Tres respuestas a tres desvaríos

Ismael Medina

vistazoalaprensa.com

El centenario del nacimiento de José Antonio Primo de Rivera, conmemorado por Plataforma 2003, se ha caracterizado por dos comportamientos nada nuevos en el cenagal mediático: el silenciamiento inquisitorial y la difamación. Resulta anómalo que a más de medio siglo de la II República y de nuestra guerra perduren animosidades, miedos y falseamientos acerca de lo que realmente sucedió y sobre los personajes que contribuyeron a que los acontecimientos fueran como fueron. La izquierda de calcomanía y la derecha de anaquel que hoy padecemos sienten una especial animosidad hacia el fundador de Falange Española. Lo habitual es el ocultamiento y los tópicos desvaríos cuando éste se rompe. Tres artículos de los pocos publicados recaen en una rapaz distorsión, que en algún caso chorrea el pus de la infamia.

Mi artículo semanal lo sustituyo hoy por las respuestas a tres de esos artículos, dos de ellas a los periódicos en que se publicaron y otra directamente a su autor. Su silenciamiento me incita a darlos a conocer en la abierta tribuna de Vistazo a la Prensa. De alguna manera, y ésta de "Firmas invitadas" es la propicia por su insólita independencia, creo obligado rescatarlas del ocultamiento y darlas a conocer. (Ismael Medina)


RESPUESTA A JULIÁN LAGO

"La Razón" ha sido el único diario de difusión nacional en subrayar el centenario del nacimiento de José Antonio Primo de Rivera, figura inseparable, amén de relevante, de la historia política del siglo XX español.
Se puede estar conforme o disconforme con el enfoque y el contenido de los artículos publicados, entre los que sobresale por su rigor conceptual y documental el de Enrique de Aguinaga, autor, junto a Stanley G. Payne, del libro "José Antonio Primo de Rivera" (Ediciones B), recientemente aparecido. Debemos agradecer a "La Razón", seamos o no joseantonianos, esta plausible ruptura del cerco de silencio que se ha abatido sobre el fundador de Falange Española durante los últimos cinco lustros, salvo para denigrarle, proclividad ésta en la que se zambulle Julián Lago.
La trayectoria de todo personaje histórico es opinable, siempre que se aborde con conocimiento de causa y no la falseen ideas prejuzgadas, de las que siempre resulta una contumaz parcialidad. Y este último es el caso de Julián Lago, que cae en el error que él mismo subraya al considerar "una frivolidad descontextualizar (horrible palabra) el fenómeno fascista". Sacar frívolamente de contexto histórico es lo que Lago hace con la figura humana y política de José Antonio. Debió instruirse antes en lo que de él dijeron o escribieron la inmensa mayoría de sus contrarios políticos de la época, a unos pocos de cuyos juicios alude Aguinaga en su artículo. Resulta difícil de entender, en efecto, que de haber sido José Antonio tan sólo "un guaperas de brillantina y machismo de Chicote", atrajera sobre sí la notoria resonancia que despertó en su tiempo y la obsesiva persecución de que le hicieron objeto la izquierda y la derecha, culminada en su fusilamiento.
Y una última apostilla a la animosidad de Lago. Si Franco hizo "la revolución de los mediocres", debemos entender que lo era la extensa clase media crecida durante aquellos años, la cual nunca había tenido España y cuya carencia fue la causa principal de tantas guerras civiles, golpes de Estado, pronunciamientos, virulencias revolucionarias y motines anteriores. Clase media que hizo posible la transición pacífica a la democracia partitocrática y de la que emergió su clase política. ¿Habremos de convenir, siguiendo a Lago, que vivimos "la democratización de los mediocres”?


