El Archivo de Salamanca

 

Juan Manuel de Prada
 




En más de una ocasión, mientras escribía Las esquinas del aire, acudí al Archivo de la Guerra Civil de Salamanca. Consultando aquellos legajos, tan exhaustivos en su repertorio de recortes de prensa, cartas manuscritas o mecanografiadas, documentos privados y públicos (la burocracia de la muerte es metódica, concienzuda, parsimoniosa como la confección de un herbolario), pude asomarme al horror de la maquinaria represora, cuyos engranajes trituraban vidas sin inmutarse, como la rueda de molino tritura el grano y lo convierte en harina. Aquellos miles de nombres que componían el catastro de la represión eran la harina humana sacrificada en una de las épocas más sombrías de nuestra Historia. Y aquel Archivo de Salamanca se erigía en memorial de aquellas vidas desbaratadas, aventadas, sometidas a perpetua inquisición y sospecha.

La desmembración del Archivo de Salamanca supone el desmantelamiento de una realidad histórica que, para ser comprendida cabalmente, debería mantenerse íntegra, como expresión nítida de lo que fue aquella maquinaria represora. Las naciones adultas se distinguen por su capacidad para enfrentarse al horror de su pasado sin ñoñerías revisionistas o atemperadoras; también por su fortaleza para anteponer el interés colectivo sobre los intereses particulares. Quienes solicitan desde Cataluña el «retorno del patrimonio expoliado» (esto es, dicho sin proclamaciones enfáticas, la restitución de documentos incautados por la maquinaria represora franquista) están reclamado, a la postre, un insensato derecho a torcer o tergiversar el sentido de la Historia. Pues, aun entendiendo que en la petición de dichos documentos se cifre un anhelo legítimo, debería prevalecer el deber de preservar la naturaleza de lo que fue concebido como un gran centro represor. En el mantenimiento de ese Archivo tal como fue concebido se cifra el mejor y más sincero homenaje que podemos tributar a la memoria de sus víctimas.

Una comisión de expertos acaba de evacuar un dictamen que, al auspiciar el desmantelamiento del Archivo de Salamanca, legitima la tergiversación de la Historia. Algunas de las conclusiones de dicho dictamen delatan la mala conciencia (que en algunos será bellaquería y en otros mero atolondramiento) de los citados expertos: ocurre así, por ejemplo, con la superflua y un tanto irrisoria expresión de repulsa dirigida contra los hechos que dieron origen al Archivo; expresión de repulsa que, aparte de constituir un brindis al sol, debería actuar como argumento inatacable de la preservación del mismo. La Historia está hecha con la argamasa de sucesivos expolios, rapiñas, latrocinios y usurpaciones; ponernos ahora a disociar los ingredientes de esa argamasa, convirtiéndonos en apóstoles de la restitución, equivale a negar sus enseñanzas. ¿Qué ocurriría si mañana la Iglesia reclamara la restitución de los bienes que le fueron arrebatados durante la desamortización de Mendizábal? ¿Y si el Islam reclamara la restitución de los templos y palacios que le fueron usurpados durante la Reconquista? La Historia no puede ser sometida a operaciones de cirugía plástica; sus lacras y deformidades forman parte del barro del que estamos hechos.

Me sorprende que esa comisión de expertos haya promovido con su informe un dislate histórico de tal magnitud. A la postre, tal dictamen demuestra la condición precaria del intelectual español, siempre supeditado a las veleidades políticas de turno, siempre temeroso de la intemperie que le aguarda si contraría los designios del poder, siempre dispuesto a comulgar con ruedas de molino, con tal de no desairar al que manda. Que no es Zapatero, precisamente.