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Era el 20 de noviembre de 1936, la escritora Concha Espina, escribía en su diario y se resistía  a creer lo que anunciaba la prensa de Santander; la condena a muerte
de José Antonio

 

"Esclavitud y libertad
Diario de una prisionera
"
 

 

 “Día 20

¿Qué traerá esta aurora tardía y gris, helada? Madrugo con el imponente deseo de saber algo y me muero de frío y de impaciencia. Tarda mucho en amanecer. Por la tarde hay que encender la lámpara. La noche es interminable. Y las inquietudes también.

Vienen los milicianos a cobrarme la contribución de guerra. Ya no actúa con ellos Tano el intelectual, un poco relegado a sus vacas y aparcerías. Tal vez con alguna desilusión en cuanto a los repartos y ganancias. 

¡Pobre gente! Están deshaciendo en sus manos torpes y destructoras la riqueza del país; joyas, reliquias, esculturas, lienzos, palacios. Ya no les queda nada; son tan miserables hoy entre coches ajenos y zamarras señoriles, como ayer más honrados y menos ridículos.

Pero viven tan obcecados, tan ansiosos del maná comunista, que ninguna luz les alumbra la cerrazón de su carrera.

Hoy, sin emisoras, telégrafo, teléfono ni correo con Madrid, la prensa de Santander inventa patrañas a su gusto. Y entre hechos de las invictas armas comunistas, insultos, procacidades y violencias, anuncia que ha sido condenado a muerte José Antonio Primo de rivera en Alicante: a treinta y ocho años de prisión su hermano –no dice el nombre- y a seis la esposa de éste, Margarita Larios. Se refiere a las declaraciones de los procesados de quiénes habla como presentes y recluidos. Y aunque yo supe y creo que están libres desde el comienzo de la revolución, me crispo y trastorno leyendo la seguridad con que se transmite esta lúgubre noticia, como si hoy mismo se pudiera cumplir.

 Día 23:

Hay un hueco tenebroso en mi pobre, en mi raquítico diario; un sitio que únicamente pudo llenarse de terrible sorpresa, sin dar espacio todavía a la indignación, a la angustia, el cariño y la piedad.

Desde los primeros días del Movimiento Nacional, pensé en el jefe creador y alma de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, infamemente apresado en Alicante. Lo mismo que yo pensó en él media España, este pueblo tan suyo como él lo era del verdadero y único pueblo español, la noble Falange que le obedecía y amaba  como a su íntima y mejor tutela en las lides políticas, una innovación redentora en nuestro país.

Entonces se dijo que este hombre privilegiado y excepcional, ya mártir de la gran causa española, había sido libertado y conducido a nuestra zona rebelde en África. Hasta se le oyó hablar por Radio.

Como parecía tan lógica, tan ineludible, no pusimos en duda la libertad de este insigne español, consagrado a España en plena juventud; con toda la inmensa valía de un corazón aguerrido, un cultivado y voluminoso talento y una clara estirpe.

Después de aquella seguridad que tuvimos, el Rumor volvió a decir que desde Sevilla Queipo de Llano daba noticias tranquilizadoras de Primo de Rivera, herido levemente: se supuso que en un lance de guerra.

Había algo nebuloso para mi vivo interés por el jefe y maestro en cuanto de él se decía. Pero una esperanza egoísta y secreta me obligó a creer y confiar.

¡El Rumor!

El rumor es en esta guerra, y para este desierto, un personaje fantástico, un brujo cruel y burlón; es el martirio, la pesadilla, el soplo, el huracán.

Y en este sombrío día 22 que acaba de transcurrir, luego de haber escrito mi página  insignificante, luego de leer el estúpido periódico, descubro en él, por casualidad relegado a una letra menuda, sin epígrafe, un telegrama de Alicante  notificando nada más que el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera; en aquel amanecer y en el patio insolente del presidio.

Y aquí estoy, incrédula todavía, negándome a admitir la espantosa verdad, puesta en las amarguras repentinas de un desánimo que no me sostiene la pluma en el papel  sino mediante un esfuerzo de voluntad desproporcionado a la pequeñez de este monólogo.

No valen todas mis cuartillas enterradas, incoloras y marginales, sin trascendencia, la mínima  porción del sacrificio que trato de hacer para continuarlas.

Ayer quise suspenderlas. No hubiese podido añadirles un renglón. Esta noche las tomo en peso como una penitencia. Iré hilvanándolas, sabe Dios con qué espíritu.  Acaso sin que me abandone  esta duda dolorosa  que hoy no me permite vislumbrar desde mi páramo una claridad benigna para creer en la fidelidad del destino y sentir su firmeza.

Hoy este caos donde habito y sufro es inexorable en mi afán inmenso de conocer y reconstruir dentro de mi corazón las verdades de estos días horribles.

Mientras duren sólo podré anotar hechos o dichos, sin comentarlos, sin ilusiones; desasida por completo del fantasma  “Rumor” que aún pretende acreditar la vida de Primo de Rivera, aún susurra la especie de que fue salvado al comienzo de la rebelión.

Pocas veces en la historia moderna de España se habrá destacado una figura tan singular como la de José Antonio. Todos los galardones del mundo fueron suyos; dados por la suerte y conseguidos por el esfuerzo personal, nunca tan patente y robustecido ni de resultados tan brillantes. La renuncia, la austeridad, la constancia puesta por un carácter firme y señero al servicio de las más exquisitas ambiciones españolas, constituyen  nada mas que el perfil de este hombre tan incomprensiblemente sacrificado. Nada mas que una silueta suya  en la adumbración  de esta página sin vuelos y sin norte.

No se me ocurre ni a cien leguas, el intento aquí de una biografía; ni de una elegía tampoco. Es demasiado intensa la emoción  que cumple ahora sólo un imperativo de la gratitud y la lealtad. Se hubiese malogrado con otra clase de muerte José Antonio y no sería oscuro y pérfido mi dolor al consignarla en la reserva de estos renglones. Quiera Dios que a este hielo duro  que ahora me incapacita  para arder en mis ambiciones se suceda la alcandora de la fe que siempre tuve.

Dicen que me sobra vehemencia y pasión. Puede ser. Lo siento mucho, porque son remanentes que me agobian y me desinteresan de las ganancias materiales. El ímpetu moral, lo que hay de alma y de sentimiento en las cosas, es lo que me sostiene y conduce.

Por eso mis empresas están siempre en peligro: las alas más altivas se doblegan al Imperio del aire. Vivir en las nubes siempre será un riesgo de caer en el polvo.

Y no dejaré nunca de admirar la pericia, el valor y el sacrificio de los ilustres generales que intentan la reconquista de España. Y del arrojo de sus tropas.

Debajo de esta afirmación abro un paréntesis de interrogaciones mudas, una expectativa entre mi estricta conciencia y las realidades que alumbre el tiempo.

Y pongo una cruz clavada en el flanco mas vivo de estas líneas oscuras y tristes, es decir, clavada en la tierra de un recuerdo tan fiel que ninguna ingratitud, ninguna veleidad la podrá sacudir. No hay viento que la dañe donde yo la escondo…”

 
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