Un pensador para más de tres o cuatro generaciones

 

Enrique Hermaza Tezanos

Cuadernos de Encuentro

 La figura histórica de José Antonio parece haberse volatilizado de la escena española. El título de este artículo pretende ser la corrección aparentemente adecuada del celebrado libro de Adolfo Muñoz Alonso sobre su persona y su repercusión en la vida e historia española. Porque, en función de su aparentemente escasa vigencia actual, se podría decir que su vigencia en España se limitaba al espacio vital de tres o cuatro generaciones de españoles, no para un pueblo, como decía aquél título. Desde hace unas dos décadas las nuevas generaciones ignoran a una persona que durante cinco décadas fue conocido por su nombre, sin necesidad de apellidos. Un contraste tan chocante merece una consideración extensa.

Su fama anterior puede ser atribuible, en parte, a un propósito deliberado del Régimen de Franco, que procuró su exaltación en la educación de sucesivas generaciones, mediante los esfuerzos de todo tipo. Se empleó insistencia y reiteración en un propósito de hace ejemplar su personaje, tanto por sus facetas personales como por su significación histórica. Sucesivas generaciones de españoles nos habituamos a su presencia iconográfica en todas las instancias oficiales, y llegamos a incorporar a nuestro acervo mental muchas de sus acertadas frases. Es cierto que el Régimen procuró con ello establecer una especia de referencia inalcanzable de calidad humana y propósitos políticos. Una referencia que permitiera excusar las imperfecciones de la política práctica como defectos inevitables en pos de un objetivo ideal. Pero también es cierto que José Antonio se ganó merecidamente su prestigio personal en su breve vida política, pasando de ser meramente «el hijo del Dictador» a ser conocido exclusivamente por su nombre, superando a su famoso padre, por la gran mayoría de sus coetáneos. Varias generaciones de españoles nos encandilamos con sus ideas y su capacidad para comunicarlas. Su nombre fue habitual en muchas actas de nacimiento.

Lo mismo que hubo entonces un propósito deliberado de ensalzarle, hubo después otro propósito deliberado de ignorarle. O, mejor, de procurar su ignorancia. El sistema democrático salido de la transición política omitió (omite) toda referencia a su persona en sus instrumentos de poder. Los bustos y retratos, ante omnipresentes, desaparecieron por la puerta de atrás hacia almacenes ignotos, domicilios privados o, posiblemente, vertederos de destrucción. La última y prácticamente definitiva, edición de sus Obras Completas, realizada en fecha tan tardía como 1975, fue destruida casi en su integridad poco después de ser editada. Los escasos ejemplares salvados se cotizan hoy como rarezas bibliográficas. Y eso lo realizó la propia editora, el Instituto de Estudios Políticos, antes incluso de que se estableciese el cambio del Sistema. Es de suponer que fuese una de las primeras órdenes del entonces Jefe de Gobierno, Adolfo Suárez. Las calles dedicadas a su memoria fueron rebautizadas. Sus escasas estatuas públicas desaparecieron. Cuando se ha solicitado la emisión de un sello conmemorativo del centenario de su nacimiento, en 2003, se ha respondido oficialmente que no se considera pertinente. El nuevo Régimen no proscribe su memoria, pero impone su olvido empleando todos sus instrumentos de creación de opinión.

Y la nueva sociedad española lo adopta claramente. No se ha producido ni un programa de TV dedicado a su persona. Ni película u obra de teatro con su protagonismo. Ningún movimiento de rebeldía juvenil que reivindique su memoria ha conseguido éxito significativo. Se ha mencionado sólo con propósitos descalificatorios (calificar hoy a alguien de «joseantoniano» es atribuirle mentalidad utópica y desfasada, cuando no opresiva y antidemocrática). Su breve biografía ha sido repasada en unos pocos libros, algunos recientes, pero la interpretación de su obra política es zanjada como algo propio de la época de los treinta, sin significación actual. En el mejor de los casos, se ha analizado la comparación entre sus propósitos y la Guerra Civil, procurando establecer ésta como una consecuencia de aquellos. Sin parar mientes en que la línea directriz de su acción política fue precisamente evitar la Guerra Civil que los demás políticos españoles de la época gestaban alocada e irresponsablemente. No hubo otra política con más propósito integrador de las diferentes posturas políticas españolas que la de la Falange que él fundó y dirigió.

