Conócenos

 

¿Dónde estamos?

Asóciate

 
 

Hemos leído/

 

 

Carta abierta a todos los joseantonianos
Gonzalo Cerezo Barredo
(Circula por las redes sociales)

 

A ti fiel camarada que padeces

el cerco del olvido atormentado [...]

Pon arriba tus ojos, siempre arriba

Ángel María Pascual

 

¿Tu verdad? No. La verdad.

Y ven conmigo a buscarla, La tuya guárdatela.

Antonio Machado

 

 Juro aceptar la Santa Hermandad

de la Falange y deponer toda

diferencia…

(Del Juramento de la Falange)

 

Esta es una invocación a la unidad. Por mi propia cuenta y sin que ninguna representación me asista. Soy un simple joseantoniano de filas y por tanto con el mismo derecho que cualquier otro a reclamar lo que no tenemos.

Una carta dirigida a todos. En especial a los que se sienten solidarios y concernidos por el soneto inagotable de Ángel María Pascual. A todos, sí. Tres citas previas para encabezar esta carta tal vez sean demasiadas, pero ninguna sobra y ahí se quedan.

Menudean  en  estos  tiempos  las  voces  que  en  libros,  artículos,  estudios  o comentarios diversos se refieren a José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange, fusilado tras un juicio formulario en el patio de la prisión provincial de Alicante, el 20 de noviembre de 1936. No deja de sorprender que después de 81 años todavía se siga hablando de su persona.

Incluso para bien.

Apenas tuvo tiempo de ejercer la vida política y transmitir un corpus ideológico doctrinalmente  estructurado.  En  rigor,  en  una  historia  general  de  España  que  no sobrepasara la Guerra Civil, -en la que él no pudo participar- su breve tránsito por la II República no daría para mucho más de una decena de párrafos y alguna nota a pie de página. Es una insólita paradoja el que su figura política surja después de terminada la guerra y se consolide en la larga etapa franquista.

Especular es gratis y de nada sirve imaginar un futuro que nunca fue. Cabe preguntarse de todos modos, como había transcurrido la historia, aún ganando Franco, si éste no hubiera tomado la decisión de adoptar -con todas las reservas que se quiera- la presunta doctrina falangista como inspiradora ideológica de su gobierno. En cualquiera de las alternativas posibles aquélla, sencillamente, habría desaparecido (1). 

Especular es gratis y de nada sirve imaginar un futuro que nunca fue. Cabe preguntarse, de todos modos, cómo había transcurrido la historia, aun ganando Franco, si éste no hubiera tomado la decisión de adoptar -con todas las reservas que se quiera- la presunta doctrina falangista como inspiradora ideológica de su gobierno. En cualquiera de las alternativas posibles aquélla, sencillamente, habría desaparSi hoy seguimos hablando de José Antonio y de su obra es porque los niños del Régimen fuimos educados velis nolis en los textos (conocidos) de José Antonio y sus interpretaciones más o menos oficiosas.

Sin “las obras” de José Antonio y la infatigable tarea de reconciliación nacional llevada a cabo por el Frente de Juventudes y la Sección Femenina, ¿qué habría pasado con sus ideas?

Cuantos hoy le recordamos y tratamos de imaginar cómo habría evolucionado su pensamiento a lo largo de estos años convulsos y de imprevisibles mudanzas, seríamos -en el mejor de los casos- exhumadores de un pasado de improbable proyección en la historia posible del mundo y de España sin él.

Esto que digo puede resultar escandaloso y de hecho lo es, si consideramos el particularismo, el aislamiento y la falta de cooperación existente entre las variadas organizaciones con que contamos consagradas, todavía, al recuerdo de José Antonio o a la improbable tarea de recuperar la Falange. Es simplemente asombroso. El escándalo es mayúsculo. No es preciso dar nombres. Cada cual sabe a qué capilla pertenece y quién es su capellán.

Una a una probablemente todas realizan una función estimable desgraciadamente poco conocida: ¿hasta qué punto es eficaz su esfuerzo, sin coordinación ni sinergias apreciables?

