Rocío, Paco y el buen lector

Joan Pla

vistazoalaprensa.com

Basándome en mi propia experiencia, con treinta y tantos años de periodismo a pie de obra, articulista y dibujante de opinión, etc., me atrevo a decir que cualquier autor, de derechas o de izquierdas, alto o bajo, inteligente o necio, engreído o humilde, se arriesga siempre a ofender cuando no quiere y a disgustar cuando lo único que pretende es entretener y divertir a su respetable clientela. También me atrevo a decir que, escriba lo que escriba, de cada diez lectores que opinen sobre su escrito, mediante réplicas en el foro del debate o mediante las clásicas “cartas al director”, nueve, por lo menos, serán adversos. Los lectores favorables, llamados “fieles”, quizá, por la influencia del lenguaje clerical en que fuimos educados, son mayoría aplastante, pero se callan y siguen leyendo, sin dar ninguna importancia a los epítetos con que, frecuentemente, nos suele adornar el buen lector.
Tenemos aquí un caso bien sonado y reciente. La respuesta de Rocío Primo de Rivera, lectora de Umbral, que acaba de publicar contra él una soflama solemne, una traca total, por su artículo en “El Mundo” sobre el fascismo fácil y sobre su tío abuelo, José Antonio Primo de Rivera.
Esa respuesta de Rocío, cuyo libro se venderá como churros después de lo de Umbral, ha recibido la felicitación de aquellos que, en su libertad, creen que José Antonio fue y sigue siendo “un pensador, un ideólogo, un excelente escritor y poeta y una persona de bien”, aunque se lamentan de que Rocío, su sobrina nieta, “escriba tan mal y que emplee un lenguaje tan soez”.
Efectivamente, a juzgar por su réplica, Rocío no destaca por su literatura, no por lo de mandar o dejar de mandar a Umbral a tomar por culo, sino por otras razones de índole gramatical que no debo ni quiero juzgar ahora. Con todo, quien reprocha la mala prosa de Rocío y califica de “soez” su lenguaje, acaba afirmando que ha gozado “oyendo llamar todas esas cosas que ella dedica, desde la irritación, a un petulante engreído e insoportable, y aunque el personaje se merezca esos epítetos y otros mucho más fuertes”. Total que Umbral se queda, para los amigos y correligionarios de Rocío, en un simple “escritorzuelo”, al tiempo que, aprovechando la libertad que se nos brinda en este periódico digital, se califica al difunto Cela de Premio Nóbel-Censor.
Otro lector felicita a Roció Primo de Rivera por su contestación a Umbral, al que no quiere nombrar y al que llama simplemente “ese sujeto”. Además, nos regala el soneto que Eugenio D’Ors dedicó a José Antonio, cuyos últimos versos rezan así:
" …Amor, que tanto como escupas, bebes,
-“¡te quiero, ruge, porque no me gustas!”-
a la aurora, ya el ángel derribado,
cedía al vencedor su propio nombre
y José Antonio se llamaba España. “
En tres o cuatro ocasiones, aún sabiendo que me echaba encima a mucha gente que no le traga, he manifestado mi admiración a determinados artículos y libros de Umbral. Dos grandes amigos y colegas, ya desaparecidos, me escribieron cartas formidables, quejándose de Umbral. Uno fue Pablo Llull, director del diario “Baleares” y esposo de la cantante “Margaluz”, que no podía ver a Umbral ni en pintura por aquello que dijo de Montserrat Caballé – “es más pesada que una mudanza”- y por la muy cacareada “piscina” en que arroja los libros que recibe y que ni siquiera lee. Otro fue Antonio Buero Vallejo, el académico y dramaturgo, que nunca le perdonó aquello de que entraba al Café Gijón “don Antonio Buero, de cuerpo presente…” He vivido también, casi en carne propia, las tensiones que se crearon en el mencionado Café Gijón, cuando Raúl del Pozo, amigo mío y compañero de fatigas por las rutas de la Mancha, él de Quijote en un jamelgo y yo de Sancho en una borrica, quería partirle la boca a Paco Umbral por lo que dijo de casi todos nosotros en su libro “El Giocondo”. Resulta que en ese libro, todos, menos él, éramos maricones, cuando ser maricón era pecado y, además, estaba prohibido. Yo estaba entonces de parte de Raúl, por supuesto…
En resumen, lo que quería decir es que, quien escribe y opina en los periódicos nunca sabe si su trabajo ofenderá o gustará a sus posibles lectores.
Una vez, al replantearme el sentido o la trascendencia que deberían tener mis escritos, leí un libro que decía lo siguiente: “Seré otro, seré agresivo, pulsaré el agua estancada en que los he convertido hasta que el lago profundo cante o ría conmigo. Pero yo estoy muy en lo hondo, triste, asustado, culpable…”
Ese libro se titula “Mortal y rosa” y su autor es Francisco Umbral, el triste, el asustado, el culpable, el que ha visto venir a los lectores “a atrapar mis palabras como el pez inmenso atrapa pececillos”.
Diría yo, sin ánimo de molestar a nadie, que mi viejo y enbufandado colega, más miope que un murciélago, se sabe de memoria y recita cada noche, antes de suicidarse en la piscina de los mil libros ahogados, los versos de su inmortal maestro, o sea, que “tanto como escupas, bebes” y cede al vencedor su propio nombre, de modo que Francisco Umbral, como José Antonio, también se llama España.