Centenario ninguneado


Ismael Medina

 

El pasado día 24 se cumplieron cien años del nacimiento de José Antonio Primo de Rivera. Un artículo de Luis Suárez en “ABC” y cuatro contradictorios, más un ambivalente comentario editorial, en “La Razón” constituyeron la referencia conmemorativa de un personaje muy singular en la historia española del siglo XX, al que consideraba Unamuno “un cerebro privilegiado. Tal vez, el más prometedor de la Europa contemporánea”. De la exaltación canónica en el periodo que va desde su asesinato en Alicante, no siempre lúcida, hemos pasado a su secuestro inquisitorial a partir de la institucionalización del transaccionismo constitucionalista. Me pregunto con lógica consternación, la cual traslado a los lectores de Vistazo a la Prensa, qué peligro encierra para el despotismo partitocrático un personaje histórico cuya vida quebraron las balas asesinas en la amanecida del 20 de noviembre de 1936, cuando sólo tenía 33 años, y tres de activo empeño político como fundador y jefe nacional de Falange Española de las JONS.

El actual ninguneo de la figura de José Antonio, denunciado entre otros por el historiador Luis Suárez, contrasta frontalmente con las opiniones que sobre él vertieron renombrados intelectuales y figuras políticas de su tiempo que, con mayor o menor virulencia, le combatieron durante la II República. Abundan en el libro “Sobre José Antonio” (Editorial Barbarroja), una aséptica antología de 400 opiniones realizada por Enrique de Aguinaga y Emilio González Navarro. Muchos de ellos tuvieron la honestidad de reconocer la originalidad de su pensamiento político y sus virtudes personales. Desde el moderado Madariaga al extremoso revolucionario Buenaventura Durruti, muerto apenas dos horas antes que José Antonio a consecuencia del atentado comunista que perseguía su eliminación para descabezar el anarcosindicalismo.

¿Por qué el ninguneo actual? Se lo preguntaba Rosa Chacel tras leer de una tirada en su exilio bonaerense las “Obras Completas”. Se condolía de que “haya podido pasarme inadvertido, a mí, en España” y que “España y el mundo hayan logrado ocultarlo tan bien”. Yo vuelvo a preguntármelo, y a preguntarlo:

¿Es víctima José Antonio de una izquierda deshuesada, desnaturalizada y pasteurizada que busca justificarse mediante la exhumación de resentimientos que, imbuidos de su búsqueda de la armonía, los joaseantonianos teníamos enterrados y superados desde un principio? ¿Lo es de un centroderecha acobardado por las invectivas de la neoizquierda que, como su lejano precedente cedista, pretende eludir las pedradas retóricas de quienes procazmente dan gusto al gatillo del trabuco cargado con la pólvora mojada de los más añejos tópicos? ¿Lo es de los conversos a la partitocracia que así pretenden ocultar su pasado falangista o franquista, divergentes fenómenos políticos ambos, aunque las circunstancias induzcan a muchos a pensar lo contrario? ¿Lo es de la ignorancia favorecida por la falsificación sectaria de quienes, diciéndose historiadores, escriben al dictado de servidumbres ideológicas o de las cuentas corrientes que les engrosan los centros de poder político y mediático? ¿Lo es del temor de unos y otros a que los valores que conformaron la personalidad de José Antonio y la depuración de lo circunstancial en sus propuestas, amén de su acomodación a la realidad actual, puedan calar en sectores de una sociedad desnortada y, sobre todo, de una juventud desconcertada y sin esperanzas de futuro?

