José Antonio visto por los jóvenes

 

Manuel Parra Celaya

Cuadernos de Encuentro

La razón de un título

Con motivo del centenario del nacimiento de José Antonio Primo de Rivera (1903-2003) se está realizando un interesantísimo trabajo de profundización en su figura y en su obra, pero no deja de acometerme la duda de si el resultado global no corresponde más a un prurito de investigador que a una exigencia histórica.

Por otra parte, el título de esta colaboración hará posiblemente enarcar las cejas, en gesto de sorpresa, al paciente lector. Pero, ¿conocen los jóvenes de hoy a José Antonio?, se preguntará al instante; porque no hablamos de esas tres generaciones que –como dice el profesor Enrique de Aguinaga- se sintieron «atraídas y movilizadas por su nombre», sino de los jóvenes de nuestros días, los que han experimentado la ESO, desde un punto de vista escolar, y están experimentando ahora la vida, desde un punto de vista existencial.

Hablar de «juventud» o de «jóvenes» se me antoja una generalización algo absurda, y soy amigo de las matizaciones; por ello, hablemos, de entrada, de algunos segmentos de juventud:

Pero esta clasificación es insuficiente, en tanto que atiende exclusivamente a un conocimiento, a una información sobre un personaje histórico. Debería completarse con otra que atendiera al talante ante una sociedad, ante un mundo en que ha tocado vivir, independientemente de si han oído hablar, bien o mal, poco o mucho o nada, de José Antonio Primo de Rivera; así, podríamos hablar de dos grupos:

Al llegar a este punto, me permitiré invertir el título del artículo y darle un valor de potencialidad. ¿Qué aspectos de José Antonio pueden ser interesantes a los jóvenes de hoy que demuestran cierta inquietud intelectual y cierta dosis de compromiso? O, con carácter más activo, ¿qué aspectos de José Antonio pueden acercarlo a estos jóvenes del año 2003?

Me contesto a mí mismo que son muchos los aspectos, tanto personales y biográficos como históricos e ideológicos, que pueden interesar a numerosos jóvenes de hoy.

 La renuncia y el testimonio

Si yo fuera ese joven estudiante y voluntario de hoy, me haría una primera pregunta: ¿no era un «hijo de papá» (o un «pijo» en ese modismo no exento de gracia)?

José Antonio nace en el seno de una familia aristocrática; su padre, el general D. Miguel Primo de Rivera, es Marqués de Estella y llegará a ser el Presidente del Directorio Militar; es un alumno de Bachillerato normal (con un expediente no excesivamente brillante) y afiliado a los Exploradores de España. A los 14 años empieza la carrera de Derecho y, para tener algún dinero para sus gastos, lleva la correspondencia en inglés de la casa de automóviles Mc Farland. A los 19 años es Licenciado y a los 20 Doctor; mientras espera la edad de colegiarse como abogado, cumple su servicio militar como soldado voluntario, sin ninguna recomendación de su padre y llega a ser Alférez de Complemento. Abre su propio bufete después y trabaja intensamente en su profesión, que le apasiona. Estudio, trabajo profesional y lectura son, pues, sus objetivos, poniendo «buen cuidado en no mezclarse en ninguna actividad política durante la Dictadura», como recuerda el profesor Stanley G. Payne.

Claro que sus amistades provendrían de la «buena sociedad», y no sería extraña la presencia de «pijos» entre ellos. ¿Tuvo éxito entre las chicas? Posiblemente, a pesar de su naturaleza tímida.

El paso al frente en política obedece a un dictado ético y familiar; defender la memoria de su padre. Y entonces empieza una serie de renuncias personales dolorosas: a su vocación intelectual, a sus libros, a su entrega a la profesión, «porque sube demasiado ruido de la calle» y no es lícito encerrarse en una «torre de marfil»; renuncia, por supuesto, a las ventajas que le podría haber proporcionado un apellido como el suyo; renuncia a ideas preconcebidas, en búsqueda de nuevos caminos políticos hasta llegar a sus elaboraciones revolucionarias del período 35-36; renuncia a la vida cómoda y plácida, para ser consecuente con su responsabilidad política (dicen que exclamó: «¡Este ha sido el último acto frívolo de mi vida!», cuando le comunicaron el asesinato del joven Matías Montero en el seno de una fiesta social). José Antonio es un testimonio vivo de lo que proclama, superando sus momentos de duda, sus vacilaciones, sus tentaciones a arrojar la toalla ante las dificultades... Es consecuente hasta el momento supremo de la muerte, ante la que no hace ningún gesto romántico, «porque nunca es alegre morir a mi edad».

La trayectoria vital de José Antonio puede definirse, pues, como una constante renuncia personal, ya no de privilegios sino de elementales derechos (a una vida familiar, a una vocación, a una profesión, a una vida afectiva, a la tranquilidad del estudio y de la cultura...), para ser consecuente con lo que entiende es su misión. Sus antiguos amigos debieron sentirse escandalizados cuando escribió: «A Falange Española no le interesa nada, como tipo social, el señorito. El señorito es la degeneración del “señor” [...] que era capaz de renunciar, esto es, de dimitir privilegios, comodidades y placeres en homenaje a una alta idea de servicio».

¿Qué pueden pensar de esta actitud los jóvenes de hoy? Especialmente aquellos que no se acercan ni militan en partidos y sindicatos, quienes desconfían sistemáticamente de las instituciones, no por «pasotismo» sino por desprecio; los que se oponen al orden injusto mundial y buscan una «justicia desordenada», a riesgo de caer en manos de demagogos... Seguro que no lo calificarían de «pijo», y llegarían a entender a este José Antonio que les ha sido escamoteado, disfrazado o tergiversado.

