José Antonio

Fernando Vizcaíno Casas

Diario de Valencia

El pasado jueves 24 de abril se cumplieron cien años  del nacimiento de José Antonio Primo de Rivera. Merecía la efeméride una celebración, me refiero en la noticia, en el comentario, en el análisis histórico muy superior a la que le han deparado los medios informativos: Menor, mucho menor, que las dispensadas a cualquier artista de discutibles méritos, a tal o cual cantante de rock, y por supuesto, sin posible comparación con las loas, ditirambos y fervorosas alabanzas consumidas en honor de reputados líderes marxistas. Pensemos, como ejemplo ilustrativo, en lo mucho que se escribió (y se mintió) al morir "La Pasionaria".

Comprendo que a estas alturas, glosar la figura del fundador de la Falange suene a extraño, a arcaico, quizás a inoportuno. Quisiera, sin embargo dejar mi recuerdo en homenaje a uno de los personajes más fascinantes de la política española del siglo XX. Y hacerlo orillando en lo posible esa vertiente política suya. Para centrarme en sus dotes intelectuales, en su categoría humana, en su visión apasionada de España.

Y si a alguno o a muchos les parece mal, me importa un rábano. Bastantes orgasmos de indebido entusiasmo comprobamos cada día a cuenta de individuos que fueron nefastos para esta nación, a quienes los falsarios y los analfabetos nos presentan deformados, grotescamente magnificados. Hace dos semanas lo denuncié, a propósito de un ensalzamiento absurdo de Largo Caballero. Bien se merece José Antonio este esfuerzo por reivindicar su figura.

Su destino natural era el ejercicio de la abogacía, para la que estaba singularmente dotado por formación jurídica, vocación y capacidad dialéctica. El mismo reconoció que amó profundamente esa profesión: pero las circunstancias le obligaron a relegarla a un segundo plano, cuando en ella pudo lograr fortuna y fama. Pero era hijo del Marqués de Estella, el "dictador que no firmó una sola pena de muerte", como destacó uno de sus más contunaces adversarios. Y tras devolver la paz a España, robustecer su economía y hacerla vivir años felices, fue víctima de sus errores y de su ingenuidad, dejó voluntariamente el poder y fue a morir a las pocas semanas en París, en un hotel de segunda clase. Porque tras ejercer cinco años el poder absoluto, murió sin fortuna.

Se desató contra Don Miguel una monstruosa campaña de descalificaciones de acusaciones injustas, de falsas imputaciones. Entonces su hijo José Antonio, que había disentido de su padre en muchas de sus decisiones políticas, sintió la necesidad de salir en su defensa. Así, el joven letrado, de quien los maestros del Derecho de la época, Bergamín, Sánchez Román habían hecho los más encendidos elogios, cuyo bufete gozaba ya de un sólido prestigio, saltó a la arena política. Por una sola razón, que dejó bien clara en su propaganda electoral: por defender la memoria de su padre.

Su brillantez oratoria, su encanto personal, sus inquietudes sociales le animaron dos años después a fundar un movimiento, éste ya político, que se planteaba con una visión nueva y distinta de España, la necesidad de recuperar el pulso de una nación que agonizaba. En el discurso de la Comedia, tantas veces mal interpretado, maliciosamente repetido en fragmentos, ya anticipó que no nacía un partido, sino un antipartido. Y lo hizo con una belleza de estilo que nada tenía que ver con la general zafiedad oratoria de los líderes al uso.

José Antonio tenía una cultura humanística importante. Sus lecturas filosóficas, su admiración por Ortega y Gasset, su conocimiento de los tratadistas más importantes del siglo le amueblaron una cabeza lúcida, sobrada de ilustración, que se combinaba con la frescura de una prosa literariamente brillante y una lógica en el razonamiento nada común entre los políticos de la época. Tampoco entre los actuales. Además, cuantos le conocieron, incluso sus más tenaces antagonistas, coinciden en la fascinación, en el carisma, en el encanto que irradiaba su persona.

Estos antagonistas le respetaron siempre, hay que leer las opiniones de Indalecio Prieto, de Julián Zugazagoitia, del mismo Azaña, tan despiadado, cruel y despectivo con todos sus coetáneos. Y naturalmente, deslumbró a la juventud. Que vió en él una  esperanza, una ilusión nueva, una belleza formal en su ideario que engrandecía la hondura de su propuesta nacional. En tiempos mezquinos, cuando la propaganda marxista ahondaba las diferencias entre los españoles y seducía a las masas incultas, tan numerosas entonces, de los llamados tristemente proletarios.

Claro que a José Antonio y su doctrina hay que juzgarlos, setenta años después, sin despegarlos de su época. Es natural que las generaciones jóvenes, que quienes todavía no pasan de los sesenta años, no puedan entender muchas de las actitudes joseantonianas, muchos de sus mensajes, buena parte de su proclama política. Hay que situarse en los años convulsos de la II República, especialmente en los dramáticos meses de la primavera trágica de 1936 para comprender su mensaje. Por eso lo falsifican quienes sacan del contexto  histórico y aún del literario muchas de sus frases; sin ir más lejos, la tan contravertida de "la dialéctica de los puños y de las pistolas". Hoy quizás resulte provocativa; en su tiempo respondía a unan triste realidad, a un imperativo más de la defensa que de ataque.

La evolución del pensamiento político de José Antonio a lo largo de los tres años escasos que duró su actividad pública, demuestra asimismo su capacidad de captación de las necesidades sociales de España y su viraje hacia fórmulas de gobierno muy aligeradas del presunto bagaje fascista que le han colgado quienes no se molestaron en estudiar esta trayectoria: la sustancial transformación que se produce desde los floridos planteamientos del teatro de la comedia hasta las pragmáticas y apasionadamente defendidas consecuencias del mitin del cine Europa.

A José Antonio le asesinaron el 20 de noviembre de 1936, aunque el jurado popular hostil que simuló juzgarle quedó convencido de que su veredicto era injusto. Le habían deslumbrado la oratoria, los razonamientos y las alegaciones de aquel muchacho de 33 años que afrontaba con tanta gallardía  su muerte. Después siguieron asesinándole los exegetas de ocasión, los hagiógrafos desbocados, un culto desmesurado y en ocasiones grotesco que él hubiera fulminado con sus más irónicos comentarios. Entre enemigos que nunca acabaron de conocerle y presuntos glosadores que por mal entendida admiración o torcidos intereses, hicieron que no se le pudiera conocer en su verdadera, entera, entrañable verdad, José Antonio Primo de Rivera ha quedado como el gran desconocido para la gran mayoría de los españoles. Quisiera que este centenario, emborronado por la sectaria conducta de tantos malvados y tantos estúpidos, pero que al menos ha servido para que se publiquen libros importantes sobre su persona y para que quienes le admiramos siempre pudiéramos demostrárselo en un contorno escéptico cuando no agresivo, sirva para que las generaciones jóvenes se interesen por su persona y por su obra, la estudien, la descubran y siempre colocándola en su tiempo y en sus circunstancias, reconozcan la enorme categoría humana de José Antonio Primo de Rivera.

Ese gran ignorado que iluminó nuestra juventud y nos hizo soñar con ideales nunca cumplidos, pero siempre entrañablemente amados.