Escribí en un lejano artículo que tenía olvidado y ha exhumado de la hemeroteca un entrañable amigo (“Reinvención de José Antonio”. “La Nueva España” de Oviedo, 20.11.1956): “Hemos logrado, y el esfuerzo ha sido realmente laborioso, arrancar la memoria del encorsetamiento mítico que estaba a punto de deformar peligrosamente para la Falange y para España el vital perfil revolucionario, político en suma, que puede enriquecer nuestra presente y futura actividad”. Glosaba de tal suerte la afirmación del filósofo Adolfo Muñoz Alonso de que “José Antonio está todavía inédito en lo más sustancial que de él nos interesa” Considero inquietante, por no decir dramático, que, incluso con superior acento, aquel distante comentario sea válido para hoy. Y lo es si la alusión al “encorsetamiento mítico” la sustituimos por “encorsetamiento silenciador”.

El profesor de Historia Manuel Argaya Roca seguía la estela del profesor Muñoz Alonso en unas recientes declaraciones. Argaya, considero necesario reseñarlo, nació en 1960 y leyó a José Antonio en su periodo universitario. Presumo que en el agitado periplo de transición del régimen de Franco al parlamentarismo partitocrático del que emergió la actual república coronada. Recuerda Argaya, militante con anterioridad en la acera opuesta: “Desde el primer momento, su mensaje me conmocionó, y su palabra me emocionó”. ¿Acaso el obsesivo ninguneo de José Antonio proviene, como ya sugerí, de que su mensaje y su palabra conmocionen y emocionen también a no pocos jóvenes actuales? Podríamos tener como dato expresivo al respecto la anotación que Aguinaga hace en el artículo publicado en “La Razón” sobre la suspensión por el entonces rector de la Universidad de Salamanca de un curso sobre José Antonio en el que se habían inscrito unos cuatrocientos estudiantes, previo pago de 5.000 pesetas.

Además de otras torticeras deformaciones se ha sostenido que José Antonio escribió para su época y no para la actual. Vuelvo a apoyarme en el profesor Argaya para refutar este argumento de los ninguneadores: “No creo que nadie dude de que José Antonio escribió “en” otra época. Es más dudoso que escribiera sólo “para” esa época. Los verdaderos intelectuales escriben con vocación de eternidad; será cuestión de su mayor o menor acierto que tengan más o menos éxito. Si José Antonio hubiera escrito sólo “para” su época ¿qué sentido tendría que se le leyese en esta otra, tan lejana?”.

La opinión de Argaya, para quien hay que distinguir entre afirmaciones fundamentales y propuestas estratégicas, es aplicable a intelectuales y políticos de relieve para su correcto entendimiento. Y con superior énfasis a los intelectuales implicados de una u otra manera en el quehacer político. Sólo así es posible penetrar en la línea profunda del pensamiento de Unamuno, pongo por caso, sin dejarse prender por lo cambiante de su actitud crítica y de sus propuestas, según fuera el cariz de los acontecimientos políticos y la actuación de quienes los modulaban. En definitiva, de su circunstancia, que aseveraba Ortega y Gasset.

Las dos caras que resultan de enjuiciar la figura, el pensamiento y la actividad política de José Antonio, la que persigue la búsqueda de lo fundamental y la que discurre por las veredas de lo convencional, las encontramos en el libro “José Antonio Primo de Rivera” (Ediciones B, S.A, 2003), en realidad dos: una mitad de Enrique de Aguinaga, sólidamente documentada; y una segunda de Stanley G. Payne, que en buena parte reitera la conocida argumentación de libros anteriores, en particular “Franco y José Antonio. El extraño caso del fascismo español”.

José Antonio, como Azaña, Prieto, Alcalá-Zamora, Negrín, Largo Caballero, la Pasionaria, José María Gil Robles y otros muchos que hoy se asoman a la balconada de exaltación de la democracia, pese a que no pocos de ellos se afanaron en destruirla, incluso apelando a una violencia desaforada, son parte inseparable de nuestra azacaneada historia del siglo XX . Nos gusten o no, se inscriben de manera inexcusable en nuestro patrimonio histórico, el cual exige un análisis distante y objetivo, lejos de la hagiografía partidista y del ninguneo sectario. ¿Por qué entonces, y retorno al comienzo, el desaforado empeño inquisitorial en la ocultación de lo que realmente fue y pretendió José Antonio?