José Antonio: Vitalismo y Aristocracia

 

Aquilino Duque

Cuadernos de Encuentro

 Visitaba el Castillo Estense de Ferrara cuando un guarda me señaló una sala diciéndome: «Esa era la oficina de Italo Balbo. Ya ve. En Nueva York tiene una calle y aquí en Italia, nada, porque dicen que era fascista». Otro empleado del museo que pasaba le dijo, seguramente con sorna, porque con los italianos nunca se sabe: «Será un embustero quien lo dice, ¿no?» Yo podía haber salido de dudas diciendo que también de Mussolini se dice que era fascista, pero opté por no meterme en dibujos ni terciar en disputas de familia. A pocos sin embargo le cuadra mejor que al ras de Ferrara, cuadrunviro de la Marcha sobre Roma, ese epíteto que hoy con tanta desenvoltura se prodiga a la hora de descalificar a fulano o a mengano. Y esa connotación negativa está tan arraigada que incluso los que en el fondo se sienten fascistas se resisten a reconocerse como tales.  En los años 30 no era así, y por eso tiene su mérito el que José Antonio Primo de Rivera negara esa filiación para la Falange recién fundada en un momento en que Balbo y Mussolini estaban en la cresta de la ola. José Antonio señaló las diferencias de su movimiento con el fascista cuando dijo entre otras cosas que la Cámara de las Corporaciones era un buñuelo de viento, pero aun así es innegable que la Falange fue la versión española del fascismo como el nacionalsocialismo era la alemana. Entre estos movimientos había diferencias innegables y puede que insalvables, pues su punto de partida romántico y nacionalista era la encarnación del Volksgeist respectivo.

También es innegable la admiración personal de José Antonio por Mussolini, como lo eran los «accidentes externos intercambiables» que, como él le decía a Indalecio Prieto, «no queremos para nada asumir». Pero es que el fascismo, o los fascismos, tuvieron un programa social y, en lo que a España respecta, fue ese programa el legado falangista mejor aprovechado, no ya por el régimen nacido del Alzamiento, sino por el sistema que lo vino a suceder, ya que las «conquistas sociales» que defenderían los sindicatos socialistas y comunistas tienen nombre y apellidos: José Antonio Girón de Velasco. Una de las razones del ostracismo político del austriaco Haider es el crimen de haber dicho que en punto a política laboral Hitler hizo mucho más y fue más lejos que todos los gobiernos austriacos de postguerra.

No sé si a José Antonio le habría gustado que se invocara al Volksgeist  en relación con su Falange, pues bien conocida es su resistencia ante lo telúrico y lo castizo, pero lo que tampoco se puede negar es su escasa afinidad con la variedad germánica de su idea política. Y es que esta variedad se entiende dentro de una tradición y una historia en las que son insoslayables la Reforma y el Kulturkampf, y aunque José Antonio no mezcle nunca lo político con lo religioso, tampoco puede ni quiere echar por la borda una historia vinculada a la Contrarreforma y enfrentada a un laicismo agresivo. En su imprescindible libro Nietzsche en España, destaca Gonzalo Sobejano el hecho de que José Antonio confesara, «con más lealtad que otros, el inolvidable valor de eslabón que Ortega, vitalista y aristócrata educado en Nietzsche, representaba para una juventud enamorada del peligro y la ejemplaridad». Vitalismo, aristocracia, peligro, ejemplaridad son pues los cuatro puntos cardinales del mapa moral e intelectual de José Antonio. En un reciente discurso académico sobre el tema Heredar el mérito, el marqués de Salvatierra citaba a Otto de Habsburgo que, refiriéndose al papel de la nobleza, dice que «aunque se pierdan los derechos, no se pierden las obligaciones», y al duque de Harcourt que afirma que «en una época en que las tradiciones se olvidan, hay que recordar que la verdadera tradición de la nobleza ha sido siempre dar a la colectividad más de lo que recibe de ella». José Antonio sabía que las cualidades que tenía no eran improvisadas; que era beneficiario de una notable desigualdad de oportunidades y que esa desigualdad le obligaba a poner sus deberes por delante de sus derechos. «Cuanto más se es, más hay que ser capaz de dejar de ser». Es frecuente oír decir que fulano vale tanto y que el país no se lo reconoce. Alguien que vale da sin esperar reconocimiento. Lo mejor del Presidente Kennedy fue aquello de «no preguntes qué es lo que América hace por ti, pregúntate qué es lo que tú haces por América», y Albert Schweitzer, que nunca ejerció de fascista ni de racista que yo sepa, iba aun más lejos cuando decía que una de las razones de la superioridad del hombre blanco era portarse bien con los negros a sabiendas además de que éstos nunca se lo iban a agradecer. En Schweitzer esto no se quedó en mera retórica, y del mismo modo y en circunstancias muy diversas, supo José Antonio hacer honor al lema hidalgo de «nobleza obliga», de «nobleza exige», y demostrar que su espíritu de servicio y de sacrificio era algo más que un tropo literario.