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Pues claro que ¡A por ellos!
Carmelo Jordá
Libertad Digital

 

 

 

Tanto el bando de los golpistas como el de los divinos equidistantes se han escandalizando porque hay gente que, de una forma espontánea, está despidiendo con banderas y aplausos a los policías y guardias civiles que van a Cataluña.

¡Banderas de España! Intulerapla, como diría el gran Tardá.

Yo entiendo que para algunos –por ejemplo, Jabois– la mera contemplación de una bandera de España les provoque un efecto similar al que causa en los vampiros la visión de un crucifijo. De no ser así igual podrían entender que la gente que siente cierta vinculación con los cuerpos de seguridad lo normal es que lleven banderas de España y no de la URSS o, por poner otro ejemplo, de la Cultural Leonesa.

Pero lo cierto es que en este país parece que uno puede llevar cualquier bandera menos la española, que se supone que es la de todos. Yo, la verdad, les tengo que confesar que no soy muy de banderas, que no las necesito, pero sí tengo que ver manifestaciones con banderas rojas por Madrid y no puedo decir nada porque eso es libertad de expresión, sólo faltaría que la que no se pudiese sacar a la calle fuese la española.

La etérea muchachada equidistante también se nos ha escandalizado porque los manifestantes gritaban "¡A por ellos, a por ellos!", un cántico futbolero que, por lo visto, es otra agresión intulerapla. No como el himno catalán, que promete buenos golpes de hoz y anima a afilar bien las herramientas, pero debe de ser para buscar setas, porque Cataluña es el paraíso de la no violencia.

Además, ¿qué esperan que se le cante a la Guardia Civil, el himno al diálogo con letra de Gemma Nierga? A por ellos, claro que sí: la gente despide a los que van a defender la Ley y les anima a perseguir a los que la están quebrantando, a los que quieren romper el país que sienten como propio, a los que se hacen fotos con Otegi y reciben el apoyo de los asesinos de ETA, a los que marginan a una familia por un delito tan terrible como pedir que sus hijos estudien un poquito de español, a los que día a día les obsequian con la arrogancia y el sentimiento de superioridad de los xenófobos…

Pero aquí todo el mundo tiene derecho a cantar lo que sea –¿se acuerdan del Kichi y Teresa Rodríguez prometiendo visitas con dinamita?–, siempre que la canción no alcance a molestarles a ellos, allí en su divina nube a mitad de camino entre la ley y el delito, por encima de los que se sienten españoles, y comprensivos, cuando no cariñosos, con los que odian todo lo español.

Pues cuidado, divino equidistante, porque llega el día –si se lo han hecho a Serrat se lo pueden hacer a cualquiera– en el que ya no puedes seguir de perfil ante las barbaridades, o en el que simplemente te tropiezas y, mala suerte, resulta que caes de la nube y te conviertes, tú, en el facha. Y ese día, Dios no permita que lo veamos, será precisamente la Guardia Civil la que te proteja, y puede que seas tú el que diga "¡A por ellos!" antes de encajar los buenos golpes de las hoces, como le pedías a los demás que hicieran.