RESPUESTA A ANTONIO BURGOS

Apreciado colega:
Admiro tu galanura literaria, muy en la estela de Pemán, pero sin su Séneca, reducción bajoguadalqueribeña del sabio cordobés. Unas veces aciertas y otras resbalas por el tobogán del pintoresquismo, hasta caer en el sainete. Puede tener su gracia en ocasiones enhebrar los juicios políticos, a veces los prejuicios, con el casticismo andaluz que con tanto regodeo y habilidad cultivas. Pero el juego de la ironía roza con la astracanada cuando no se asienta sobre el conocimiento más o menos profundo de los personajes o los hechos sobre los que se escribe. Y éste es el caso de tu "Pericón, Fidel y José Antonio".

Afirmar que José Antonio Primo de Rivera "escribió el ‘Mein Kampf’ con prosa de Ortega y Gasset" podrá parecer gracioso a algunos. Pero evidencia el desconocimiento del ‘Mein Kampf’ y de las ‘Obras Completas’ de José Antonio Primo de Rivera. Podría decirse lo mismo si se le relacionara con ‘El Capital’ de Carlos Marx , o con los pronunciamientos ideológicos que se combatieron en aquella época, cuyos seguidores también se tiran hoy los trastos a la cabeza, aunque por de pronto prefieran los almohadillazos retóricos al pespunteo de las balas. Es tan absurdo como presumir que era comunista por su admiración poética hacia Rafael Alberti. O maricón por mor de sus encuentros con Federico García Lorca. O cura frustrado a causa de su acendrada fe católica. José Antonio bebió de muy variadas fuentes del pensamiento jurídico, filosófico, político y literario. Y lo que más me atrajo de él fue precisamente su esfuerzo por hacer síntesis de lo contradictorio, procurando extraer de cada opción lo que de positivo podía encerrar para ahormarlo en una nueva.

Dejo a un lado la figura costumbrista de Pericón de Cádiz, para mí patética por su forzada servidumbre al señoritismo andaluz. Señoritismo del que, por cierto, emergió en buena parte el socialismo gonzalero, criado a los pechos resentidos de Jiménez Fernández en los bajos del palacio arzobispal sevillano. Utilizas a Pericón como ocasional e intrascendente sobaquera dialéctica. Pero sí me interesa puntualizar tu referencia a Fidel Castro.

Fidel supo de José Antonio Primo de Rivera por uno de sus profesores en el Colegio de la Compañía de Jesús en que estudiaba. Y es cierto que en sus primeros tiempos mostraba a lo españoles que le entrevistaban las ‘Obras Completas’ de José Antonio. Pero conviene recordar, asimismo, que bajó de Sierra Maestra rosario en mano y dándoselas de católico fervoroso. Le ayudó y le aplaudió el clero cubano. Fue exaltado como liberador por diestros y siniestros de todo el mundo. Hasta que se quitó la careta; o creyó más conveniente ponerse la del comunismo soviético como respaldo a su antinorteamericanismo, pese a que si ganó la partida a Batista fue en buena medida gracias a la ayuda de la CIA. Coincidió aquel pendulazo con la eliminación de Álvaro Cienfuegos, abatido en la ciénaga, el único del mando revolucionario que podría hacerle sombra y que difícilmente habría aceptado la desviación sovietizadora. La sustitución de Cienfuegos por Raúl Castro y Che Guevara marcó el punto de inflexión del régimen naciente hacia un descarado, tiránico y sanguinario comunismo. Identificar a Fidel Castro con José Antonio es tan absurdo como hacerlo entre Stalin y Konrad Adenauer. O entre Santiago Carrillo y Teresa de Calcuta.

Te recuerdo, para terminar, que las ‘Obras Completas’ de José Antonio las han tenido a mano otros personajes de renombre internacional, y no precisamente contrarios a la democracia. Es el caso del famoso general Mac Arthur, según cuenta su principal biógrafo. Y que sus más destacados adversarios durante la II República han dejado constancia elogiosa de su figura como persona, como intelectual y como político. Lo puedes confirmar en ‘Sobre José Antonio’ (Ed. Barbarroja), una aséptica antología de 400 opiniones realizada por Enrique de Aguinaga y Emilio González Navarro que también incorpora las que no le son favorables.

