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Lo ridículamente correcto
Santiago Martín
ABC
 

 

   

 

Gramsci, el ideólogo y fundador del partido comunista italiano, aconsejó a los suyos que se introdujeran preferentemente en dos ámbitos de la sociedad: la educación —incluido todo lo referente a la cultura— y la justicia. Lo primero porque, según él («Cuadernos de la cárcel»), las clases opresoras someten al proletariado a través de un lenguaje específico. Lo segundo porque, a través de jueces afines al partido, podían acosar y destruir moralmente a sus oponentes políticos. Gramsci es, pues, el «inventor» de lo que hoy llamamos «políticamente correcto»: un lenguaje específico que se utiliza para determinar qué se puede decir, quién lo puede decir y dónde se puede decir.

 

El que no se somete a esta dictadura, es inmediatamente descalificado —«facha», «racista», «homófobo» y más recientemente «islamófobo»— e incluso es condenado por esos jueces afines, que no tienen ningún pudor en mostrar sus preferencias saltando luego a la política partidista, sin que eso arroje ninguna sombra de duda sobre las sentencias que han dictado antes.

 

Lo «políticamente correcto» es una de las tiranías que la izquierda utiliza para controlar la sociedad. Como su primer objetivo no es ayudar a los «parias de la tierra» sino acabar con la Iglesia, se han dedicado a proteger a los musulmanes, con la esperanza de perjudicar a los católicos, además de tener entre ellos un nutrido caladero de votos. Como dominan la cultura, han logrado que incluso gente que no es de su línea política, se pliegue a sus deseos.

Es puro miedo. Miedo a los musulmanes radicales y miedo a no ser políticamente correctos y que los llamen «islamófobos». El resultado es el esperpento que ha estado a punto de tener lugar en el Liceo de Barcelona. En julio se dio la orden de que, al representar la ópera de Rossini «El viaje a Reims», la palabra «cruz» fuera sustituida por la palabra «amor». La denuncia de la cantante, Irina Lungo, lamentando que deba decir «el amor brillará», en lugar del original «la cruz brillará», y la presión recibida al saberse lo que iban a hacer, les ha hecho desistir de sus planes. Censurar a Rossini porque no es políticamente correcto, no es más que la consecuencia de la ridícula dictadura cultural a la que la mayoría se ha sometido.