José Antonio, de nuevo fusilado

Miguel Ángel García Brera

vistazoalaprensa.com

Entre las tarascadas que he leído estos días en torno al centenario de José Antonio Primo de Rivera, me han llamado la atención especialmente las de Antonio Burgos, poniendo los escritos del fundador de Falange Española en paralelo con los de Hitler, y las del iconoclasta Umbral. Burgos, para mí, ¡y que me perdone el hombre!, es un tipo mal encarado que cree hacer gracia con algunas boutades peor hilvanadas, pero que es probable que gusten a algunos, pues al menos la autofanfarria con que se muestra en Internet hace pensar que no le faltarán satélites al gusto de su prosa. Umbral es otra cosa... Pero creo que ninguno de los dos debió haber incurrido en la bajeza moral que supone insultar a un fusilado, cuya actividad en política quedó prácticamente en el terreno del pensamiento, e inédita en cuanto al ejercicio o reponsabilidad de gobierno, aunque, tras su asesinato, otros hayan gobernado, utilizando su nombre sin autorización y dando a entender que ponían en práctica su doctrina, cuando poco tenía que ver con ella la dirección emprendida. Los escritos de José Antonio, al margen de lo coyuntural, resuenan más por la concordia que por la discordia y, desde luego, están construidos con un lenguaje que ya quisieran utilizar algunos académicos de nuestros días, o esos políticos en ejercicio que llaman asesino, tan ricamente, a un Presidente de Gobierno.

Mi amigo Paco Umbral, (de los días en que, con Florencio Martínez Ruiz, acudíamos al despacho de la revista "Punta Europa" para ver si el inteligente, generoso y malogrado, Domingo Paniagua, Secretario de Redacción, nos publicaba algún artículo o algún cuento), ha descargado un resentimiento con la figura de José Antonio que, con mi título de psicólogo en la mano, me atrevo a diagnosticar de resentimiento, en relación con ese tiempo en que, probablemente no siendo tan integrista como era Marrero, director de "Punta Europa", el escritor vallisoletano no tenía empacho en solicitar página en ese feudo para ir dándose a conocer y decir, por ejemplo, de Evtuchenko que "es un poeta menor". Como en España, todo el mundo oficial de aquellos días estaba entreverado, en una mezcla dispar, sólo aparentemente unida por la propaganda del Régimen, de militares, jerarquías eclesiásticas, derechas gilrroblistas, integristas católicos, democristianos, opusdeistas, monárquicos de Estoril, requetés, peneuvistas, sindicalistas de la ceneté o, más modernamente, de Comisiones Obreras, —todos incrustados en el sindicalismo vertical l— y muchos más, además de lo que podría llamarse gentes del Movimiento, —como Barrionuevo y otros millones — y falangistas, aunque los verdaderamente tales — los joseantonianos — se contaran con los dedos, tal vez Umbral no haya sabido distinguir y haya creído, con error, que por ser aquella revista más franquista que Franco, se trataba de algo azul, y ahora, desde la ancianidad, dirige su resentimiento contra José Antonio; lo lógico sería no tenerlo, pero ya sabemos que es frecuente la mezquindad de morder la mano que te da el pan y no la hidalguía, como quería Tagore, de perfumar, cual el sándalo, el hacha que te hiere. También Paco Umbral militó, con el cuñado de Fraga, en el Instituto de Cultura Hispánica y de esa sinecura semifuncionarial puede quedarle algún otro resquemor, porque quizá le hubiera gustado hacer el mismo papel, pero en alguna oficina del Pravda de la época. Y, como es bien sabido que José Antonio expresó sin lugar a dudas, con casi cien años de anticipación, la perversión del comunismo, habrá pensado Umbral agradecer al falangista Robles Piquer su mecenazgo, con la lindeza de escribir que " José Antonio iba con los suyos a matar obreros como medio para vender Arriba". Pero, diga lo que diga Umbral, lo que dejó escrito José Antonio en su "Carta a un estudiante que se queja de que FE no es duro" es bien distinto: "Hacer un Heraldo es cosa sencilla; no hay más que recostarse en el mal gusto; encharcarse en tertulias de café y afilar desvergüenzas." "Camarada estudiante: Vela porque no se oscurezca en nuestras páginas la claridad de los contornos mentales. Pero no cedas al gesto de la pereza y de la ordinariez cuando te tiente a sugerirnos que le rindamos culto." "Matías Montero arriesgó su vida por vender F.E. y cuando, muerto, se escudriñaron los papeles que llevaba encima, apareció un artículo suyo que engalanó estas páginas, en el que no se llamaba a Azaña invertido, ni ladrones a los socialistas, sino en el que se hablaba de una España clara y mejor". No era, pues, José Antonio el que iba a matar; ahí está el asesinato del falangista Matías Montero, cuando vendía F.E., para saber quienes eran los que mataban. Y, en orden al sentimiento social del Fundador, en cuanto a los obreros esclavizados de la época, ¿puede mejorarse este texto? : "Queremos que no se canten derechos individuales de los que no puedan cumplirse nunca en casa de los famélicos, sino que se dé a todo hombre, a todo miembro de la comunidad política, por el hecho de serlo, la manera de ganarse con su trabajo una vida humana, justa y digna." Y hay que recordar que en la causa seguida contra José Antonio ante un tribunal ad hoc — que le condenó a muerte con mayor celeridad que en los casos recientemente ocurridos en Cuba, ante los cuales los sucesores políticos de aquellos izquierdistas del tribunal popular se rasgan las vestiduras —, no figuró cargo alguno de asesinato de obreros. El Fiscal podía inventarse delitos ideológicos, pero el asesinato hubiera exigido el muerto y, aunque da vergüenza hasta tener que recordar esto, ni José Antonio mató a nadie, ni hay un ejemplo mayor de perdón y llamada a la reconciliación que la expresada por aquel joven, en sus discursos, y en su testamento, horas antes de morir.