Ya sabemos que Madrid es el ombligo de España y los que en la capital residimos no solemos mirar más allá del nuestro. Resulta increíble, pero la situación se repite por todo el territorio nacional, donde pequeños grupúsculos sobreviven en desoladora orfandad, precaria existencia e inagotable entusiasmo. Más increíblemente aún, nos encontramos añorantes joseantonianos en lugares tan dispares como Buenos Aires, México, Filipinas, Guinea Ecuatorial, Japón… A todos estos inesperados seguidores de José Antonio va también dirigida esta carta abierta.

Bien pudiera ser una carta de amor desesperada.... Pero no. Sin esperanza jamás la escribiría. Ahora sí, nace de la frustración.

Es una larga historia de desencuentros impermeable a toda invocación a la unidad. Y al sentido común. Nada infrecuente en la tierra “por donde vaga errante la sombra de Caín”. Una ominosa sombra que persiguió a José Antonio y a la Falange desde su mismo origen. ¿Es nuestro fatal destino?

Francisco Franco lo resolvió por decreto. De nada sirvió. La Falange lo aceptó tan sólo tras una dolorosa escisión. Duró lo que duró. O sea, poco.

Integrada en el “Movimiento” siempre, hasta hoy, ha permanecido dentro y fuera de las estructuras oficialistas un núcleo duro resistente a la disolución de la Falange de José Antonio en el magma decolorado del Movimiento Nacional y a renunciar a su ideal revolucionario.

A todos los efectos políticos reales, hemos de aceptar, nos guste o no nos guste y sin embargo, que la Falange de José Antonio murió con el propio José Antonio y que todo lo que vino después es otra cosa.

Más o menos la historia es conocida así que no vamos a hurgar en sus heridas abiertas todavía. La carta es una invocación a la unidad. Una más. Ojalá fuera la última y sirviera para algo.


Una  inexcusable  exigencia  moral  me  impulsa  a  remitirla  a  tantos  anónimos destinatarios. Y algún motivo hay para ello.

Desde   hace   años   asisto   a   diversas   convocatorias   promovidas   por   ilustres camaradas a quienes me unen estrechos vínculos de amistad y admiración. En todos los casos he sentido la misma desazón. En realidad, casi unánimemente compartida. La preocupación es acuciante… ¿Por qué estamos aquí los que estamos y no estamos todos los que somos?

Sin dejar de recordar a los que ya nos han dejado para siempre y al margen de quienes por las causas que fueren no podían acudir, ¿de verdad quedamos tan pocos y tan insignificantes?

Pues sí y no. Marchamos separados por caminos paralelos (o divergentes) pero no somos tan pocos. Ni tan insignificantes.

En esas ocasiones -no necesariamente en las mismas- hemos coincidido catedráticos, médicos, juristas renombrados, economistas, ingenieros, arquitectos, pintores, toreros -alguno de ilustre dinastía-, deportistas, empresarios, profesionales, diplomáticos, poetas, narradores y periodistas estelares de radio y televisión, actores, productores, cineastas delante y detrás de las cámaras...

Y políticos, naturalmente.

De antes de la transición o del postfranquismo. Altos cargos de diferentes gobiernos, alguno de inmarchitable recuerdo que acaba de dejarnos.

Menos visibles, pero ahí están, miembros distinguidos de la Iglesia y de las Fuerzas Armadas y Cuerpos de Seguridad del Estado, felizmente alejados de la actividad política.

¿Alejados, olvidados, indiferentes, desencantados? Tal vez. Tampoco faltan quienes estuvieron en su día a nuestro lado y ahora se acogen bajo distintas banderas. No siempre porque han olvidado sus viejos ideales: algunos porque -reconozcámoslo- despertados del sueño de una revolución siempre pendiente, han creído servirlo mejor en otros campamentos. No pocos, llevados de una ambición política tempranamente sembrada en los  nuestros,  prefirieron  subir  por  el  ascensor  cansados  de  esperar  en  la  escalera. Bastantes se encuentran desalentados por recibir incomprensión donde buscaban acogida. No  faltan  quienes  descubrieron  en  su  momento  otra  sincera  vocación  apartada  de  la política. En fin. Podríamos seguir así explorando el yacimiento de nuestras esperanzas. Aún encontraríamos alguna que otra especie a extinguir.

