Guernica, la verdad detrás de la leyenda.
 

Vittorio Messori

Corriere della  Sera

 

 

Una relectura del bombardeo que inspiró uno de los cuadros más célebres revela las exageraciones de la propaganda. Y restablece el número de víctimas.

Picasso y un periodista inglés contribuyeron a crear el mito de la ciudad-mártir.

Como cualquier italiano consciente tengo gratitud por el trabajo, ya más que secular, del Touring Club. Gratitud unida a estima por el cuidado y el rigor de sus publicaciones. Pero hasta los mejores tienen sus descuidos. Así, recientemente, el Touring ha incluido en la edición de un semanario de gran difusión una guía de Madrid. Dos páginas enteras están dedicadas a la gran tela expuesta en el Museo Reina Sofía, al cuadro probablemente más célebre del siglo XX delante del cual desfila una continua columna más que de turistas se diría de reverentes peregrinos. Pues sí, el Guernica de Pablo Picasso.

Los dos autores que firman el texto de la guía Touring repiten las cosas que están en todos -o casi todos- los libros de historia. Sagrada para los vascos, la pequeña Guernica "vivía -nos dicen- sin particular inquietud el desarrollo de la guerra civil desde el momento que su importancia estratégica era prácticamente insignificante". Pero el 26 de abril de 1937, nubes de aviones de la Luftwaffe, de la Legión Cóndor, en apoyo de Franco, "desencadenaron sobre aquel lugar, privado de toda defensa, un terrible bombardeo. Durante tres horas se descargó la tempestad de fuego y de entre los escombros fueron extraídos los cuerpos sin vida de 1650 personas, en tanto los heridos llegaron a 800. Era la primera vez en la historia que pilotos de aviones de combate atacaban a civiles inermes".

No es cuestión de enfadarse con los redactores del glorioso Club; lo que dicen no es otra cosa que la "vulgata" corriente, infinitas veces repetida, sin variantes y sin verificaciones. En lo que a mí respecta, hace años, en el diario católico, intenté quebrar el conformismo mostrando que, en Guernica, las cosas habían sucedido de un modo asaz distinto. Aquel artículo, luego recogido en un libro, desencadenó reacciones iracundas. Muchos, entre otras cosas, encontraban irreverente el que hubiese recordado lo que sostienen algunos. A saber, que el celebérrimo cuadro de Picasso habría sido originariamente el Lamento en muerte del torero Joselito: apasionado por las corridas, conmovido por la muerte de unos de sus preferidos, el pintor de Málaga había comenzado a pintar el final en la arena, cuando el gobierno social-comunista español le ofreció 300.000 pesetas (provenientes de Stalin a través del Comintern) por una obra para exponer en París. La tela, pues, habría sido modificada para adaptarla al lucrativo encargo, dándole el nuevo nombre de Guernica: quedaron, no obstante, los toros y el caballo del picador que, herido, relincha al cielo.

