Los verdaderos olvidados de la guerra civil

Pío Moa

"La Razón"


El reportaje «Las fosas del olvido» de hace unas semanas en TVE- 2, aunque menos sectario de lo que imaginaba, no deja de ser un falseamiento esencial de la historia.

La idea básica es que, como las Cortes «condenaron»¬-saliéndose de sus competencias y conocimientos, obviamente¬ la sublevación de la derecha en el 36, esa sublevación fue la causante última de todos los crímenes. La realidad es muy distinta. Fue la izquierda, en especial los socialistas y los nacionalistas catalanes, la que se sublevó en octubre de 1934 contra un gobierno democrático y contra la legalidad republicana, con el propósito explícito no de dar un simple golpe de estado, sino de organizar una guerra civil, pues estaba convencida de que ganaría. Si entonces la derecha no hubiera defendido la legalidad republicana, allí habría acabado aquel régimen.

Cuando las mismas izquierdas que protagonizaron la sangrienta revuelta de 1934 volvieron al poder en 1936, llenas de orgullo por su gesta, iniciaron un período revolucionario, de imposición y violencias. Con ello se deslegitimaron los gobiernos de Azaña y Casares, y abocaron a las derechas a la rebelión, planteada en principio como un golpe rápido y poco cruento. Entonces el gobierno no defendió la Constitución, al contrario que la derecha en el 34, sino que terminó de echarla por tierra al armar a las masas.

Como tantas veces se ha dicho, cuando la legalidad cae por tierra, los crímenes proliferan, máxime después de años de cultivo del odio incondicional al contrario. Basta leer la prensa izquierdista de entonces para ver hasta qué punto sembraba ese odio, considerándolo una fuerza y una virtud revolucionarias.

Por lo tanto fueron fundamentalmente las izquierdas quienes desataron las violencias de una guerra que, contra sus expectativas, terminaron perdiendo. Esta realidad se abre paso cada vez más al conocimiento público, tras veinte años de absoluto predominio de las versiones izquierdistas, basadas en Tuñón de Lara y que reproducen en lo esencial las tesis propagandísticas de la Comintern.

Al lado de la falsedad dicha, en la que afortunadamente no insistió demasiado el reportaje, está la de presentar las brigadas internacionales o el maquis con ropaje ajeno: el maquis fue un intento del PCE de volver a la guerra, querencia natural suya, pues ya Lenin aclaró que un partido comunista tiene por fin preparar la guerra civil.

Luego hubo deficiencias como mezclar las víctimas de crímenes con los caídos en combate, o dar por buenas las cifras de 800 fosas comunes y 30.000 enterrados. La asociación dedicada a estas cosas, después de cuatro años en que ha movido a numerosos voluntarios y obtenido colaboración y subvenciones de diversos organismos, reconoce no haber localizado más de 200 cadáveres, algunos del bando franquista y otros no fusilados, sino muertos en la lucha. Pero la izquierda siempre ha sido extraordinariamente «liberal» con las cifras. Se podría hacer un trabajo sobre sus habituales y enormes exageraciones.

Tampoco cabe hablar de olvido de estas víctimas: desde comienzos de la transición, las campañas izquierdistas que las recuerdan son constantes, y han recibido un tratamiento de absoluto privilegio en los medios de masas. Eso no sería malo si el recuerdo no viniera teñido de rencor y del olvido despreciativo hacia las víctimas del bando contrario.

Pero hay otras víctimas, éstas sí verdaderamente olvidadas, y son las producidas entre las propias izquierdas. Existen bastante informes de los anarquistas sobre matanzas contra ellos realizadas por los comunistas, e informes comunistas sobre matanzas de campesinos reacios a la colectivización llevadas a cabo por anarquistas. También existen sobre asesinatos de oficiales y soldados socialistas y anarquistas, que luego eran acusados de haber intentado desertar. Seguramente suman muchas más víctimas que las halladas en estos cuatros años por la asociación de las fosas, y sería una excelente ocasión de reivindicar, como ellos dicen, su memoria y su dignidad.

No sería mala idea que alguien se hiciera cargo de la investigación pertinente.

Un aspecto consolador del reportaje fue la casi general ausencia de rencor en los testimonios. La idea común es que una cosa así nunca debe repetirse. Y para que no se repita, es imprescindible que quienes quieran especular con los muertos del pasado para resucitar los viejos odios y mentiras, sean debida y constantemente desenmascarados.