La mancha negra

José Utrera Molina

Una vez más, Fernando García de Cortázar utiliza envenenadamente su palabra escrita, que vuelve a clavar en el ya helado corazón de Francisco Franco, al calificar en su artículo: «Entre el arado y la Constitución» publicado el viernes 16 en ABC, como «mancha negra» todo un periodo histórico que al menos ha de suscitar respeto cuando no alabanza a quien sirvió apasionadamente a España desde su responsabilidad como jefe del Estado.

«Ese país clerical, preso y desprestigiado, ese orden militar tan denostado» fue, quiera usted o no, un periodo de reconstrucción y de paz, difícil y durísimo porque provenía de un enfrentamiento entre españoles que resultó desgraciadamente inevitable. Esta etapa tuvo lógicamente sus luces y sus sombras. Ninguna obra humana es perfecta. Hubo errores y aciertos. Yo tuve en mi propia familia huellas de uno y otro bando. Unas olvidadas y otras aún impresas en mi corazón, pero en mi labor y en mi trabajo ha vivido siempre la esperanza de un afán de concordia entre todos los españoles.

No llego a comprender la contumacia de su error, rencor, ni lo perseverante de su odio que oscurece su labor de historiador. Estoy de acuerdo con todo lo que el artículo suyo suscribe brillantemente y por este motivo no comprendo la razón de introducir en él algo que rompe su armonía y objetividad. Siempre creí, aunque tal vez ingenuamente que un clérigo -y creo que usted aún lo es- tenía siempre apartado de su alma la proclividad al ataque. Yo he vivido la época que usted descalifica con tanta insolencia y puedo decirle que no me siento manchado en él, sino que constituye un honor el haber permanecido en una misión de trabajo para lograr finalmente una conciliación pacífica entre los españoles. En todos mis escritos y en todos mis discursos no hay en modo alguno ningún intento de resucitar una moral fratricida, sólo palabras de conciliación y de entendimiento, pues bien, insisto en que su ataque no sólo hiere a los que de una manera o de otra tuvimos responsabilidades en el régimen anterior y a tantos españoles que con su esfuerzo colectivo contribuyeron a sus logros, sino que mancha y complica al propio Rey de España, que quiera usted o no, en el franquismo reafirmó su legitimidad, que él aceptó con palabras inolvidables. Su rencor, por grande que sea, no puede cambiar la historia. Un día llegará en ese confuso panorama que usted ataca despiadadamente, un alba de aclaración definitiva, y en él podrán ser verdaderas las palabras de Shakespeare: «No hay noche tan larga que no vea después su aurora». Estoy seguro, que yo no la veré pero lo harán mis nietos y recordarán compasivos el incomprensible y desentonado himno de su crueldad y de su injusticia. Una vez más, Fernando García de Cortázar utiliza envenenadamente su palabra escrita, que vuelve a clavar en el ya helado corazón de Francisco Franco, al calificar en su artículo: «Entre el arado y la Constitución» publicado el viernes 16 en ABC, como «mancha negra» todo un periodo histórico que al menos ha de suscitar respeto cuando no alabanza a quien sirvió apasionadamente a España desde su responsabilidad como jefe del Estado.

Ese país clerical, preso y desprestigiado, ese orden militar tan denostado» fue, quiera usted o no, un periodo de reconstrucción y de paz, difícil y durísimo porque provenía de un enfrentamiento entre españoles que resultó desgraciadamente inevitable. Esta etapa tuvo lógicamente sus luces y sus sombras. Ninguna obra humana es perfecta. Hubo errores y aciertos. Yo tuve en mi propia familia huellas de uno y otro bando. Unas olvidadas y otras aún impresas en mi corazón, pero en mi labor y en mi trabajo ha vivido siempre la esperanza de un afán de concordia entre todos los españoles.