Pero, más allá de estos chismes artísticos, la verdad acerca del bombardeo de la pequeña ciudad vasca está ya comprobada y a pesar de ello no alcanza a superar las barreras ideológicas. Resulta curioso, entre otras cosas, que, después de la publicación de mi artículo recibiese la carta conmovida de un anciano: jovencísimo piloto italiano, aquella lejana tarde de abril se hallaba en el cielo de Guernica y estaba agradecido que alguien, finalmente, hubiese intentado ir más allá de tantas insensateces sino mentiras. Como ocurrieron en verdad los hechos ha sido reconstruido, con rigor documental, en lo que fue el mayor betseller del 2003, en España. En un imponente volumen de 600 páginas, titulado Los mitos de la guerra civil -y que en pocos meses tuvo más de veinte ediciones- el historiador Pío Moa, militante, primero, del Partido Comunista español y después miembro del grupo terrorista Grapo, ha demolido multitud de leyendas. Y lo ha hecho con espíritu bipartisan, no escatimando golpes ni a los franquistas ni a los antifranquistas. En lo que respecta al mito de Guernica, se olvida siempre que la acción fue conducida, en buena medida, por la Aviación Legionaria italiana que, ese día, operaba tres modernos trimotores S79 y quince cazas CR32, mientras que la Legión Cóndor intervino más tarde con unos pocos y viejos Junker inferiores, por cierto, a los bombarderos que los rusos empleaban, profusamente, sobre las ciudades franquistas. Si, en todas las evocaciones, no se habla más que de los alemanes es porque la leyenda es en gran parte obra de los fantasiosos informes periodísticos de un enviado inglés, George L. Steer, quien, queriendo incitar a su país al rearme, inventó un aterrador poderío de la Luftwaffe, fabulando incluso la existencia de nuevos explosivos experimentales de los alemanes. En realidad, sobre Guernica fueron lanzadas, por italianos y alemanes, bombas "normales" y el objetivo principal no era la población sino el puente de Rentería, sobre el río Oca. Es falso, pues, que la ciudad -entonces a sólo veinte kilómetros del frente- no fuese un importante objetivo estratégico: albergaba dos fábricas de armas y se encontraban concentrados en ella tres batallones, con 2000 soldados "republicanos" e imponentes depósitos de artillería. Una mentira inventada por Steer (y recogida después en todos los libros presuntamente históricos) es que la matanza de campesinos se debió a que, como todos los lunes, funcionaba en la calle el tradicional mercado. En realidad, precisamente porque la ciudad ya era la inmediata comunicación a retaguardia del ejército, el mercado había sido suspendido; y en todo caso, los primeros aviones italianos aparecieron después de las 16 y 30 (y el mercado terminaba al mediodía) y el paso de los Junker alemanes fue dos horas después. Comisiones investigadoras internacionales diseñaron el mapa de los cráteres de las bombas confirmando que pocas cayeron sobre las casas y las otras alrededor del puente. Todos los testimonios concuerdan en que al término del bombardeo (no hubo disparos de metralla sobre civiles como algunos fabulan) Guernica estaba en pie y sólo el 10 por ciento de las casas había sido dañado. Algunas de esas casas, sin embargo, ardían: el retraso de la llegada de los bomberos de Bilbao, el hecho que la arquitectura tradicional fuese de madera, un fuerte viento, favorecieron un incendio que convirtió en hoguera el 70 por ciento de la ciudad. Los mismos habitantes la emprendieron contra los soldados del ejército "rojo" que se distinguieron por su inercia. Incluso los bomberos regresaron prestamente a la ciudad con el pretexto que era ya inútil cualquier esfuerzo y que tenían otras cosas que hacer.

    En cuanto a los muertos: el día anterior la aviación italiana había bombardeado la vecina ciudad de Durango, causando casi unos 200 muertos (y causará miles en las incursiones del año siguiente sobre Barcelona y miles causaron los "rojos" sobre Zaragoza). En Guernica, no sólo Pío Moa sino muchos historiadores antes que él, han investigado de todos los modos posibles, verificando todas las cifras. Es ya seguro y confirmado por los registros comunales, que la suma total de fallecidos es de 102 (muchos de ellos militares) o, cuanto más, 120 según otros registros; y los heridos no pasaron de 30. Estamos, pues, ante cifras 14 veces menores de los 1650 muertos y de los 800 heridos de la "vulgata" repetida por el Touring Club, como por todos, en todo el mundo. Hace notar Moa que "es impresionante ver como de un evento, por cierto doloroso pero para nada extraordinario en una guerra que cobró casi un millón de muertos, se haya logrado fabricar uno de los mitos internacionales más fuertes e impenetrables a la crítica". En aquellos tres años terribles, infinidad de episodios fueron mucho más trágicos, pero en Guernica la propaganda, unida al indudable talento de Picasso, acabó en un capolavoro que aún no ha agotado su vigor.