El acoso de la izquierda y el distanciamiento de la derecha, que él sufrió en vida, se mantiene hoy con las variaciones correspondientes impuestas por los nuevos tiempos. La Falange que fue su obra fue sucesivamente desdeñada, acosada, utilizada, ensalzada y denostada a lo largo de setenta años de historia de España. Ambos lados políticos del espectro político han coincidido en interés contra ella. La última etapa de denostación, vigente hoy, coexiste con la consigna de ignorar su nombre y el de su fundador principal.

Aunque sea una perogrullada, es conveniente recordar que tal consigna de silenciar un personaje histórico tiene éxito sólo si consigue imponerse a los que propugnan lo contrario. Y los seguidores o admiradores de las ideas de José Antonio no consiguen hoy superar esa imposición de silencio. Pretender discurrir qué diría hoy resulta un ejercicio inútil, pues siempre será discutible. Luchar hoy por reivindicar un correcto tratamiento histórico de su actuación es una tarea indispensable. Pese a que se pueda sentir la tentación de renunciar a luchar contra la hostilidad actual dominante, y dejar que el tiempo coloque las aguas en su cauce natural. Esa tarea indispensable requiere esfuerzo de revalidación correcta de su actuación y de su ambiente.

Cabe preguntarse si ese olvido, aparte de un resentimiento de izquierdas y derechas por el desdén con que las trataron varias generaciones inspiradas por José Antonio, no deriva de la forma en que sus ideas han sido y son expuestas. Con demasiada frecuencia se ha empleado la expresión de que «no somos ni de izquierdas ni de derechas», o «estamos contra el egoísmo de la derecha y el cerrilismo de la izquierda». Con demasiada frecuencia se ha expuesto lo que José Antonio combatía, en vez de indicar lo que propugnaba: La capacidad de integración de las mejores facetas de la persona, sin permitir que éstas queden condicionadas por el partidismo o, lo que es peor, trastornados por el sectarismo. Se trata de un oscurecimiento de sus ideas, derivado de la dificultad de presentarlas con la brillantez con que él las expuso. Esa dificultad se acentúa por el hecho de que al recurrir a reiterar sus frases, su significado queda desprestigiado como algo inane.

Se plantea así el reto principal para quienes propugnemos la restauración social y política de su valía. Consiste en plantear el atractivo de sus ideas con lenguaje nuevo, que procure evitar la repetición de sus frases. No es ya plantearse la viabilidad actual de alguno de sus planteamientos, como la democracia sindical, la nacionalización de la banca, la reforma agraria y tantos otros, sobradamente superados por las nuevas circunstancias económicas o globalizadoras. Ni siquiera la lucha contra el marxismo, cuya hegemonía confundió como inexorable. El nuevo planteamiento consistiría en procurar convertir a nuestros pueblos en punta de lanza de las mejores empresas dinamizadoras de «lo espiritual», y de las actividades económicas más innovadoras y mejoradoras de nuestro entorno material y ambiental. En un mundo globalizado en el que nuestra capacidad de influencia cuantitativa está condicionada por la dimensión de nuestra renta nacional, el dinamismo nacional debe procurar competir en la dimensión cualitativa. La calidad tecnológica, la justicia social, la integración ambiental, la eficiencia energética y material, la generosidad extrafronteriza, el liderazgo cultural, tanto de vanguardia como de clasicismo, la seriedad y la alegría social profundas, son algunos de los muy diversos campos de actuación en los que se puede proyectar lo mejor de España, aplicando su «riqueza en virtudes entrañables».

Presentar su ejemplar calidad personal como motivo impulsador para todo ello requiere una decisión multigeneracional, y un esfuerzo ingente, pero por ello mismo sugestivo y tentador.