No llego a comprender la contumacia de su error, rencor, ni lo perseverante de su odio que oscurece su labor de historiador. Estoy de acuerdo con todo lo que el artículo suyo suscribe brillantemente y por este motivo no comprendo la razón de introducir en él algo que rompe su armonía y objetividad. Siempre creí, aunque tal vez ingenuamente que un clérigo -y creo que usted aún lo es- tenía siempre apartado de su alma la proclividad al ataque. Yo he vivido la época que usted descalifica con tanta insolencia y puedo decirle que no me siento manchado en él, sino que constituye un honor el haber permanecido en una misión de trabajo para lograr finalmente una conciliación pacífica entre los españoles. En todos mis escritos y en todos mis discursos no hay en modo alguno ningún intento de resucitar una moral fratricida, sólo palabras de conciliación y de entendimiento, pues bien, insisto en que su ataque no sólo hiere a los que de una manera o de otra tuvimos responsabilidades en el régimen anterior y a tantos españoles que con su esfuerzo colectivo contribuyeron a sus logros, sino que mancha y complica al propio Rey de España, que quiera usted o no, en el franquismo reafirmó su legitimidad, que él aceptó con palabras inolvidables. Su rencor, por grande que sea, no puede cambiar la historia. Un día llegará en ese confuso panorama que usted ataca despiadadamente, un alba de aclaración definitiva, y en él podrán ser verdaderas las palabras de Shakespeare: «No hay noche tan larga que no vea después su aurora». Estoy seguro, que yo no la veré pero lo harán mis nietos y recordarán compasivos el incomprensible y desentonado himno de su crueldad y de su injusticia.

Una vez más, Fernando García de Cortázar utiliza envenenadamente su palabra escrita, que vuelve a clavar en el ya helado corazón de Francisco Franco, al calificar en su artículo: «Entre el arado y la Constitución» publicado el viernes 16 en ABC, como «mancha negra» todo un periodo histórico que al menos ha de suscitar respeto cuando no alabanza a quien sirvió apasionadamente a España desde su responsabilidad como jefe del Estado.
   
«Ese país clerical, preso y desprestigiado, ese orden militar tan denostado» fue, quiera usted o no, un periodo de reconstrucción y de paz, difícil y durísimo porque provenía de un enfrentamiento entre españoles que resultó desgraciadamente inevitable. Esta etapa tuvo lógicamente sus luces y sus sombras. Ninguna obra humana es perfecta. Hubo errores y aciertos. Yo tuve en mi propia familia huellas de uno y otro bando. Unas olvidadas y otras aún impresas en mi corazón, pero en mi labor y en mi trabajo ha vivido siempre la esperanza de un afán de concordia entre todos los españoles.
   
No llego a comprender la contumacia de su error, rencor, ni lo perseverante de su odio que oscurece su labor de historiador. Estoy de acuerdo con todo lo que el artículo suyo suscribe brillantemente y por este motivo no comprendo la razón de introducir en él algo que rompe su armonía y objetividad. Siempre creí, aunque tal vez ingenuamente que un clérigo -y creo que usted aún lo es- tenía siempre apartado de su alma la proclividad al ataque. Yo he vivido la época que usted descalifica con tanta insolencia y puedo decirle que no me siento manchado en él, sino que constituye un honor el haber permanecido en una misión de trabajo para lograr finalmente una conciliación pacífica entre los españoles. En todos mis escritos y en todos mis discursos no hay en modo alguno ningún intento de resucitar una moral fratricida, sólo palabras de conciliación y de entendimiento, pues bien, insisto en que su ataque no sólo hiere a los que de una manera o de otra tuvimos responsabilidades en el régimen anterior y a tantos españoles que con su esfuerzo colectivo contribuyeron a sus logros, sino que mancha y complica al propio Rey de España, que quiera usted o no, en el franquismo reafirmó su legitimidad, que él aceptó con palabras inolvidables. Su rencor, por grande que sea, no puede cambiar la historia. Un día llegará en ese confuso panorama que usted ataca despiadadamente, un alba de aclaración definitiva, y en él podrán ser verdaderas las palabras de Shakespeare: «No hay noche tan larga que no vea después su aurora». Estoy seguro, que yo no la veré pero lo harán mis nietos y recordarán compasivos el incomprensible y desentonado himno de su crueldad y de su injusticia.