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Contra la abulia, el imperativo moral
Hermann Tertsch
ABC

 

 

 

Sostenía Ortega en 1927 que «España es un pueblo morbosamente inerte en vida pública. Es el único europeo que no ha hecho nunca una revolución. […] Yo no quiero –y menos a destiempo, es decir en el siglo XX– una revolución para España. Dejémonos de revolucioncitas. Más, al propio tiempo, notemos con toda claridad el significado grave de su ausencia en el pretérito. Un país sin revoluciones es un pueblo que lleva en el interior demasiados frenos». Lo recuerda José Miguel Ortí Bordás en su nuevo libro Revoluciones imaginarias. Los cambios políticos en la España contemporánea (Ediciones Encuentro 2017). El autor recorre por los dos últimos siglos de la política española para confirmar ese diagnóstico de Angel Ganivet que coincide con Ortega y que describe el padecimiento de los españoles como un «no querer, un estado de indolencia o de abulia colectiva, entendiendo por esta una extinción o debilitamiento grave de la voluntad».

Los españoles hoy también se comportan como una sociedad sin deseo, sin proyecto ni concepto de futuro que anhelar. Lo último que podrían recordar haber deseado colectivamente es el final del terrorismo. Quizás también las primeras elecciones democráticas. Por eso no escandaliza la abulia cósmica del presidente Rajoy. Que nunca ha mostrado interés de esbozar una mínima idea nacional de futuro o proyecto colectivo. Lo suyo es gestionar y solucionar problemas o pretender hacerlo. Salva obstáculos para continuar en la carrera. Eso se entiende por gobernar: el cambalache entre iniciados para preservar intereses propios y solventar cuitas, afrontar cada día con su afán y dejar que lo demás lo resuelven el tiempo y la desmemoria.

 Esa falta de deseo, esa indolencia deriva en esa falsa tolerancia de la que nos jactamos. Que en realidad es solo indiferencia. Por eso se tolera hasta lo intolerable. Los españoles se han acostumbrado a la resignación indolente ante la injusticia y el abuso, venga del poder, del exterior o de su propia sociedad. Eso explica el éxito entre ciertas minorías de españoles de la militancia antiespañola que son los nacionalismos. Adoctrinados a desear, han sido seducidos por una identidad y leyenda que, por falaces y perversas que sean, generan anhelos y voluntad. Aunque su artificio de mentiras produzcan una militancia frívola y huera. Y hasta entre sus mayores fanáticos –se vio en los golpistas de la Generalitat–, la disposición a épica y sacrificio sea ridícula por escasa.

 Hay indicios de que las agresiones y el deterioro de credibilidad y defensas del sistema son tales que hay ahora más que nunca la posibilidad de que la nación española salga de la abulia. Que surja su voluntad para su reafirmación frente a los enemigos declarados. Que sea capaz de desear con fuerza el acabar con tanta ofensa y atropello. A los partidos les da pánico la idea. Intentarán neutralizar esa voluntad a toda costa. Para ellos sería peor que una revolución. En todo caso si algún político demostrara talento de líder, determinación, coraje y profundidad en su visión de futuro podría poner patas arriba el escenario político español. La idea nacional se moviliza por la voluntad colectiva reactiva de acabar con la amenaza territorial que tan cerca nos ha traído ya del enfrentamiento civil. Y poner coto a la liquidación cultural de la presencia española que acometen los separatistas en Cataluna, Valencia, País Vasco, Galicia o Baleares, especialmente con la persecución de la lengua española. Es poderosa la idea de una reconquista de España para liberar a los españoles en esas regiones de la violación sistemática de su derecho fundamental de vivir en su lengua en su patria. Por su libertad. Para muchos puede ser más que una idea poderosa, un imperativo moral.