¿Hasta cuándo señor Zapatero?

Pío Moa

"La Razón"

 

Una campaña electoral es, fundamentalmente, un torneo de promesas. Pero hay promesas en las que uno puede confiar, cuando no son desmesuradas y vienen respaldadas por una ejecutoria anterior, y otras que no pasan de puros camelos para sacar el voto a los ciudadanos menos reflexivos o más impresionables. Esto último es muy frecuente, y no sólo en países tercermundistas, como acabamos de comprobar en un país culto y rico como Argentina, que lleva años pagando el coste de la engañifa política. También aquí la tentación del poder volatiliza los escrúpulos, y la demagogia campa por sus respetos. De ahí que, como ciudadano corriente y moliente, me preocupe mucho la solvencia de las propagandas electorales.

Usted, señor Zapatero, pregunta: «¿Hasta cuándo los contratos precarios?» Da a entender que usted acabará con ellos. Podríamos creerle si percibiésemos un análisis de las causas de esos contratos y de su relación con el paro. Por ejemplo, un contrato precario es preferible al paro, porque éste, además de su efecto demoledor sobre las personas, cuesta mucho dinero público que sólo puede salir de los impuestos y, por tanto, frena la creación de nuevas empresas y aumenta el paro, en círculo vicioso. De ahí que sólo pueda mejorar la calidad del empleo con la progresiva disminución del desempleo. Pero en lugar de exponer análisis, usted culpa al PP, sugiriendo que su mera sustitución en el poder por el PSOE resolvería mágicamente el problema. Sin embargo ha sido el PP, precisamente, el que ha rebajado el paro desde los tres millones en que lo dejó su partido a menos de la mitad, y sólo de ahí puede venir la mejora en la calidad del empleo.

Usted pregunta: ¿hasta cuándo la violencia contra la mujer? Un problema complejo, pero nuevamente usted viene a echar la culpa al PP. La violencia doméstica está creciendo desde hace muchos años, y no sólo en España, sino en países como los escandinavos, Canadá y tantos otros. Tampoco viene del «machismo», como usted asegura, pues se supone que hace treinta años había mucho más «machismo», y sin embargo morían muy pocas mujeres por malos tratos. Si su análisis de las causas del problema es tan flojo e inadecuado, sus remedios no resultarán más creíbles que los de un hechicero tribal.
   
Usted, señor Zapatero, propone a los jóvenes una «alianza generacional para el cambio como en 1982». ¿Pero hombre! ¿Tan desmemoriado cree a todo el mundo? Aquel cambio consistió en un desempleo abrumador, una oleada de corrupción como seguramente no se conoció en España en todo el siglo XX (exceptuando la del Frente Popular durante la guerra civil, que acaba de estudiar el historiador de izquierda Francisco Olaya), y un reforzamiento del terrorismo, causado por la errónea política socialista de combinar la claudicación negociadora con el crimen de estado. Bastan estos tres puntos, dejando de lado otros como el rápido declive en la calidad de la enseñanza o la situación de la Seguridad Social, próxima a la quiebra. Desde que el PSOE salió del poder, el paro ha descendido mucho, ha descendido también la corrupción y el terrorismo ha sido combatido con mucha más eficacia y con la ley en la mano. Ante estos hechos indudables, es obvio que proponer a los jóvenes un cambio como el del 82 significa explotar la ignorancia de quienes por la edad no vivieron con plena conciencia aquellos «cambios». Sólo contando con esa ignorancia puede usted pretender sugestionar a la juventud, como haría cualquier político tercermundista. Eso me parece una grave irresponsabilidad. España, señor Zapatero, la política española, no debe caer a tales niveles. Usted promete un gobierno «limpio, decente y tolerante que no enfrentará a los territorios de España». También aquí podemos preguntarnos si presentar como un logro ilusionante el «cambio» de 1982 es un lema limpio y decente o es un truco sacavotos como el de los «cien años de honradez». O si es limpia y decente la alianza de su partido en Cataluña con otro que ataca directa y agresivamente la misma idea de España, y que no vacila en negociar con los terroristas unos pactos canallescos. ¿Así piensa evitar el enfrentamiento entre «los territorios de España»? ¿Y qué decir de las amenazas de su compañero de partido Maragall de no ceder una gota de agua a otras regiones necesitadas de ella, o de organizar «un drama», o volver a 1936? ¿Quién enfrenta a los españoles entre ellos? Si usted es tolerante con esas cosas, se parecerá usted cada vez más a los jefes del PNV, muy tolerantes con el terrorismo, y por tanto intolerantes con sus víctimas y con la libertad de los vascos. Como ciudadano y a la vista de los hechos, tengo el derecho de preguntarle: ¿es ése el sentido de su tolerancia?

Y así podríamos seguir interminablemente. Sólo le encuentro razonable a usted en una cosa: en criticar la estupidez del PP al no aceptar un debate con usted, pues con el debate quedaría más a la vista de todo el mundo la vaciedad de sus propuestas y promesas. Pero, de todas formas, ésa es otra cuestión. Como ciudadano corriente y moliente, sólo puedo preguntarle: ¿hasta cuándo esa demagogia tercermundista, señor Zapatero? ¿Hasta cuándo ese desprecio por la memoria y el criterio de los españoles? ¿Hasta cuándo la irresponsabilidad como norma de acción política?