El paisaje social de nuestros días está “contaminado” por los gérmenes ideológicos del siglo de las ideologías, aunque asistimos perplejos y dubitativos a su inexorable decadencia.

Nuestra guerra y la posguerra europea, que la siguió casi inmediatamente, nos han dejado  a  todos  los  europeos  una  convicción  unánime:  nunca  más  otras  guerras fratricidas.

El tiempo no pasa en vano, sin embargo. La fatiga de los materiales afecta también a las ideologías. Incapaces de configurar las perentorias demandas de un tiempo nuevo, no escasean quienes, a falta de otra cosa, se aprestan a ajustar el retrovisor. El horizonte se llena a derecha e izquierda de aguerridos descubridores de mediterráneos ideológicos.

En el mercado outlet de las ideas se encuentran, confusamente mezclados, Marx y Keynes, Perón y Mao, la Escuela de Frankfurt y la Escuela de Chicago, Fidel Castro y Kemal Ataturk, Gadafi y Maduro, Hitler y Mahatma Gandhi, mayo del 68 y el 15-M, Fichte y Puigdemont…

Y lo que es más sorprendente: José Antonio Primo de Rivera, un mito llamado José Antonio, autor de unas presuntas obras (in)completas, poco leídas y menos estudiadas por las últimas generaciones que, no obstante, citan de oído ideas y algunas frases enteras, sin saber, la mayor parte de las veces, que le pertenecen.

Jamás querrá reconocerse, pero si la voluntad de renunciar a la guerra para resolver nuestros conflictos, la solidaridad entre los hombres y los pueblos de España, y la conquista irrenunciable de una justicia social para todos, forman parte del acervo ideológico de los españoles de nuestro tiempo, debemos buscar sus fuentes en José Antonio Primo de Rivera.

Son justamente el eje medular de su legado, transmitido hasta nosotros, sin proponérselo, por el régimen de Franco, mal que les pese a los propagadores de la (post) memoria histórica.

No solo. Es evidente que hay otras fuentes. Admitámoslo. No hay fronteras para la circulación del pensamiento y otras influencias las han atravesado.

Quiénes  afrontamos  el  vertiginoso  cambio  sin  renunciar  a  nuestros  ensueños, éramos víctimas igualmente de aquella epidemia de orfandades.

Teníamos, sí, repletos los anaqueles de nuestras respectivas bibliotecas de textos de, sobre, para, por, con José Antonio. A medida que crecíamos también crecía nuestra capacidad crítica y de reflexión. Nos hacíamos viejos…

Y también nuestra mirada. En definitiva, confrontamos la realidad con otros ojos. Las ideas que fueron válidas para la hora en que se pensaron perdían su frescura y no resistían ya el transcurso del tiempo.

¿Es que el pensamiento de José Antonio había quedado fosilizado? ¿No encontraríamos en él las coordenadas válidas para diseñar un nuevo futuro?

Grave cuestión es ésta a la que es imperativo encontrar respuesta.

Enunciémosla de otro modo: ¿es José Antonio una reliquia mitificada e intocable del pasado? ¿Tiene  algo  que  ofrecernos  en  el  presente  y  proyectarse  hacia  el  futuro?

¿Permanece quizá anclado en el tiempo? ¿Es piedra o árbol crecedero? ¿Contiene en sí mismo la semilla germinal de otros futuros deseables?

Han  pasado  casi  ochenta  y  cuatro  años  desde  el  acto  inicial  del  Teatro  de  la Comedia el 29 de octubre de 1933. En todos estos años no hemos dispuesto de unas obras completas dignas de ese nombre, hasta que Plataforma 2003 editó la primera y hasta ahora única edición de todos los textos recopilados de José Antonio Primo de Rivera. Es una verdadera edición príncipe imprescindible para conocer el ideario político final José Antonio. Por desgracia, quienes le trataron en vida y conocieron la génesis de su pensamiento no nos han dejado ni un solo texto que sistematice las ideas que iban brotando al hilo de los acontecimientos, lecturas y contactos personales. Una realidad que sin duda no escaparía a su avezada perspectiva de orteguiano espectador e inevitablemente dejaría huella en su curso intelectual.

