente desde diversos centros de poder y opinión, sería seguramente uno de los casos de indecencia y miseria moral más asombrosos de la historia.
Como ha expresado Norman Stamps en su clarificador estudio «Por qué caen las democracias», ninguna de éstas se ha venido abajo, en momentos de crisis, por la acción de gobiernos resueltos a defender con toda energía las libertades frente a quienes las amenazan, y sí, en cambio, por la claudicación, a menudo indiscernible de la complicidad, ante los antidemócratas. La renuncia de partidos o de políticos a defender la ley, a cumplirla y hacerla cumplir, los deslegitima automáticamente, y abre el cauce a la descomposición social y a la violencia.
Pero la sociedad es algo más que los partidos y los políticos, y tiene que saber defenderse si éstos llegan a fallar. España se encuentra ante un desafío crucial y ha de saber afrontarlo. Cada ciudadano debe sentirse concernido por la situación y debe poner a contribución su esfuerzo y su energía para evitar males mayores.