Lo global como destino

Alfredo Amestoy

vistazoalaprensa.com

Juan Pablo II y Juan Carlos I son los dos Jefes de Estado, católicos, que más tiempo llevan en su cargo. Este hecho es motivo de satisfacción, sobre todo, para los católicos españoles.
El católico español es más católico que apostólico y romano. Y es más católico porque es más “universal”. Un católico italiano podrá ser más “romano” pero menos “católico” que un español porque Italia, a pesar de haber conocido, casi inventado, la idea y el ámbito del Imperio, no ha tenido un Imperio “universal”. Tan universal que era cierto que en nuestros dominios “no se ponía el sol”.
Sin embargo, la “catolicidad”, aún siendo anterior, supera a la “universalidad” en amplitud de espacio y en “amplitud de miras”. Y es curioso que alguien, como José Antonio Primo de Rivera, tan obsesionado con “lo universal”- por representar lo total, lo integral-, en sus últimos días, sin traicionar el silogismo, modifica su enunciado y prefiere referirse a la “catolicidad”.
Si este año se conmemora el centenario del nacimiento del fundador de Falange Española, en estos días se recuerda la fecha de su muerte, el 20 de noviembre de l936, en la cárcel de Alicante. Es allí donde más preocupado que por su propia vida, que sabe va a perder, se dedica a reflexionar sobre “la entraña religiosa de la crisis”, en palabras de su biógrafo Stanley G.Payne.
La “crisis” era la crisis de España que ya había iniciado una guerra que aún duraría treinta meses más.
Payne resume e interpreta el diagnóstico joseantoniano: “La solución filosófica y espiritual se encontraba en la “unidad católica” que había alcanzado un sentido total de la vida religiosa en la Edad Media; es decir, ni sacrificio del individuo a la colectividad ni disolución de la colectividad en individuos, sino síntesis del destino individual y el colectivo en una armonía superior, a la que uno y otro sirven”.

UN DESTINO COMÚN

No era la primera vez que se formulaba en el siglo XX la noción de un destino común donde coincidieran el destino individual y colectivo.
Releyendo hace poco “La muerte en Venecia”, tropecé con una afirmación de Thomas Mann, que, por el cuándo y el cómo la expresa, quiso enfatizar especialmente. Dice así: “Ha de existir una secreta afinidad, cierta armonía incluso, entre el destino personal y el destino universal de una generación”.
Es sorprendente que Mann y José Antonio utilicen no sólo el mismo concepto de “destino universal” sino la palabra “armonía” para superar el término “síntesis”, en el caso de José Antonio, y el de “afinidad”, en el de Thomas Mann.
Si Mann se refiere a una generación, que marcaría el colectivo temporal, estacional, José Antonio encuentra algo más: un universo “espacial”. Primo de Rivera había escrito: “La Patria es, cabalmente, lo que une y diferencia en lo universal el destino de todo un pueblo; es como decimos nosotros siempre, una unidad de destino en lo universal. La nación no es una entidad física individualizada por sus accidentes orográficos, étnicos o lingüísticos, sino una entidad histórica diferenciada de los demás en lo universal por su propia unidad de destino”.
Todo esto puede parecer música celestial. Y lo es. Como es sabido que no corren buenos tiempos para la lírica. Pero la cuestión, miren por dónde, se ha actualizado de pronto gracias a la “globalización”. Y no sólo Mann y José Antonio, también Vasconcelos y toda su teoría de la “raza cósmica” recobran la vigencia.
El mejicano José Vanconcelos, no tan antiguo, puesto que nació en el siglo XIX pero murió en l960, con varios satélites artificiales en el espacio, lamentaba que “nos ufanamos de un patriotismo exclusivamente nacional y ni siquiera advertimos los peligros que amenazan a nuestra raza en conjunto. Nos negamos los unos a los otros…Nos mantenemos celosamente independientes respecto a nosotros mismos. Nos ufanamos cada uno de nuestro humilde trapo…y no advertimos el contraste de la unidad sajona frente a la anarquía y soledad de los escudos iberoamericanos”.
José Antonio subrayaba más aún este criterio: “sin la presencia de un destino común, todo se disuelve en sabores locales. Un pueblo no es una nación por ninguna suerte de justificaciones físicas, colores o sabores locales sino por ser otro en lo universal”.

LO AUTÓCTONO EN LO GLOBAL

A un pueblo como el nuestro, y a una comunidad como la hispana, tan singulares – muy acertadamente el propio Vasconcelos dice que “una carencia de pensamiento creador y un exceso de afán crítico que, por cierto tomamos prestado de otras culturas, lleva a discusiones estériles-, nos va a resultar difícil compaginar lo global y lo particular. Será muy interesante este proceso en que habrá que renunciar a los atavismos sin perder lo autóctono. Porque a diferencia de otros pueblos nuestro valor es universal pero no común y reacio a colectivizarse. Tenemos una personalidad poco permeable tanto para la recepción como para la emisión y la transferencia.
Somerset Maugham , que a mi juicio supera a todos los hispanistas que han presumido de mejor conocernos en el siglo XX – y he tratado personalmente desde Hemingway a Gerald Brenan -, en la última página de su “Don Fernando” hace el análisis más certero, y encomiástico, que uno haya leído sobre los españoles:
“En las artes los españoles nada han inventado. No han aportado gran cosa en lo que han producido sino que se han limitado a dar un color local a lo que han traído de fuera. Su literatura no ha sido de primera fila; también pretendieron pintar como los maestros extranjeros, pero incapaces discípulos, han dado a luz a un solo gran pintor de primerísima clase; y en cuanto a la arquitectura la tomaron prestada de los moros, de los franceses y de los italianos y sus trabajos fueron mejores cuando apenas se alejaron de sus modelos. Su superioridad ha sido grande pero cuando ha sido orientada en otra dirección: ha sido una superioridad de carácter. En esto es en lo que los españoles no han sido superados por nadie y sólo igualados por los antiguos romanos”.
Somerset Maugham no se para en barras y nos dedica el más alto elogio que e puede dedicar a una estirpe: “Parece como si toda la energía, toda la originalidad de esta vigorosa raza ha sido dedicada a un fin y sólo a uno: la construcción de un hombre. No es en arte alguno en lo que han sobresalido los españoles; los españoles han triunfado en algo que es más grande que el arte: en la forja del hombre, que es quien tiene la última palabra”.
Lejos de cualquier “chauvinismo”, testimonios como el que acabamos de reproducir avalan las exaltaciones joseantonianas del “hombre como portador de valores eternos” o la necesidad de creer en la patria como “unidad de destino en lo universal”.
José Antonio estaba condicionado y aleccionado por lo español y por lo católico. Cuando Stanley G. Payne se rinde no sólo ante el testamento de José Antonio redactado en la cárcel de Alicante, sino también ante sus últimos escritos, tiene motivos porque José Antonio está “convirtiéndose” al catolicismo más auténtico.
Por ejemplo al decir que “acaso un día vuelva a encenderse sobre Europa unificada la alegría católica”.
Está convirtiéndose al catolicismo, como lo hicieron al fin al de sus días Somerset Maugham y Graham Greene, dos grandes enamorados de España. Detrás del catolicismo está la catolicidad, la mejor universalidad. Ojalá en el catolicismo encuentre la globalidad su mejor destino.