La historia falsificada

José Utrera Molina

"La Razón"

 

A pesar de atravesar actualmente circunstancias personales adversas, me resulta del todo imposible permanecer paciente y mudo ante las continuas agresiones que una parte de los españoles, que habíamos ejercido sin género de dudas una verdadera reconciliación, sufrimos por parte del denominado historiador García de Cortázar.

Recientemente, el «ABC» en su tercera publicó un artículo suyo bajo el título «Días de Conjura». Como siempre, a mi juicio, aprovechó la ocasión para esgrimir de nuevo el dardo envenenado de su pluma, que se nutre permanentemente de su rencor. ¿Es posible que quien ha firmado dicho artículo se considere historiador, que aspire a ser cronista objetivo de la realidad histórica de España? No lo puedo creer por muy alta que sea la cota que haya alcanzado, que acumula soberbia, y por muy acerada que sea su vitriólica mirada.

Opino que llamar generales rebeldes y reaccionarios a los que en unión de una gran parte del pueblo español se alzaron frente al escarnio de las libertades pisoteadas y de los crímenes que en la persona del jefe de la oposición parlamentaria destruyeron la estructura institucional del Estado, es algo que no puede leerse sin sentir un profundo escalofrío.

El señor Cortázar pretende ignorar las terribles circunstancias que provocaron el Alzamiento Nacional, pasa por encima del generoso torrente de sangre vertida en la defensa de unos ideales ¬que se hicieron reales¬ de justicia y de solidaridad, escupe a numerosos mártires y escarnece a tantos héroes cuya lista sería interminable. Quiero hacerles una aclaración que estimo usted necesita. Si el Régimen que usted tanto odia adoleció en determinados momentos de ciertos impulsos reaccionarios, acháquelo a los que como usted, clérigo de entonces, en ocasiones aspiraron a la apropiación de espacios políticos que muchos de los que vivimos aquel tiempo considerábamos absolutamente negativos.

Usted es un falsificador de la historia, con notas además de una innecesaria crueldad. Escribe ahora cuando nadie se atreve a defender lo que usted denigra y ataca. Usted creerá que soy un contumaz inmovilista, un guerrillero insolidario y, en definitiva, un hombre que ni perdona ni olvida, pues bien, si le interesa le diré que en mi propia familia tuve testimonios sobrecogedores de la crueldad de una parte enfrentada a la otra, pero que todo lo he perdonado, todo lo he olvidado. He abrazado a los que fueron mis adversarios, me he entendido con los que se situaban en posiciones muy contrarias a las mías, pero lo que no estoy dispuesto a aceptar es la mentira utilizada para manchar de cieno un régimen que sin duda alguna, como lo he confesado en alguna ocasión, tuvo errores importantes, pero que no merece la descalificación generalizada que usted reitera una y otra vez. Su personal interpretación de aquel tiempo que usted envilece no responde en modo alguno a la realidad y aún quedamos algunos que nos sentimos orgullosos de haber contribuido a la lucha victoriosa por la justicia social y por el bien de los españoles sin tregua y sin descanso, y en mi caso sin haber sido por razón de mi edad combatiente en ninguna trinchera.

Reconozco que otras voces deberían alzarse también, ante su agresiva insolencia, pero mientras me quede un mínimo aliento de vida tendré que escribirle para denunciar la interesada e increíble manipulación que hace usted de nuestra reciente historia.

Si la coyuntura nacional que usted tan aviesamente analiza hubiese sido un golpe de fuerza de unos caprichosos y vanidosos generales, el pueblo español no los hubiera seguido nunca. Reducir toda una parte significativa de la historia de España a un frívolo episodio de vanidades que culminaron, según usted, en un sórdido proceso de hierros y de cadenas, es querer insultar una y otra vez a quienes libres de esas acusaciones no podemos permanecer impasibles ante la cobardía de un atrevimiento, que vive del resplandor del sol que más calienta.

En el microscopio que usted utiliza para analizar lo que usted llama franquismo, están las lentes oscuras y no ahonda en modo alguno en los motivos que produjeron el enfrentamiento entre los españoles, que yo estimo deber ser definitivamente cancelado, sin que aparezcan habitualmente sectarios testimonios como los suyos, que son propicios a encender de nuevo las pasiones que el tiempo se ha encargado generosamente de apagar.