Requiem por España

 

Luis Felipe Utrera - Molina



Me dicen hoy –y aún me resisto a creerlo– que los alumnos de la Academia de Suboficiales de Talarn en Lérida retiraban ayer, por orden de la superioridad, la palabra España del lema de su unidad: «A España servir hasta morir». Contemplaba al mismo tiempo cómo el Parlamento Vasco certificaba el acta de defunción de su Estatuto y anunciaba con insolencia la futura autodeterminación de Vasconia con la inestimable colaboración de los terroristas de Batasuna, de los comunistas de Izquierda Unida y el no menos culpable complejo de algunos socialistas empeñados en hacerse perdonar su condición de españoles. Llevamos tiempo asistiendo inertes cómo el nombre y el ser de España desaparece de Cataluña y de las Provincias Vascongadas entre la saña de muchos y el silencio cobarde de otros. Nos hemos acostumbrado a soportar impasibles la imposición del catalán y el vascuence incluso para nombrar al Rey de España, mientras declinamos acomplejados utilizar nuestra preciosa lengua universal para nombrar a cualquier persona o institución oriunda de dichos territorios. No en vano, hay quien elude hablar del español, y defiende la denominación de castellano para nuestro idioma, para evitar ofender a los únicos que no pueden sentirse ofendidos por dicho nombre, pues reniegan de España y de todo lo español.
España está en almoneda, y quien ha buscado su destrucción se ha asegurado antes de neutralizar cualquier posible obstáculo u oposición a su miserable pretensión. Pero no nos engañemos; no atribuyamos toda la culpa al Gobierno débil e incompetente salido del 14 de marzo. Repartamos la culpa por igual a todos cuantos desde la derecha y la izquierda han mirado antes por la permanencia en el poder que por la defensa de la unidad de España. A quienes desde las filas del «café para todos» entregaron la educación de dos generaciones en manos de quienes tenían por objetivo la separación de España. A quienes, desde las filas de la derecha, obligaron a todos los españoles por decreto a utilizar el catalán o el gallego para nombrar a Lérida, a Gerona o a La Coruña. A quienes, desde la izquierda, no tienen escrúpulos a la hora de humillarse cuando lo pide un despreciable sujeto que pide que las pistolas se dirijan a España y no a Cataluña y al que le basta una ligera presión sobre los testículos del Gobierno de España para hacer que salga a cantar alguno de sus ministros con la letra que le escriben desde algún despacho de la Plaza de San Jaime.
La situación es ya demasiado grave como para contemporizar con quienes buscan romper a España entre cantos de aldeanismo trasnochado. El respeto y el orgullo por nuestra riquísima diversidad no debe ser obstáculo para la firme defensa de nuestra unidad si no queremos quedarnos sin patria. Es la hora de retratarse ante la Historia, y ésta no entiende de cálculos o conveniencias electorales. Es la hora de defender el nombre de España sin complejos posmodernos, porque España es el futuro que algunos nos quieren robar mientras dormimos.