La muerte de José Antonio

Carlos Menéndez de Alba

Licenciado en Derecho

La Nueva España

 

Hace hoy exactamente 67 años moría José Antonio ante un pelotón de fusilamiento. Tenía 33 años. El día 20 de noviembre de 1936, hacia las 6 de la mañana, era despertado Miguel Primo de Rivera para comunicarle que su hermano iba a ser fusilado y que quería verle en su celda. Cuando Miguel llega a la celda de José Antonio lo encuentra en compañía del director de la prisión y varios milicianos armados. Uno de los milicianos les dice que tienen 15 minutos para despedirse. Terminado este plazo, los dos hermanos se abrazan. Miguel ayúdame a morir con dignidad dice en inglés «Help me to die with dignity». Miguel le responde: «reza por todos nosotros». A continuación comienza a vestirse. Chaqueta gris sobre un mozo azul y un abrigo claro. Calza unas alpargatas. Uno de los milicianos le urge para que termine de vestirse. José Antonio le responde «como sólo se muere una vez hay que morir dignamente».

En el patio de la enfermería de la cárcel de Alicante ya está dispuesto el piquete de ejecución, formado por 12 hombres. Seis eran comunistas, pertenecientes al quinto regimiento, y los otros seis milicianos de la FAI. Además estaba presente un pelotón de guardias de asalto mandado por el alférez Juan José González Vázquez, por si fuera necesaria su colaboración.

Sobre las seis y media de la mañana llegaron al patio José Antonio y los otros reos. Dos falangistas y dos carlistas. José Antonio se dirigió al jefe de destacamento, que era un sargento, y le dijo: «Como siempre que se fusila se derrama sangre, yo quisiera que se hiciera desaparecer la que yo vierta para que mi hermano no la viera». A continuación se dirigió al pelotón de ejecución y les preguntó: «¿Son ustedes buenos tiradores?», le respondieron afirmativamente. Luego se desprendió del abrigo arrojándolo lejos, cogió entre sus manos el crucifijo que le había entregado su hermana Carmen y se puso en línea con sus compañeros, los dos falangistas y los dos requetés de Novelda. El sargento dio la orden de disparar. Sonaron doce disparos. El cuerpo de José Antonio se desplomó sin vida. Los cadáveres fueron trasladados en una ambulancia al cementerio de Alicante. Se enterraron en una fosa común sin mortaja ni ataúd. El cadáver de José Antonio recibió el número de orden 22.450 de la fosa común número 5, fila 9.ª cuartel número 12.

José Antonio había muerto. Había muerto con dignidad y había muerto también cristianamente. Cuando José Antonio entra en capilla solicita tres cosas: un confesor, un notario y le permitan despedirse de sus familiares. La comisión de orden público accede a estas peticiones. Será un anciano sacerdote, don José Planelles, también preso que será fusilado nueve días más tarde que José Antonio, el que reciba su última confesión.

Tras el fusilamiento de Primo de Rivera, el comandante militar de Alicante, coronel Sicardo, se hizo cargo de todos los efectos que había en la celda de José Antonio, y se los envió a Indalecio Prieto. Estos objetos estaban en una maleta que contenía varias prendas de ropa interior, un mono, unas gafas, recortes de periódico y varios manuscritos que incluían el testamento de José Antonio. Una copia del mismo fue remitida a los albaceas Raimundo Fernández Cuesta y Ramón Serrano Suñer.

Al iniciarse la guerra hubo varios intentos para liberar a José Antonio. Ya en septiembre Eugenio Montes y Miguel Maura inician desde París las operaciones para canjear a José Antonio. La petición llega a Prieto a través de Sánchez Román. Prieto fija las condiciones del intercambio, 30 presos en manos de los nacionales y el pago de 6 millones de pesetas. Eugenio Montes viaja a Burgos para conseguir la aprobación de los generales de la Junta de Defensa. Mola y Franco dan su conformidad, pero cuando Sánchez Román se pone en contacto con Prieto, éste le informa que el plan resulta imposible porque los anarquistas que controlaban la cárcel no entregarán nunca el prisionero. Eugenio Montes sigue insistiendo y se juega la baza de un canje de José Antonio por un hijo de Largo Caballero, que está preso e incomunicado en Sevilla. Esta operación también fracasa. Se intenta entonces una operación de comandos. Queipo del Llano, a pesar de haber tenido un encuentro físico con José Antonio incluyendo bofetadas y puñetazos, que le costó su expulsión del Ejército donde obtuvo el grado de alférez de complemento, entrega una importante cantidad de dinero para financiar las operaciones de liberación de José Antonio. Varias personalidades se interesan por la suerte de José Antonio. Romanones, Santiago Alba, Chapaprieta y el mismo Alfonso XIII. Todo inútil.

Franco, que desde Salamanca cuando se refiera a José Antonio utiliza la expresión «ese muchacho», hace todo lo posible para salvar a José Antonio.

Se ha especulado mucho sobre lo que podría pasar si José Antonio se presentara en Salamanca. Pero eso es entrar en historia ficción. De todas maneras no hay que olvidar que el jefe del primer partido de la derecha, Gil Robles, y el jefe de los requetés, Fal Conde, tuvieron que exiliarse en Portugal y el sucesor de José Antonio en la Falange, Hedilla, fue condenado a tres penas de muerte que no se hicieron efectivas. Por aquellos días en Salamanca la preocupación mayor era ganar la guerra y esa tarea correspondía a los militares. Franco y los militares eran el poder real. Franco no estaba dispuesto a poner en peligro la unidad militar y civil imprescindibles para ganar la guerra. El general rojo desde el bando contrario echaría siempre de menos esa falta de unidad.

La muerte de José Antonio fue también la muerte de la Falange, porque la Falange era José Antonio. Su actividad política fue muy breve. De 1933, año de la fundación de la Falange, hasta 1936. Sin conocer la España y la política de aquellos años no es posible entender ni comprender a José Antonio. Acudamos a Azaña para hacernos una idea de la situación política en que se encontraba España en marzo del 36: «Hoy nos han quemado Yecla: siete iglesias, seis casas, todos los centros políticos de derechas y el registro de la propiedad. A media tarde incendios en Albacete, Almansa. Ayer, asesinatos en Jumilla. El sábado, Logroño; el viernes, Madrid: tres iglesias. El jueves y el miércoles Vallecas... han apelado a un comandante vestido de uniforme, que no hacía nada. En Ferrol a dos oficiales de artillería; en Logroño acorralaron y encerraron a un general y 4 oficiales. Creo que van más de 200 muertos y heridos desde que se formó el Gobierno y he perdido la cuenta de las poblaciones en que han quemado iglesias». Probablemente la realidad fuera más grave. Sólo había pasado un mes desde las últimas elecciones. Era la primavera trágica que dio paso a la guerra civil y en esa guerra civil José Antonio encontró la muerte. En el aniversario de esa muerte he querido evocar los últimos momentos de su vida, rompiendo el silencio oficial.