Sería muy largo rebatir las deleznables invectivas que, con la disculpa de hacer la crítica de un libro — por cierto inmisericorde para un texto escrito con el amor de una sobrina nieta — sobre José Antonio, Umbral larga contra uno de los políticos más brillantes — y esto lo subrayaba Unamuno — que haya tenido España, pero está muy equivocado si piensa que el Fundador de Falange abanderó algún fascismo, en lo que ese sistema pueda identificarse, cual se identificaron en su ejercicio del poder los regímenes comunistas, con racismo, clasismo o tiranía. Paco Umbral, siempre tan amigo de lo enigmático-paradójico, imputa a Primo de Rivera un "fascismo criminal pero fino" seguramente porque no ha leído a José Antonio cuando dejó escrito: "Nuestro movimiento por nada atará sus destinos al interés de grupo, o al interés de clase que anida bajo la división superficial de derechas e izquierdas". Y me llama la atención el aserto umbraliano de que José Antonio realizó el gran fraude de transformar una causa personal en una causa política. Nada más lejos de la verdad. La causa personal, el maltrato dado a su padre, que había sido un gran gestor durante los años en que el Rey le encargó la gobernación de España, le hizo entrar en política para honrar su nombre. Después, su trayectoria no tuvo nada que ver con defensa de intereses personales ni familiares; muy al contrario, la familia Primo de Rivera pagó bien caro — Fernando asesinado, Miguel, Carmen y Pilar encarcelados, cuñados, parientes y amigos en situaciones semejantes — su dedicación a la política y su esfuerzo por dotar a España de una ideología superadora de las banderías.

En el artículo de Paco Umbral recuerda su autor que Camilo José Cela le comentaba haber visto a José Antonio en un coche amarillo. Aunque para los cómicos no sea el color preferido, hay que señalar que Cela lo poseyó, no en forma de automóvil, sino de actitud mental cuando ejerciendo de censor de prensa en el franquismo, practicó el amarillismo. Ver a un joven elegante, culto y aristócrata en un coche amarillo, en el año 1933, e incluso recordarlo en estos tiempos en que lo admirable es exhibir impudicias en el Hotel Glamour, produce en los amargados cierta frustración; pero, cuando por su cuenta, el muchachito de Valladolid que escribía en Punta Europa, ahora ya crecidito, añade que "su coche amarillo lo llevaba hacia el barranco de la Historia", pierde de nuevo los papeles. Al barranco de la muerte le llevaron unos asesinos y a la Historia lo llevó su limpia ejecutoria de abogado notable y político fervoroso en su amor a España. Claro que, en ese amor, valga la paradoja, coinciden el insultante y la víctima de sus desinformados improperios; aunque en el caso de Umbral cabe suponer que, si bien a su modo, la ama por partida doble.

Finalizaré este comentario de urgencia, aludiendo al texto de Rocío Primo de Rivera, en respuesta a Umbral. Comprendo su estado de ánimo ante las graves ofensas inferidas a su tío abuelo, pero debió repasar ese escrito antes de publicarlo. José Antonio no lo habría autorizado y se puede afirmar así tras la lectura de esos párrafos que antes he citado de la Carta al estudiante. Pero que Umbral se haya ensañado con su libro, atacando por elevación a José Antonio, no es para disgustarse demasiado. El aludido escritor ya se sabe que sólo va a los sitios para histéricamente gritar que "va hablar de su libro"; ante los escritos ajenos se muestra tan insensible como lo es el Grenouille de "El perfume" para la vida de las hermosas muchachas.