Apuntaciones sobre la memoria histórica

 

Antonio Castro Villacañas

 

Cuantos sigan con un mínimo de atención el desarrollo político de España se habrán dado cuenta de que desde hace algún tiempo las gentes que pueblan el sector de la izquierda aprovechan cualquier acto o momento para hablar de lo necesario que es utilizar la "memoria histórica" si queremos consolidar nuestra joven estructura democrática. Visto, escuchado y leído casi todo lo que sobre este tema se ha publicado, dicho y expuesto por los expertos en esa materia, me atrevo a decir que la "memoria histórica" -tal y como la entienden nuestros hombres de izquierda- consiste en recordar y sacar a colación cuanto de malo o erróneo haya protagonizado la derecha española en los últimos cien años, y sobre todo en los cuarenta del franquismo, al tiempo que se olvidan o minimizan las maldades y equivocaciones de la izquierda en ese mismo periodo de nuestra historia. Los partidarios de tal clase de "memoria histórica" demuestran en cuanto pueden que ellos no aceptan la legitimidad democrática de las personas y las organizaciones que no compartan sus puntos de vista sobre lo que pasó o se hizo en España antes de 1978. Es decir, de hecho mantienen el enfrentamiento que provocó en 1936 la violenta ruptura de nuestra convivencia. No han superado -ni quieren superar- el clima bélico de aquellos años. Lo único que pretenden es lograr en los ámbitos ideológicos la victoria que no supieron o no pudieron conseguir en los campos de guerra. Para alcanzar ese resultado –que prácticamente ya está en sus manos- no reparan en utilizar cualquier clase de recursos. Uno de ellos es el de utilizar a sus muertos como armas arrojadizas contra quienes lamentamos profundamente su muerte, sobre todo si se produjo de forma injusta y alevosa, pero entendemos que la mejor manera de honrarla es que -dentro de nuestra memoria- descansen en paz junto a quienes tuvieron igual fin aunque en vida defendieran ideas y posturas políticas contrarias. Por eso durante el franquismo, y en contra de quienes del uno y del otro lado combatiente mantenían la "propiedad" y la "bondad" exclusiva de sus respectivos "muertos", fuimos unos cuantos miles los que mantuvimos la tesis de que eran nuestros -de todos los españoles- cuantos habían encontrado la muerte en el camino que recorrían buscando una España mejor a la que tenían en su juventud. Pretendimos que todas las cruces, lápidas y conmemoraciones dedicadas "a los caídos" no se refirieran exclusivamente a los del bando vencedor en la guerra.

Está claro que no conseguimos nuestro propósito salvo en los únicos lugares donde, por razones de edad, pudimos mandar algo, pero mi "memoria histórica" recuerda con orgullo que en los campamentos del Frente de Juventudes se inició la práctica de honrar "a todos los caídos por una España mejor", continuada luego en cada uno de los Hogares Juveniles, Colegios Menores y Mayores, y demás centros propios de la organización juvenil falangista. Porque para nosotros los muertos de la guerra -todos, cualquiera de ellos- no fueron nunca -nunca pueden serlo- instrumentos de chantaje político o escalones en que apoyar el pie para un ascenso en la escala de mando.

Fueron -son- nuestros hermanos mayores, los mejores, los que -cualesquiera que fuesen las exactas circunstancias de su muerte- se dieron con ella de frente, cara al mañana soleado de un futuro común y perfectible, siempre por hacer...