Por supuesto, contamos con obras y autores muy importantes de su generación y posteriores que han profundizado en aspectos parciales, aunque, a decir verdad, no es excesiva y abundan más en su biografía que en la evolución de su pensamiento. Biografías buenas, malas y regulares pero insuficientes. Sabemos (casi) todo, de sus circunstancias familiares, estudios, maestros, amigos, aficiones, amores y amoríos, testimonios de admiradores adversarios y/o coetáneos, pero (casi) nada que trate de desarrollar las claves de su pensamiento abiertas al incierto presente y el inescrutable futuro válidas para las actuales generaciones que han de construirlo.

Que yo sepa, a día de hoy sólo hay una persona que está intentando superar esta carencia.

He procurado a lo largo (demasiado tal vez) de esta carta no dar nombres. Es imprescindible ahora quebrantar esa norma. Sería absolutamente injusto no citar aquí el esfuerzo titánico -no se me ocurre otra calificación más adecuada- de Jaime Suárez, secretario general de Plataforma 2003, para llenar este vacío.

Su obra será fundamental para cualquiera que pretenda estudiar la asignatura pendiente  de  José  Antonio:  génesis,  circunstancia  generacional,  evolución  y  desarrollo desde la perspectiva de nuestro tiempo, sus fundamentos ideológicos, limpios de toda adherencia temporal -hoy discutible- proyectado todo ello hacia un más amplio horizonte hispánico y por ello, diría sin temor a malinterpretar al autor, universal. Es decir: basado en valores permanentes.

Lo que a mí me parece que es aún mucho más importante, reflexiona audazmente y sin complejos, con el absoluto rigor que le caracteriza y agudo sentido de futuro, en lo que éste pueda tener de previsible a la luz del pensamiento actual.

Esta obra, todavía inconclusa, que Jaime va escribiendo con su enorme capacidad de trabajo, sin tener en cuenta ni la edad ni sus limitaciones físicas, se está divulgando por Internet en los cursos organizados por Plataforma 2003 y debo añadir que está alcanzando por las redes sociales insospechada difusión nacional e internacional.

Bien. Hasta aquí la larga exposición de motivos de esta carta que no tendría ningún sentido si no acabara exhortando a la siempre añorada unidad de todos los que nos recabamos joseantonianos. Quien la escribe no tiene mayor autoridad que cualquier otro para promover ninguna iniciativa.

No me corresponde por tanto decir el qué, cómo ni cuándo hay que acometer esa inexcusable unión de voluntades.

La figura de José Antonio es lo suficientemente grande para acogernos a todos. Nadie tiene el derecho a erigirse en su albacea o legítimo heredero. Es un patrimonio común de todos los españoles. Yo diría incluso más; de todos los que pertenecen al ámbito cultural iberoamericano.

Por suerte o por desgracia -me atrevo a decir que por suerte- no existe un canon joseantoniano. Su pensamiento quedó inacabado y abierto para siempre. Nadie puede cerrarlo ni reclamar la exclusiva de una interpretación ortodoxa o definitiva. Se encuentra disponible para cualquier interpretación siempre que ésta se atenga a sus principios inalterables: la unidad indisoluble de España, el sentido religioso de la vida y la concepción del hombre como portador de derechos eternos.

No pido la adhesión de ningún abajofirmante. Sí me gustaría saber si alguien comparte esta ambiciosa aspiración. Tengo la firme esperanza de que muchos más de los que podríamos creer. A todos un abrazo muy fuerte.

 

Madrid, 12 de junio de 2017

 

(1) Curiosamente en el número 27 de enero/julio de 2012 la revista Historia y política editada por UCM, CEPC y UNED, dedica un amplio estudio a la Política falangista en los años 40 y 50 (sic) que firman con sendos trabajos los profesores universitarios Zira Box, Ismael Saz, Nicolás Sesma, Miguel Martorell y Toni Morant i Ariño. Si bien rigurosos en el enfoque, son manifiestamente mejorables en la escasa bibliografía manejada y discutible, como siempre, en las tesis.