Y cierro con resonancia de la Andalucía más profundamente irónica. Después de leer tu artículo, te hago la misma pregunta con que la gente sabia del pueblo andaluz, la de Pericón de Cádiz y junto a la que crecí, retruca a quienes enfatizan dogmáticamente sus opiniones: "¿Uzté cree?"


RESPUESTA A FRANCISCO UMBRAL

¿A quién quiere engañar Francisco Umbral? Presumo que, como aleccionaba Balmes, persigue engañar a sus lectores para engañarse a sí mismo. Cuando la memoria de su pasado lacera al hombre, suele caer éste en un ansia de ocultación que le induce a atribuir a los demás sus más íntimas frustraciones. Y a un enfermizo resentimiento que le embriaga y le lleva a zaherir, incluso a difamar, los ideales de quienes le ayudaron en sus horas amargas de la infancia y la juventud. Esa perversa inclinación comparece con harta frecuencia en los escritos de Francisco Umbral. La Iglesia y la Falange, en las que encontró comprensión y asistencia para madurar su inteligencia, que no le niego, constituyen los demonios favoritos sobre los que volcar la náusea que le produce mirarse a sí mismo.

Su artículo "Un fascismo fino" exuda fatuidad y mentira, además de resentimiento. Toma el libro de Rocío Primo de Rivera como trampolín para denigrar a José Antonio Primo de Rivera. Y cae al referirse a él en la primera falsedad de las muchas que enjareta. El libro de Rocío está dedicado a la saga familiar, en la que abundaron hombres ilustres. A su tío abuelo José Antonio le dedica sólo unas breves páginas en las que sólo roza su dimensión política. Pero esas pocas páginas se convierten para Umbral en todo el libro. Señal inequívoca de que ni lo ha tenido en las manos ni ha pasado sus páginas con mediana atención. Si acaso, ha leído el artículo de Rocío Primo de Rivera en "La Razón", aunque me inclino a creer que, como tantas veces, escribe de oídas. Entre los articulistas de hoy, ninguno tan frívolo como Umbral. Ni tan malévolo, por ignorante, cuando hoza en la Historia.

Las mentiras de Umbral sobre José Antonio Primo de Rivera son tan burdas y estúpidas que se le puede abrumar con la antología de lo que acerca de él escribieron o dejaron dicho eminentes intelectuales y sus más encarnizados adversarios políticos. Conviene recordarle, por ejemplo, que las siglas de FE las traducían las derechas de su tiempo por Funeraria Española por la cantidad de sus seguidores a los que asesinaban pistoleros de la izquierda radical. Incluso llegaron a llamarle despectivamente Juan Simón el Enterrador por el número de sepelios de los jóvenes falangistas que presidió, sin que pudiera acusarse a los falangistas de usar las pistolas hasta la represalia de Ansaldo por el asesinato de Cuéllar y las terribles vejaciones de que fue objeto su cadáver. Junto a los números de "Arriba" ensangrentados en el suelo los únicos muertos que había eran los de quienes los vendían, estudiantes de clase media y obreros.

Dudo mucho que César González Ruano, al que pretende imitar Umbral sin alcanzar ni de lejos su bohemio señorío, le hiciera la confidencia que le atribuye. Conocí a César cuando colaboraba asiduamente en "Arriba" y lo traté más tarde, especialmente en la casona que le regaló el Ayuntamiento de Cuenca. Es muy cómodo, además de impune e indigno, atribuir a los muertos lo que no pueden refutar.

Umbral va de petulante progresista por la vida. Pero se desvive por sentarse a las mesas de la aristocracia y la alta burguesía financiera, siempre proclives a compartirla con un histrión que les divierta con sus procacidades y mentiras. La columna de Umbral no es un lujo para "El Mundo", sino con harta frecuencia un vertedero retórico que adorna con su buen escribir. Nada me sorprende que sienta pasión por los gatos.