Guillermo Toscano, ejecutor último de José Antonio

 

Rafael Redondo Maya

 

 

Eran poco más  de las seis y media de la mañana, cuando en un ángulo del patio de la Prisión Provincial de Alicante sonó la descarga que abatía los cuerpos de cinco jóvenes condenados a muerte. Cuatro de ellos, dos falangistas y dos requetés, todos  de Novelda, acompañaron a José Antonio en aquel trágico destino. El cuerpo de José Antonio agonizante, hasta que un disparo definitivo, lo dejó inmóvil.

La mano ejecutora fue la de Guillermo Toscano Rodríguez.

Decía José Antonio a Sánchez Mazas en la carta que debía entregarle Margot: "... si llega la ocasión triste para la que ha sido escrita..." "... Te confieso que me horripila morir fulminado por el trallazo de las balas, bajo el sol triste de los fusilamientos, frente a caras desconocidas y haciendo una macabra pirueta".

Ni de esta amargura le libraron los hados. "Cayó en "macabra pirueta", cubriendo con su sangre el patio de la cárcel, que él, con la serenidad y entereza que le acompañaron hasta su última hora, había previsto que ocurriría y por ello había rogado al director de la prisión "...el favor de limpiar bien el patio para que mi hermano no se vea en la obligación de pisar mi sangre".

Cerca de cinco años después, en junio de 1941, y en otra cárcel, esta vez la de Granada, se produce el casual encuentro entre dos hombres, que daría luz a significativos detalles de lo ocurrido aquel 20 de noviembre del 36. Coincidieron en tiempo y lugar: Guillermo Toscano Rodríguez, condenado a muerte, que entraba en capilla, previa a su ejecución, y un joven teniente de Infantería al que aquel día le correspondía el servicio de custodia y protección de la cárcel, como oficial de guardia.

En conversación con el director de la cárcel y con don Fernando Almansa, juez de Ejecutoría, se entera el joven teniente que entre los condenados está quien dio el "tiro de gracia" a José Antonio. Vivamente impresionando, trata de conocerlo y de establecer conversación con él. Tras la natural reticencia por parte de Toscano, y vistos la consideración y el respeto con los que le trata su interlocutor, va abriéndose a una exposición fluida y detallada de su relación con José Antonio y de los últimos momentos de su vida. Durante las cerca de tres horas de conversación que mantuvieron, fue creándose entre ambos un creciente clima de afecto por la franqueza y cordialidad en su trato recíproco, pese al marco y el momento que el destino determinó para su encuentro.

Guillermo Toscano se mantenía con cierta serenidad, tal vez porque albergaba la esperanza del indulto que le había insinuado su defensor, conocidos los avales favorables, emitidos por los hermanos de José Antonio y que figuraban en el sumario. El indulto no llegó. Al parecer los guardias de asalto que se hacían cargo de su traslado, Toscano se afectó viendo lo inevitable del trance. Allí se despidieron el teniente y aquel desafortunado hombre, cuyo conocimiento le impactó vivamente.

Hoy, 2004, sesenta y tres años después del encuentro en Granada, aquel teniente provisional, actualmente coronel  retirado de la Guardia Civil, ilustrísimo señor don Serafín López Díaz, joven octogenario de mente lúcida, de expresión vibrante y clara, relata su relación con Guillermo Toscano con tal precisión de detalles como si el encuentro hubiese sido la víspera.

Evidentemente, la personalidad de Toscano y las circunstancias de su relación y contenido, impactaron notoriamente en este hombre hecho a múltiples circunstancias límite, en su vida militar y profesional, desde el día que lució su estrella de "provisional".

Recuerda aquella noche, cargada de tensión, cuando se despiden. Y nos relata los trozos más significativos de la vida de Toscano y de su relación con José Antonio, contando como aquel minero de Río Tinto, enfrentado al Alzamiento, pasa a Portugal cuando el Ejército del Sur toma Huelva, volviendo a España, y de nuevo en su bando, ingresa en el Cuerpo de Guardias de Asalto, donde le destinan, como vigilante de prisiones, a la de Alicante. Esta situación le permitió conocer y tratar frecuentemente a José Antonio, del que habla con fervor, y de cuánto aprendió en su compañía. De los últimos momentos relató su servicio de guardia la noche previa a la ejecución, acompañando a José Antonio como vigilante, y al patio, junto a las autoridades competentes, señalando la entereza y ejemplaridad de su comportamiento con el director de la prisión y con los funcionarios presentes, disculpándose por las molestias que pudiera haberles causado, alienta a sus compañeros de martirio y habla a los milicianos del pelotón, recordándoles que no ha sido nunca su enemigo.

Allí, frente a su destino, con la cabeza rapada, vestido con mono y alpargatas, cubiertos sus hombros con un gabán del que se desprende para que no lo estropeen los disparos, con la dignidad ante la muerte, para la que pidió ayuda a su hermano Miguel, allí estaba para dar la lección postrera, José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia. Después la "macabra pirueta". Por fin, la muerte. Más allá, la gloria.

¿Fue realmente así como ocurrieron los acontecimientos relatados? Así fueron descritos por un hombre que a las pocas horas moría ejecutado, a otro hombre, profundo conocedor de la conducta y la condición humana, tras una vida plagada de duras experiencias, que le creyó sincero porque lo leyó en su cara cuando no caben fingimientos.

Que desde los luceros velen por nosotros para que España alcance la paz por la que ellos murieron. Amén.