JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA

 

Luis Suárez Fernández, de la Real Academia de la Historia

"ABC"


La abundante literatura en torno a este importante protagonista de los años difíciles de la Segunda República y su prematura muerte han impedido muchas veces que se haya trazado un perfil exacto de su pensamiento. Ya desde sus primeras apariciones en público, como el acto de 29 de octubre de 1933, rechazó tanto al capitalismo como al socialismo y reclamó un retorno a la que llamaba «libertad profunda» -aquella que permite al hombre realizar su existencia- en vez de la que calificaba de «palabrería liberal», que es la que permite ejercer voto en las urnas. No cabe duda de que, en este momento, le preocupan dos cosas: defender la memoria de su padre, sin ocultar el fracaso de la Dictadura, y mostrarse como un intelectual abierto. Se han señalado muchas veces las influencias de Ortega y Gasset y Unamuno, lo cual es perfectamente normal en cualquiera de los hombres de su generación.
Aunque su obra, Falange Española, aparece como un movimiento totalitario, acaso con un matiz muy peculiar -poner al Estado «totalmente» al servicio de la nación y no de un partido, como Lenin definiera años antes-, hay, entre él y los otros totalitarismos europeos, notables diferencias que deben ser tenidas en cuenta para comprender su obra. Ante todo elude la palabra «partido» y escoge la de «movimiento» como si su verdadero objetivo fuera cambiar la mentalidad española, devolviéndole la conciencia de una «unidad de destino en lo universal». Como es bien sabido, esta frase no es suya sino tomada por él en el curso de sus lecturas.
Rechazó insistentemente ser considerado «fascista», como había sugerido el diario orteguiano «El Sol». No ocultaba sus simpatías por Mussolini y sus aciertos, compartiendo opiniones que hasta la guerra de Abisinia estaban muy difundidas, pero afirmaba que su movimiento era «otra cosa». Y se negó a concurrir a una reunión de partidos fascistas que iba a celebrarse en Francia. Importa mucho tener en cuenta cuál era esa «otra cosa»:
-Ante todo, la afirmación de esa unidad de España. No la veía como una simple estructura administrativa sino como una integración. Era ventajoso que la nación estuviera constituida por regiones diversas, cada una de las cuales puede generar el amor a ese paisaje y esa existencia, pero entendía que esa diversidad debía conducir a la posesión de un orden de ideas, ya que la unión en la diversidad le parecía forma política superior.
-Veía en el catolicismo, no el formal que calificaba de demasiado «oficial» sino en la doctrina, una interpretación verdadera y exacta de la existencia misma. Por eso llegó a decir en una ocasión que no podía exigirse ser católico para formar parte de Falange pero que era muy difícil que perseverara en ella quien no tuviera esta condición.
-Rechazaba la división entre partidos políticos, porque pensaba que el ejercicio del poder es un deber y no un derecho. Creía que era necesario mantener la unidad en torno a cuestiones muy esenciales como el derecho a la existencia, el derecho al trabajo para «ganarse una vida justa y digna» y el amor a la patria.
-Tampoco repudiaba el recurso a la violencia si era necesaria para implantar un orden nuevo; en esto estaba más cerca de la izquierda que de la derecha.

No cabe duda: su asesinato fue uno de los grandes errores de la República, explicable tan sólo por las circunstancias de desorden terrible en que España había incurrido. Para él, el alzamiento militar fue un suceso en cierto modo inesperado. Tal vez por esta causa no tomó precauciones para ocultarse. Murió teniendo en las manos un crucifijo y afirmando su condición de católico. Los discursos y escritos que de él quedan, no escasos, constituyen, sin duda, una lectura provechosa porque, a los historiadores, nos permiten comprender aspectos de la realidad que escapan a las simples noticias ordenadas en una cronología. No es la hora de hacer nostálgicas evocaciones, sino serenos análisis. Conviene aprender.