La búsqueda de la armonía

La actitud personal de José Antonio está en consonancia con su proyecto ideológico, ya que el punto de partida está en dos claros conceptos orteguianos: el servicio y la misión. Un compromiso personal responde, por una parte, a su concepción religiosa y trascendente del hombre, que ha sido creado por Dios «para», no simplemente por una casualidad sin sentido; pero el hombre es persona, esto es, ser social, y, junto a su proyecto individual tendente a la Vida Eterna, tiene un proyecto exigente de mejorar el mundo terrenal; algo así como el «buscad el reino de Dios y su justicia», de San Pablo.

El joven José Antonio se asoma al mundo que le ha tocado vivir, con el bagaje claro de su dimensión trascendente y de su misión personal como ser humano, y, en su pensamiento, va trazando progresivamente una «síntesis dialéctica» de diferentes planteamientos a los que se asoma, no como mero ejercicio intelectual sino como búsqueda de una alternativa que pueda mejorar el mundo que le ha tocado en suerte.

Esta síntesis busca la armonía, esto es, la superación del caos que una mente joven puede advertir, a poco que piense y sienta, en el mundo de aquellos años... y de los nuestros:

¿Puede servir de algo este planteamiento al joven de hoy?

¿Como alternativa al nihilismo de la Nueva Acracia o al existencialismo sin respuesta?

¿Puede ser útil a quienes, lógicamente, ansían una España moderna, pero se resisten a que no la reconozca «ni la madre que la parió»?

¿Acaso como motivo de reflexión a quienes no creen en el «fin de la Historia» y utilizan, como atributos propios de la juventud, «una imaginación intelectiva y una inteligencia transformadora»» (Muñoz Alonso).

¿Es válida para los que se ahogan entre los particularismos étnicos o lingüísticos y un alicorto «patriotismo constitucional»?.

 Lo que va de ayer a hoy...

Claro que se ha hecho tópico afirmar que el mundo de José Antonio no tiene nada que ver con el de hoy en día. ¡Cómo iba José Antonio a predecir una guerra mundial y sus resultados, una revolución tecnológica imparable, una estrepitosa caída del «telón» Este-Oeste y la apertura de otro Norte-Sur, entre otras cosas!

En su momento histórico, ve la necesidad de establecer un puente entre los valores salvables del mundo viejo y los gérmenes positivos de un mundo que parecía avecinarse como implacable «invasión de los bárbaros»; por ello, proponía adelantarse a la «invasión» y hacer propios los elementos de justicia necesarios para transformar el orden injusto.

Sin embargo, nunca como hoy se ha hecho patente un orden -mejor, un desorden- tan injusto de la Humanidad; constituyen cada vez más legión quienes buscan una «justicia desordenada»: los movimientos «antiglobalización» son esencialmente juveniles, y acaso pudieran ser juzgados, despectivamente, con una apriorística acusación de utopía.

Volvemos a estar en una disyuntiva: mundo viejo, que parece sólidamente establecido y que, no obstante, hace aguas por todas su grietas, y actitudes inconformistas, revolucionarias, no muy definidas todavía, que pueden contener gérmenes válidos para la transformación. Valores que salvar y valores que asumir e integrar en un futuro mejor.

Acaso las propuestas concretas de José Antonio sobre la propiedad, el trabajo, la empresa, la economía, pertenecen al museo de la Historia, pero, con todo, la aspiración de fondo a conseguir una vida digna para todos, en un ordenamiento más justo, es intemporal.

¿Pueden atraer, en alguna medida, a los jóvenes de hoy una serie de consideraciones, quizás provisionales, realizadas por un joven de ayer pero que coinciden con las aspiraciones actuales?

Desde la juventud y en la juventud

Quedaría, por último, una reflexión sobre la que no se ha insistido suficientemente y que enlaza con el último párrafo: José Antonio fue un hombre joven que formuló sus críticas y alternativas siendo joven... y nunca llegó a ser viejo, pues murió a los 33 años. Especular con qué pensaría hoy es pura ucronía, salvo que se tenga en cuanta la edad que tenía.

Puede ser diferente la perspectiva que tengan ahora de él quienes sí han tenido la suerte de llegar a la senectud y lo identifican con su actual estado de ánimo, y la de quienes comparten, aun en un tiempo histórico radicalmente distinto, un punto de vista juvenil. Es algo así como leer al enamorado Garcilaso (siglo XVI) en el siglo XXI, estando enamorado o desengañado del amor...

Posiblemente puedan entender mejor las razones profundas de José Antonio quienes están hoy más cerca de su edad que quienes tienen sobradas cicatrices en el alma.

Siempre que aceptemos, claro está, la definición del profesor Adolfo Muñoz Alonso de que los jóvenes «son unos hombres que todavía no han empezado a dejar de serlo», aunque el Sistema siga empeñado en decirles que «son unos hombres que todavía no han empezado a serlo».

José Antonio no ha tenido la fortuna, como el «Che» Guevara, de que su imagen se estampe en camisetas, como símbolo de ansia revolucionaria y como ejemplo de muerte por un ideal; acaso la artillería gruesa del Sistema ha cargado infinitamente más sobre él que sobre el guerrillero argentino, posiblemente por la potencial peligrosidad del pensador español, escasamente susceptible de pasar a ser artículo folclórico.

Pero hemos empezado aludiendo a que los jóvenes que pueden entender a José Antonio son quienes tienen dos notas características: curiosidad intelectual y capacidad de compromiso; ambas notas suelen excluir el folclorismo como rasgo de carácter...

No tengamos, pues, pudor alguno en acercar razones de un joven a otros jóvenes; seguro que estas razones serán, si acertamos en su expresión, mejor recogidas desde el ardor que desde el escepticismo.