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José Utrera Molina
Diario ABC
«El recuerdo es, tal vez, la punción vital más fuerte de nuestra
existencia. Hay recuerdos que se desvanecen, otros se pierden en el
horizonte oscuro de nuestra propia historia, pero hay memorias que
aparecen como si estuviesen adscritas a nuestro cuerpo, pegadas a nuestra
alma, introducidas para siempre en nuestro propio corazón.
Hoy ha regresado a mí uno de los recuerdos que posiblemente han conformado
mi propia vida. Lo que voy a relatar aconteció hace ya muchos años, unos
años que quieren ahora falsear y manipular vilmente. Era la tarde del 18
de julio de 1936, yo tenía entonces 10 años y estaba acompañado de un
amigo mío que pasaba de los 14. Él se erigía en mí maestro, él me enseñó
la insignia de las flechas falangistas que escribíamos en las paredes de
nuestro barrio. Mediada la tarde se escucharon unas detonaciones. Mi amigo
afirmó que eran fuegos artificiales; yo, que era más pequeño, le dije que
me parecían tiros. Ante la perplejidad que aquél hecho nos produjo
decidimos volver cada uno a su casa. Cinco días después, el padre de mi
amigo era arrojado por el balcón de su casa por unos milicianos marxistas
cargados de rencor y de odio. Pasó el tiempo, hubo una convocatoria que
atraía fundamentalmente a la juventud para combatir al comunismo en Rusia,
a la que entonces las altas esferas oficiales calificaban de culpable de
nuestra íntima tragedia.
Mi amigo, que se llamaba Enrique Morante Villegas, acudió presuroso a la
llamada de la recién constituida División Azul. Tenía prácticamente 16
años. Permaneció en las tierras de Rusia como combatiente durante dos
años. Se comportó con una dignidad extraordinaria, y sintió en lo más
profundo de su ser el orgullo de pertenecer a aquella generación española
que lo daba todo sin pedir nada. Pasado el tiempo, tuve con él alguna que
otra conversación, porque se enroló en la marina mercante española y, como
contramaestre, hacía el viaje periódico desde Algeciras a Ceuta en un
trasbordador. No hacía alarde de su historia, no se detenía en los
episodios bélicos en los que él sin duda participó, fue simplemente un
recio soldado, un idealista que había puesto en aquella empresa su granito
de arena. Pasó mucho tiempo y una tarde hace dos años me visitó en mi casa
de Nerja. Sentí una enorme alegría al volver a verlo. Me traía una copia
del diario de la División Azul donde refería los acontecimientos que se
habían producido desde el primer día de lucha a las horas de nuestro
abandono. “Te traigo esto, afirmó, que apenas si tiene valor para que me
recuerdes siempre”. Le conteste: “No es necesario, lo hago con mucha
frecuencia”. Pero él mirándome fijamente me dijo: “Es que también vengo a
despedirme de ti porque me voy a morir muy pronto”. Aquello me conmovió.
Efectivamente a los 15 días Enrique Morante falleció y yo me quedé aliado
como nunca a su recuerdo.
Él me había enseñado el Cara al Sol y, sobre todo, me había ofrecido
siempre una lección de bravura, de coraje y de dignidad. Pienso que donde
quiera que Enrique esté, habrá de sorprenderle la decisión oficial de este
régimen de eliminar por completo todo símbolo o toda huella de aquella
División que combatió con heroísmo por España. Para los nuevos apóstoles
de la democracia, los 5.000 muertos y los 17.000 heridos de aquella unidad
militar, calificada por historiadores extranjeros como la fuerza más
brillante que participó en la II Guerra Mundial, no han existido. Dice el
Presidente del Gobierno que no hay tierra de nadie, solo viento. Pues
bien, el viento que en él se convierte en una maldición, nos ha traído la
noticia de esta voluntad de exterminio de una de las páginas, más heroicas
y más excepcionales de la vida de España. Conocí a muchos integrantes de
la División Azul aunque yo era muy pequeño. Recuerdo también a Salvador
Tomasetti Gironés que con 18 años murió besando una fotografía de su madre
en el quicio de la Posición Intermedia. Tengo en mi despacho un banderín
que recuerda su gesta. Podría referir miles de anécdotas encerradas en una
rotunda realidad, la bravura y el valor de unos españoles que alejados
físicamente de España no perdieron el calor de su Patria en el corazón.
Hoy nos quieren negar esta realidad, nos quieren robar este prodigio de
entrega y sacrificio que representó la tropa de la División Azul pero
somos muchos los que todavía recordamos aquella gesta, honramos su
heroísmo y no olvidamos la epopeya de su sacrificio. Que descansen en su
siniestro manejo de la historia los que nos quieren robar esta parte de
España. Otros permanecemos de pié hasta el ultimo día y rendiremos el
tributo de nuestra admiración a los que lo dieron todo por la Patria. »
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